|
¡Mister músculo…!
|
por Amelia Ambrós
|
La publicidad debe ser ingeniosa para ser atractiva, e irónica para estar a la altura de estos tiempos posmodernos que “avanzan que es una barbaridá…”, como decía la zarzuela.
La ironía es una toma de distancia para enfocar mejor; es disimulo o ignorancia fingida que tiene malicia pero no malevolencia, y suele usarse para llevar al otro a ver el error que se está cometiendo. Por eso es difícil ser irónico, y más difícil aún es comprender la ironía. El ingenuo comprende en modo directo lo que está dicho con intención contraria, por lo que hay que usarla con bondad, siempre sobria y delicadamente, tal como lo hizo Sócrates para llevar a los hombres desde la ingenuidad al pensamiento crítico. Se la suele confundir con el sarcasmo, que es una burla con tono irónico pero de rasgos gruesos y obvios. Para poner ejemplos claros: Borges se expresaba con ironía sobre aquello que es paradójico en la vida; en cambio, Aníbal Fernández, cuando se hace el inteligente, emite sarcasmos levemente patéticos sobre lo que no le gusta o le conviene al gobierno que defiende en ese momento. Pero lo que le pasa al bueno del ministro –y a mí también, como puede apreciarse-, no es de extrañar en un contexto en el que la burla venenosa y la cargada pesada son pan de todos los días en cuanto al humor. Ese abuso del escarnio y la guasada nos está privando de la socarronería que nos hacía lucir como inteligentes a los argentinos. Parece que ya nadie puede escribir una parodia similar al Fausto de Estanislao del Campo, y más vale que les hagamos leer a los chicos a nuestros excelentes humoristas gráficos, para que no crean que el humor es lo que perpetran Rial o Tinelli. Y en eso anda todo esto, hasta la publicidad.
Esposas no desesperadas
En el rubro “productos hogareños”, dedicados en un 99% al mundo femenino -pues parece que los hombres, en su reputada vida, jamás tienen que fregar un piso o pasarle un cepillo al inodoro- sólo el de Mr. Músculo merece un premio a la ironía y a la diversión. La pobre protagonista ha hecho todo lo posible por renovar una cocina que durante años ha sido abandonada hasta la inutilidad y no sabe qué hacer para salir de esa depre. Entonces aparece, como un ángel disfrazado de Superman, ese engendro graciosísimo vestido de naranja y azul… ¿Qué mujer no se ha matado de risa recordando una clásica película hecha por los tanos que tenía el mismo guión, pero con diferentes fines? Es insuperable y predispone a la compra sólo por la diversión. Claro que no me explico por qué compran las que no conocen esas cosas tan non sanctas… ¿Creerán en Superman? La versión romántica viene con el jabón de ropa que trae cantante incluido y vecina envidiosa. Y no lo nombro porque no me acuerdo cuál es, lo juro… Quizás porque no soy asidua de las películas para adultos e ignoro si hay algo sobre eso, así que desconozco el guiño irónico. Como está, me parece muy, pero muy desmoralizador: si una mina joven ve un galán que le canta cuando lava la ropa, ¡qué corno pasa con el marido, por favor! Divorcios al paso… ¡Llame ya!
Mujeres lobotomizables
¿Recuerda usted, lector, lo que fue la lobotomía? Seguramente que no, porque se ha hecho todo para olvidarlo: tirarlo al fondo de los trastos a ocultar. “Cold case” que no habrá ningún investigador televisivo que retome. Así como se ha congelado el antisemitismo de Francia, Inglaterra y toda Europa antes de la segunda guerra mundial, cargándoselo todo a Alemania que perdió en la guerra…. ¡Oh, la propaganda! Tan parecida a la publicidad, ella. La lobotomía era una operación que se practicaba a las personas con problemas psíquicos (como la tan común depresión), que consistía en cortar las vías nerviosas de los lóbulos frontales del cerebro para “curar” enfermedades “mentales”. A su autor, Egas Moniz, le dieron el Premio Nobel 1949… Después se supo que era un disparate. Los lobotomizados quedaron inútiles y no fueron curados.: que pase el segundo…, que el primero se me rompió. Pero siempre se puede lobotomizar sin operar: siempre se puede cortar la conexión entre una persona y su capacidad de razonar. Sólo hay que insistir, como dicen los muchachos del pensamiento positivo. Todos los días. Todo el tiempo. Siempre. Hasta que la víctima sea incapaz de ironizar o de comprender la ironía, hasta que no sea capaz de tomar distancia. Y finalmente crea y se entregue, como en “1984” de Orwell. Por ejemplo: los argentinos estamos lobotomizados con respecto al artículo primero de la Constitución, que dice: “La Nación Argentina adopta para su gobierno la forma representativa republicana federal, según establece la presente Constitución”. No lo podemos pensar, porque nos lavaron los sesos. Si uno le pregunta a un ingenuo -cuyo nivel educativo puede variar entre “ninguno” y “universitario”- por el significado de ese artículo, contestará que quiere decir que “vivimos en democracia”. ¿¡..!?. Y si uno pregunta qué es democracia, responde el gobierno del presidente elegido. Confundió república con voto democrático, ignora lo que es la representación, y del federalismo no sabe un corno… No quiero ponerme a llorar. Así que vuelvo a las mujeres expuestas a lobotomización. Las publicidades nos las muestran felices cuando limpian los pisos y se pueden reflejar en ellos mejor que la vecina. Cuando descubren un polvo de lavar que limpia el enchastre que hizo el desaforado de su hijo por llevar un huevo en la cabeza, en lugar de haberle enseñado que eso no conduce al equilibrio, sino a jorobar a la persona que limpia la casa y que si sigue insistiendo lo bajará de un hondazo en el trasero. Cuando se sienten realizadas porque su baño no huele feo, aunque lo hayan usado todos, sin que ninguno se haya dignado borrar la huella. Cuando su aliento es perfecto, para que él no crea que besa a un cenicero, si ella fuma, por lo que usa un enjuague que hace años que Greenpeace condenó… Una mujer lobotomizada come un yogur de bajas calorías, mientras le cocina a su familia unas pastas caseras y un lomo a la pimienta que derrochan gusto. Una mujer lobotomizada debe ser bonita por fuera e insegura por dentro, no puede crear una distancia irónica ni de su imagen, ni de su familia, ni de su trabajo, ni de su entorno. No puede creer en sí misma: ni en lo que hace ni en su discurso, sino que necesita la corroboración de afuera, del mundo, de su mister músculo… No sabe –en el fondo- cómo actuar si no se lo indican: confundida por los mensajes que le indican mil cosas diferentes que hacer, finalmente no hace nada. No sé adónde voy a llegar si sigo con esto, querido lector; sé que comencé este artículo para que riéramos juntos, pero yo me estoy amargando.
|