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La palabra de la semana
Sí, pasarán
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por Adriana Derosa
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Se realizó el abrazo al Teatro Auditórium, como un gesto de la comunidad cultural que quiere decir públicamente que no esperará pasivamente a que el espacio construido con el esfuerzo de tantos se convierta cualquier día en un garito. Vale el esfuerzo por marcar la presencia, aunque sepamos, los más pesimistas, que no nos van a pedir permiso.
Pongamos por caso que ya perdimos. Demos por hecho el hecho. Aceptemos la realidad de que vivimos unas épocas en las que, de no existir alguien que ponga de por medio una férrea voluntad en contra de que todo se venga abajo, lo más generalizado es que en efecto todo se caiga a pedazos. Y ocurre ante la mirada llorosa de quienes pensaron alguna vez que tendrían las posibilidades dadas para construir un mundo feliz. Lo normal es la demolición; lo normal es la vulgaridad del poder frente a la tradición, frente a la delicadeza del arte que no está hecho para fabricar ricos. Pongamos por caso que a nadie le importa un bledo que se pierdan los espacios de irradiación y despliegue de la cultura local y regional, que tiene su lugar en las salas más pequeñas del complejo Auditórium, precisamente las que quedarían comprometidas en la futura licitación del Hotel Provincial. Porque dicen que el dueño de todo, don Florencio Aldrey Iglesias, se lleva no sólo el hotel por el que nadie daba dos mangos -ya que había que poner mucha plata para hacerlo funcionar-, sino además y por el mismo precio el hotel Casino y aledaños. Entiéndame por esto la sala Nachman, La Bodega, La Nave, dos cajas de obleas, un peine, cuatro microfibras y un imán aplique de heladera. Hagamos de cuenta que es así. Tierra de tantos
La sala Piazzolla es bellísima y sumamente eficiente en cuanto a la disposición técnica de la que puede hacer gala. Es el espacio reservado para los productos de diversas artes que, por su gran convocatoria y requerimientos de equipo, hacen imprescindible su utilización. Al menos así ha sido hasta ahora. Concedido y aceptado, por más que podríamos entrar en los vericuetos de debatir si realmente eso es lo correcto y conveniente, o si quizá podríamos haber conducido masivamente al público a conocer las manifestaciones culturales que son hoy de escasa apropiación. En fin. Pero las salas menores ya nombradas son el fruto del trabajo de diversas personas que pensaron la manera de lograr que el enorme dispositivo humano y técnico que la Provincia ponía en juego en estos lares del sur estuviera también al alcance de quienes hacían espectáculos de cámara, formas del arte más específicas, menos estridentes, o simplemente con unos requisitos de intimidad que hacían propicia su exhibición en la calidez de un espacio menor. Así comenzaron a tomar forma y fueron beneficiadas con las mejorías paulatinas que las convirtieron en lo que hoy son: unos sitios que guardaran las historias más ricas de la ciudad, las del crecimiento y evolución de sus productos culturales, y también de su intercambio con formas de arte que llegaban desde otros sitios para mostrarse ante este público. Hoy, lo mismo que si habláramos de plazas de estacionamiento, las salas cotizan en metro cuadrado y se plantea su adjudicación en un pliego licitatorio. No está dicha aun la palabra final, ni siquiera la primera, pero los que tenemos la mirada entrenada vemos venir ya que -con unos nuevos objetivos- lo previsto para estos sitios no serán aquellas noches de jazz o de flamenco, ni aquellas muestras de arte experimental, ni aquellos conciertos de folkloristas insignes, de grupos vocales, ni los unipersonales que hicieron época en el underground de la ciudad en verano e invierno. Mucho me temo que no. Vemos en el futuro un ruidillo de máquinas tragamonedas haciendo el eco de fondo a los acordes de la orquesta que esté ofreciendo su concierto de gala en la sala grande. No sé por qué, pero me da por las profecías macabras, así de oscuras.
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Los fantasmas del Roxy
(...) Yo fui uno de los que lloraron cuando anunciaron su demolición con un cartel de: "Núñez y Navarro próximamente en este salón". En medio de una roja polvareda el Roxy dio su ultima función, y malherido como King Kong se desplomó la fachada en la acera y en su lugar han instalado la agencia número 33 del Banco Central. Sobre las ruinas del Roxy juega al palé el capital. Pero de un tiempo acá, en el banco, ocurren cosas a las que nadie encuentra explicación. Un vigilante nocturno asegura que un transatlántico atravesó el hall y en cubierta Fred Astaire y Ginger Rogers se marcaban "el continental". Atravesó la puerta de cristal y se perdió en dirección a Fontana. Y como pólvora encendida por gracia y por la salud está corriendo la voz que los fantasmas del Roxy son algo más que un rumor. Cuentan que al ver a Clark Gable en persona en la cola de la ventanilla dos con su sonrisa ladeada y socarrona, una cajera se desparramó. Y que un oficinista de primera, interino sorprendió al mismísimo Glenn Ford en el despacho del interventor abofeteando a una rubia platino. Así que no se espante, amigo, si esperando el autobús le pide fuego George Ralt. Son los fantasmas del Roxy que no descansan en paz.
Joan Manuel Serrat
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Abrazo de bolero
Justamente el abrazo convocaba a los representantes de la cultura local, y se sumaba al reclamo de los trabajadores del teatro, que están francamente preocupados por su futuro laboral y el desenvolvimiento de las paritarias, y con justísima razón. Pero iba por otra vía. Juntamente digo, llegaba el mismo día en que estaban armando la escenografía de “El fantasma” de Cibrián, la obra de Oscar Wilde que pone en evidencia la manera en que la vulgaridad de unos americanos recientemente enriquecidos, una especie de caricatura al cuadrado de los Beverly Ricos, profana la solemnidad de un espacio de relatos y rituales. Y me resultó casi como una alegoría. Pensé entonces que era absolutamente oportuna la forma en que la representación de Wilde nos permitía volver a ver cómo los fantasmas del teatro se sacudirían temblando por los rincones, ante la posibilidad de que su reino se convirtiera de la noche a la mañana en una hamburguesería o en un estacionamiento adornado con lamparitas de colores, donde se vendan recuerdos de Mar del Plata para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero, ése que no quiere decir que vino a la ciudad a timbear en el casino. Los fantasmas que habitan hoy entre los telones de las salas hechos un ovillito de sombras y resplandores nocturnos, bajo la forma aturdida de un murciélago, saben que por más que los abracemos desde afuera, el poder es el poder y a los zares de la provincia solamente les importan los otros zares y no unos artistas del costado sur que dicen a voz en cuello que quieren salas con fantasmas para seguir haciendo conciertos y unipersonales. Pongamos por caso que no sirve para nada, y que a las oficinas provinciales les da más o menos igual que los artistas estén de acuerdo. Aun más: que los que hemos hecho lo que nos ha tocado por la cultura de la ciudad estemos en franco desacuerdo, y creamos que con lo del paseo Hermitage ya fue suficiente, porque todo tiene un límite. Pongamos por caso que les da igual. Habrá quedado poco en pie. Habrá quedado simplemente la marca en la historia que les asegure a los fantasmas que, si bien estaremos vencidos, seremos esta vez como los duques rusos de la obra de Cibrián: sirvientes por cuestiones del destino, que no olvidan la realeza que en otros tiempos les fue concedida por Dios. Los que se plantan frente a los poderosos con orgullo a decirles: “ustedes son los dueños, pero jamás -y óiganlo bien- jamás estaremos de acuerdo”. Porque así son las cosas. “Ay utopía, cabalgadura, que nos haces gigantes en miniatura.”
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