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Gobiernos patoteros
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por Enzo Prestileo
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Por estos días se escucharon muchos pedidos de diálogo, en el marco del llamado “conflicto con el campo”. Para dialogar, como para bailar el tango, hacen falta por lo menos dos que quieran hacerlo. Y con este gobierno de patoteros, que lleva cinco años atropellando a todos, es imposible.
Uno de los tantos patoteros que goza de los privilegios del poder es el ministro De Vido, quien ha reiterado en más de una ocasión, últimamente, que no es tiempo para los tibios. El mensaje es claro: o se está con el gobierno o se milita en las filas del enemigo. Y estar con el gobierno implica aceptar el papel que le cabe a todos los adherentes: escuchar, callar, obedecer y defender todas y cada unas de las decisiones de la pareja real. Parece ser que la tibieza queda reservada exclusivamente para quienes, conscientes de la marea autoritaria que crece en nuestras costas, temen despertar algún tipo de reprimenda si se osa discrepar con las opiniones o acciones con que nos inundan a diario los integrantes del gobierno y sus milicias de patoteros. Es así como escuchamos que la prepotente instalación sin permiso de las carpas de los “simpatizantes” K en la Plaza de los Dos Congresos, no pudo ser desalojada porque la policía, simplemente porque no quiso cumplir con el pedido de las autoridades locales. Tal barbaridad fue descripta por muchos periodistas como si se tratara de uno de los típicos vodeviles del mundo de espectáculo. Tratamiento que con anterioridad también recibieron muchas de las bravuconadas del delincuente sin sentencia que ejerce la representación no oficial del oficialismo, D’Elia; o las igualmente condenables matoneadas del jefe de la CGT. Los argentinos nos acostumbramos tristemente a creer que la sumisión ante la continua actitud patotera de gobiernos filo fascistas, es una muestra de tolerancia propia de personas respetuosas de los Derechos Humanos. Aunque, claramente, representa lo contrario al avalar, las más de las veces con el silencio cómplice, actitudes que merecerían una punición mucho más contundente que el eventual “voto castigo” que algunos creen suficiente ídem. La tolerancia, tal como la describe el diccionario, es el respeto a las ideas, prácticas o creencias de los demás, cuando son diferentes o contrarias a las propias. Pero no es tolerante quien permite o consiente que el otro actúe contrario a la ley. Es indolente, cuando no cómplice. ¿Cómo es posible que el energúmeno al que elegimos para gobernarnos hace cinco años acuse de asesinos –literalmente los culpó por las muertes en las rutas por las quemas de pastizales- a personas cuyo único delito fue reclamar porque se sienten –con razón- ferozmente discriminados impositivamente?
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Los que aprovecharán
No todos los argentinos están impávidos frente a la tragedia que viven nuestras imberbes instituciones republicanas. Como siempre ocurrió en el último cuarto de siglo, de las mismas entrañas de poder autoritario a que nos somete otro gobierno peronista, surgen las siguientes generaciones de autócratas que, olfateando los primeros rastros de sangre que deja el gobierno, se preparan para caer ferozmente sobre él, por supuesto que en auxilio del resto de la sociedad. Los Duhalde, Reutemann, De la Sota, Schiaretti, Busti, Rodríguez Saá, Solá, Lavagna y hasta Das Neves preparan el terreno para, ante la menor oportunidad, terminar de diseminar el caos necesario para que muchos de nosotros, desesperados, les pidamos que se hagan cargo del timón de un barco nuevamente a la deriva. Tan camaleónicos como casi todos sus “compañeros”, los que por estos días están un poco más lejos del núcleo generador del calor K son los que se ofrecerán, humildes, desinteresados y patrióticos, para el rescate del eventual nuevo descenso al infierno. Por el momento, como diría la Señora Presidenta, estos personajes “a los que nadie eligió” se reúnen, deliberan, deciden y eventualmente comunicarán al resto de la población cómo nos salvarán de caer en un nuevo precipicio. Así funciona el peronismo. Así lo hicieron con el gobierno de De la Rúa, más allá de los errores y horrores del gobierno aliancista. Y así también los convalidaremos nosotros. Como lo hicimos a comienzos de siglo, como lo hacemos cada vez que este partido nos propone “nosotros o el precipicio”. Un chantaje para con el que siempre nos hemos mostrados débiles y temerosos. Aún cuando después de cada una de esas experiencias “salvadoras” terminemos peor que antes de atravesarlas. Estas parecen ser las alternativas. O someternos a un gobierno dictatorial o hacerle el juego a quienes esperan por una nueva vuelta de la Calesita de la patológica política nacional. Esperemos llegar a las próximas elecciones para ver qué aprendimos.
