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Cartas de un judío a la Nada
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Bogotá, 1991 Desde la invención del automóvil, la faz de la Tierra ha cambiado enormemente. Las ciudades de hoy en día parecen estar hechas más para estos vehículos que para los hombres. Las personas se matan conduciéndolos en un número pavoroso, que no hace sino aumentar día a día. Pareciera que al automóvil lo hubiera inventado el diablo.
No sé a quién se le ocurrió la idea de que manejar una pieza de maquinaria de semejante volumen y capaz de manipular tan enormes cantidades de energía –sobretodo cinética- era para cualquiera. Los hombres sucumben ante el poder de esos artefactos, se obnubilan con la posibilidad de ir más y más rápido, de poder superar con agilidad los obstáculos del camino, y juegan continuamente con el fantasma de la muerte. Muchísimos pierden. Es cierto que muchos países no tienen una infraestructura adecuada para el manejo de estas máquinas. También es cierto que sus fabricantes las dotan de capacidades que exceden en mucho las exigidas por el sentido común. Es verdad que las desgracias suceden. Pero la mayor parte de los accidentes siguen siendo causados por la negligencia, y por el alcohol. El alcohol, la droga más nociva y mortal de las que maltratan este mundo y que nadie se preocupa en combatir. Y también está, por su puesto, la necesidad que tenemos todos de sentirnos más hábiles, más poderosos, mejores que los demás. Esa también es una poderosa droga, y el automóvil suele saciarla a la perfección. Los hombres buscan el coche más grande, con el motor más potente, con el lujo más refinado, para que el objeto se convierta en reflejo del sujeto y ellos puedan decir “mira qué gran hombre que soy, mira que gran vehículo que tengo”. Y que ese vehículo sea en realidad un arma cargada, dispuesta a matarlos o a matar a otros en la primera de cambio, no les importa en lo más mínimo. La gente aún no entiende que el automóvil mata. Siempre creen que eso de los accidentes son cosas que le suceden a otro. Cada uno cree y sostiene que es mejor conductor que los demás. Todos se equivocan. Para empezar, quien está convencido de tener algún asunto completamente dominado, está perdido. En cambio, quien se mantiene en la actitud humilde de asumir que tiene defectos, siempre está a tiempo de corregirlos. Por otro lado, la desgracia nos puede alcanzar a todos en cualquier momento, sin ningún miramiento hacia nuestros méritos o habilidades. La muerte es así de injusta: llega cuando quiere y como quiere, y jamás da explicaciones. A pesar de que todos los días mueren miles de personas bajo las ruedas de vehículos conducidos por personas bebidas, y a pesar de que todos los días mueren personas que creyeron que no habían tomado demasiado, la gente no aprende y siempre se cree capaz de mantenerse lúcida y sale a manejar con el alcohol aún fresco en la sangre. Pura estupidez. Para ilustrar todo esto, citaré una pequeña historia. Jorge Jiménez era un humilde comerciante de Bogotá aficionado a los automóviles y las carreras. Tenía un pequeño Fiat 147 al que había mejorado y acondicionado para que le diera el mejor resultado en las carreras clandestinas. Era tan adepto a esta actividad, que la practicaba todo el tiempo, hubiera o no contrincantes. Así fuera hacia su trabajo o a buscar a su mujer a algún lugar, o si estuviera viajando, siempre procuraba ir a la máxima velocidad y hacer las maniobras más arriesgadas. Jamás le había sucedido nada, hasta ayer, cuando de pronto, yo aparecí en su camino. Hacía dos semanas que venía caminando por las entrañas de un bosque. Podría decir que me había perdido, si no fuera porque no iba a ninguna parte. De pronto dejé el límite de los árboles y me encontré con una ruta. Tras mirar varias veces, pude notar que no venía nadie desde ninguno de los dos horizontes cortaban el camino. Cuando me encontraba a mitad de camino, mi oído me advirtió que un coche avanzaba por un camino rural, acercándose a la ruta. Menos de un segundo después, impulsado por una velocidad bestial, Jiménez me atropelló; su automóvil se desvió y terminó chocando contra un enorme pino, muriendo al instante. A mí me quebró la pierna derecha en cinco partes. Afortunadamente, no sufrí ninguna otra herida más. Estoy seguro de que si hubiera sido cualquier otro, lo mataba, sobre todo porque pasó más de una hora antes de que alguien se atravesara por allí y nos viera, y aún dos horas antes de que alguno se preocupara por enviar a las autoridades. Vaya uno a saber por qué otro estúpido motivo los mortales, además de no cuidarse tras el volante, tampoco desean involucrarse jamás en nada. Me tomará meses recuperarme, pero deberé avanzar igual, como estoy, por mucho dolor que ello me cause. Espero que algún día los hombres aprendan, antes de que sus máquinas terminen perdiéndolos. No porque se vayan a volver inteligentes y tiránicas, sino porque los hombres son demasiado estúpidos y desobedientes.
Nemuel Delam El judío errante
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