Mar del Plata, 07 Enero 2009

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Freno a los planes europeos

Volvió a pasar

por Rodolfo Olivera

Sarkozy se niega a hablar de crisis. Bernard Kouchner dijo que no afectaría la determinación de avanzar hacia el tratamiento de los "grandes temas". Angela Merkel se lamentó, pero dice confiar en un "Plan B". Como los boxeadores que al recibir una brutal trompada, sonríen y fingen un "no me dolió". Pero lo real es que el rechazo irlandés fue un soberbio cachetazo al engendro constitucional Europeo.


Porque, además, no es el único. Y, a juzgar por el crecimiento exponencial de Irlanda, tampoco es menor, habida cuenta de que es uno de los países más entusiastas de la Unión. El caso tiene antecedentes que frustraron un intento anterior, poniendo en guardia a los impulsores del proyecto que ya lleva varios años de no muy exitosas negociaciones.
Con la idea de consolidar el bloque, allá por el 2003 se puso en juego la idea de una Constitución para toda Europa, lo que trajo un vendaval de discusiones poco amables entre mandatarios, cancilleres y ministros, desde los acomodados alemanes hasta los empobrecidos greco-chipriotas. Más de cien especialistas trabajando con escuálidos logros, discutiendo el federalismo, la cooperación, el porcentaje de representantes por habitante, y por saber si "un país es igual a un voto" o hay alguna yapa para los más grandes. Mechado todo con el derecho a veto reclamado por los británicos y la cuestión de si debe existir un perfil religioso-cultural para la Unión (tema que enfrenta a germanos con latinos y a eslavos con británicos).
Pero hay algo más. Todo esto ¿es una discusión-decisión que emana de cada nación miembro, o se está trasladando demasiado poder a un Consejo de Ministros de Europa que actuará con ciertas libertades respecto de los derechos individuales de cada Estado (favoreciendo a los poderosos, estilo ONU)? Ese es uno de los grandes temores de los euroescépticos, que no son pocos, amantes de un federalismo acotado.
¿La Unión Europea necesitaba una Constitución? Según los franceses, ahora que deberán hacerse cargo de la Presidencia temporal, sería una manera de contar con un texto sencillo para todos. Cabe aclarar lo de "ahora": en el 2005 Francia y Holanda llevaron la decisión constitucional a sendos referéndum populares cuyo resultado fue catastrófico. Ganó el NO de forma rotunda, impulsando a que los británicos retiraran una iniciativa similar para evitar que el proyecto se hunda definitivamente.
Habría que preguntarse si este es el mejor momento político para que se hagan tan visibles las diferencias. La llegada de Sarkozy por un lado, la más reciente de Berlusconi por otro, y la solidez aparente de Angela Merkel, prefiguran una Europa "a la derecha" de otras no tan lejanas, quizás más amistosas con Bush justo cuando se va. Son los más sorprendidos y desolados con el rechazo que mina esa aparente solidez con posible efecto cascada.
Quizás la pregunta más importante es si la fallida Constitución -o el Tratado que la reemplazaba- les cambia la vida a los europeos. Sería temerario dar una sola respuesta, porque así como España pelea por conservar viejos privilegios (con la crítica belga), Polonia reclama trato igualitario antes de sentarse a conversar cualquier tema, irritando (como siempre) a los alemanes, mientras Francia acusa a todos de falta de flexibilidad.
Mientras tanto, los ingleses siguen haciendo la plancha en esa ambigüedad diplomática que los hace "europeos" cuando les conviene, e interlocutor norteamericano cuando aprietan desde Washington. Siempre afectos a la sutileza lingüística, han dicho que este fracaso (el voto irlandés) "no es una montaña imposible de escalar". Desde Luxemburgo, el premier recordaba que se vive una "Europa de dos velocidades" y que los últimos tiempos han sido de "desacuerdos permanentes".
Había sido Francia, cuna del primer rechazo, la que buscó la iniciativa de quien es hoy su presidente, una salida institucional. De allí el Tratado de Lisboa, supuestamente más sencillo que la fallida Constitución, corriendo la misma suerte por primera vez, haciendo que prominentes analistas sostengan que se confirma el alejamiento entre la Unión Europea y sus ciudadanos. A lo que el ministro galo Francois Fillon responde que habrá que seguir adelante (con o sin unanimidad) y dar respuestas a cuestiones vitales como la energía, la seguridad, el precio de los alimentos y las migraciones.
Quienes abogan a favor del tratado, se lamentan de que el mensaje que pueden ofrecer no es muy emocionante y es algo complicado: el documento es una obra maestra de la burocracia más clásica. En contraste, los argumentos de quienes se oponen son claros y hacen eco de preocupaciones presentes en la vida cotidiana de los votantes: su economía, sus derechos, su neutralidad y su peso (desigual) en la unión. En toda Europa, las encuestas muestran que el 70% o más de los ciudadanos quieren un referendo; pero la elite en Bruselas y los líderes no lo permiten, para evitarse la inconveniencia de un debate y la inseguridad de las conclusiones. Irlanda les confirmó los temores.
Esa Irlanda por demás sorprendente, con una fuerza de trabajo joven (40% de su población tiene menos de 25 años) y concienzudamente preparada donde el 90% de los jóvenes termina nuestro equivalente secundario, el 55% ingresa en la Universidad, el 62% egresa (impresionante) y el 65% se inserta en el campo de la alta tecnología. Son los índices más altos de Europa, y quizás del mundo. La revolución de las comunicaciones, la industria farmacéutica, la informática y el comercio internacional de servicios, hicieron punta.
Hoy, sus niveles de desocupación e inflación son los más bajos de Europa, el superávit fiscal y la balanza comercial crece y no se vislumbran sombras en el horizonte (siempre, claro, que mantengan la paz interior). Hubo subsidios selectivos –anotemos- especialmente para capacitación, basado todo el esquema en una serie de acuerdos nacionales –conciencia- y plasmado en el Programa de Recuperación que ya lleva más de quince años, renegociable cada tres.
Esta Irlanda pujante, inteligente, hoy tenida muy en cuenta, fue contundente en el mensaje: "Mantenga una Irlanda fuerte: Vote NO". Y lo ratificaba argumentando en otras pancartas callejeras que "el Tratado implica más impuestos y menos poder". Dato interesante: Brian Cowen, primer ministro irlandés, hizo una enérgica campaña en favor del Tratado; todas las estructuras parlamentarias, salvo el minúsculo Sinn Fein (4 diputados de 166), también estaban con el SI. Pero el 54% de los irlandeses, 33 circunscripciones (casi 75%) de un total de 43, dijeron claramente NO a lo que creen que conduciría a la existencia de un "Súper Estado".
“No me dolió”, se interpreta en la sonrisa mareada del boxeador que acaba de perder dos dientes. La misma sonrisa de “aquí no ha pasado nada” de Sarkozy, de Berlusconi, de Angela Merkel. Pero todos saben que algo pasó. O lo que es peor, volvió a pasar.

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