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¿Cuál fue la reacción corporativa del periodismo luego de que ese mismo personaje intimidara a un cronista de Radio Continental, porque la pregunta que le realizó le incomodó? Ni tan siquiera mereció una solicitada repudiando tanto abuso de poder. Ese mismo periodismo que también llama “estilo” a la autoritaria costumbre de no dar conferencias de prensa. ¿Tuvo, lector, la fortuna de escuchar al Ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos en algún reportaje radial hecho por algún periodista independiente? De haber sido así, habrá podido comprobar la calidez y respeto por el otro del simpático portador de tan varonil bigote. En el caso de muchos otros ciudadanos prima, cada vez que lo escuchan, el tribal deseo de propinarle una cantidad importante de educación. Hay ejemplos peores aún. Aproximadamente 39,9 de los 40 millones de argentinos sabe que el índice de inflación que publica el INDEC es falso. Esto importa un delito muy grave. Tan grave que, entre tantos otros males importantes que acarrea para el país –como el de tergiversar casi toda la estadística económica nacional de los últimos dieciocho meses- importa un robo millonario a, redundando, millones de personas entre las que se encuentran los afiliados a todas las AFJP, es decir… ¡nosotros mismos! Tal grado de indolencia no tiene ni el más remoto parentesco con la tolerancia. Raya en la estupidez. ¿Cuándo aprenderemos que los gobernantes no son reyes? ¿Es que tan hondo calaron las dictaduras militares que sufrimos, que todavía nos creemos súbditos en lugar de ciudadanos? ¿O sólo cuando nuestro dinero corre riesgo recordamos que merecemos respeto y que los gobernantes no pueden hacer lo que se les antoja? Siete días atrás mencionamos que, dentro de este asfixiante panorama, la justicia juega un papel trascendente. Por ahora, además de trascendente, representa ese papel de manera patética. Además de mirar como espectadores tanta aberración como la arriba descripta, jueces, fiscales y demás integrantes de “la gran familia judicial” no parecen demasiado preocupados por representar el mortificante papel que desempeñan. Cada vez son menos los jueces que se atreven a aplicar la ley, cuando ésta puede terminar perjudicando a los integrantes del gobierno. Los casos de los fondos de Santa Cruz, la valija de Antonini Wilson, Skanska, el contrabando de armas por venta de partes a precios ridículos, la toma de una comisaría por parte del piquetero y vocero K Luis D’Elia, la discriminación con la publicidad oficial, el no cumplimiento de la determinación de la Corte Suprema respecto a la movilidad de las jubilaciones y tantos, y tantos otros casos en los que miembros del gobierno están implicados, hablan de una justicia que ni siquiera merece ser escrita con mayúscula porque no es más que una parodia de sí misma.
La patota gubernamental tomó posesión del país con la anuencia de muchos y la indiferencia de muchos más. Personajes nefastos como el Secretario de Comercio Interior o el Secretario de Transporte no constituyen excepciones sino la regla. Y la regla es la que dicta el patotero mayor, el señor K, a quien no cabe más que acercarse y besarle el anillo, si no se quiere padecer las consecuencias por no hacerlo. Sin embargo, todo esto es posible porque los ciudadanos lo consentimos. Antes con Menem o Duhalde, y ahora con los Kirchner. No se le puede exigir demasiado a quienes no tienen la posibilidad de informarse sobre lo que ocurre en el país, por estar abocados a sobrevivir, como ocurre con la mitad de la población. La otra mitad, de la que usted lector y este cronista formamos parte, es la que carga con la mochila de permitir que esta sea la historia que se está escribiendo sobre la Argentina.
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