Mar del Plata, 28 Agosto 2008

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Oleadas ideológicas

Viento a estribor

por Rodolfo Olivera

Estribor: lado derecho de la embarcación, vista de popa a proa. Metáfora marina que podría se aplicada a la política, así como hubo también tiempos –no lejanos- de vientos a babor. Si son suaves, la nave va. Sin son fuertes y obstinados, escora y puede dar una vuelta campana. Si giran enloquecidamente de un lado a otro, estamos ante un huracán. Como en todo, el equilibrio es lo deseable.


Pero uno no siempre lo maneja, claro. En realidad los vientos “están ahí” (el contexto) y se van desplazando; ésa es, vamos, su esencia. Lo que al mortal le queda es leerlos, optar, arriar las velas llegado el caso, desplegarlas si pinta, aprovecharlos o huir de ellos según el destino elegido y la capacidad de la embarcación para soportarlos. La verdad, ¿difiere tanto de la política?
Porque también tiene no uno sino varios contextos: el propio, el de cada país, sujeto a veces por el de la región o el vecindario, todos flotando en uno mayor de naturaleza planetaria. Contra eso no hay mucho, salvo tomar posición. Optar, como en el velero. Leerlo previamente desde la proa. Interpretar si ese contexto nos favorece o nos perjudica, planificar el rumbo hacia donde el país quiere dirigirse, sentirse más orientado si se aprovechan los enamoramientos hacia perfiles de izquierda o si reverdecen los paradigmas de la derecha. Y enfilar. Evitando, claro, aquellos saltos al vacío o golpes de timón que sólo dejan traslucir la desorientación general que conduce al descrédito y la pérdida de oportunidades. Insisto, ahora al revés: no difiere mucho de navegar. En otra clase de aguas, con otra clase de vientos, con las mismas oportunidades de llegar a puerto, con el mismo riesgo de terminar en el fondo.
Repetidas veces a lo largo de la historia hemos asistido a estas “oleadas” ideológicas que perfilaron el mundo a la izquierda (década del setenta), lo devolvieron a la derecha (ochenta y más aún los noventa), reencauzaron “a la siniestra” (noventa largo, inicios del XXI); y algo me dice que quiere volver a soplar “a diestra” en el final de la primer década.
Obsérvese un poco el mapa europeo, mírese con mayor detenimiento el espectro latinoamericano. Casi sin darnos cuenta fueron torciéndose los caminos, llenándose de curvas y contracurvas, donde la pericia del conductor resultó fundamental para no alejarse de la costa, no chocar con los arrecifes, no dejarse llevar sin destino propio. Cosas muy lógicas del mar, cosas muy lógicas de la política.
Se preocuparon algunos amantes de la izquierda racional (hay otra muy tarada) cuando el avance de la derecha muy tarada (hay otra muy racional) quiso –y muchas veces logró- convencer de las bondades indiscutibles del neoliberalismo masivo y rampante. Se horrorizaron del otro lado cuando en Latinoamérica comenzó la oleada contraria, la que trajo en bloque a los Lula, los Tabaré, los Kirchner, los Chávez, la que devolvió a Ortega, la que inventó a los Morales, a los Correa. Mareaba al conservadurismo el discurso del alemán Schroeder (centro izquierda aburguesada, pero centro izquierda al fin), la postura crítica del entonces candidato Zapatero, la retórica poco práctica del italiano Prodi, la “amenaza” del retorno del progresismo en la Francia de Chirac (con el frustrado boom de Segolene Royal). No era rojo punzó, no era rojo carmín, quizás un rosa Dior suficiente para erizar las pieles de la derecha.
Pero como en el caso de las mareas, tanto se sube como se baja y en el mar esto ocurre en bloque; no hay una playa donde el mar se quede mientras se retira en la de al lado. En política esto suele suceder, incluso fue uno de los rasgos distintivos de la realidad latinoamericana, que navegaba las aguas del golpismo en una década, para retornar montada en la ola democrática a la siguiente. Tengo esa sensación del vientito que me sopla a estribor.
Lectura que puede hacerse del proceso que viene ocurriendo en Bolivia –más allá de los errores de Evo Morales, que los hay y no son pocos- donde, por un lado, los prefectos de las provincias separatistas reclaman plebiscitar al gobierno central pero rechazan de plano que se someta al mismo mecanismo de aprobación su cargo de gobierno. Es decir, “exponer al indio” pero preservar lo propio. Y estos señores con nombre y apellido, los prefectos Rubén Costas de Santa Cruz, Alberto Melgar del Beni, Leopoldo Fernández de Pando, Mario Cossio de Tarija y Manfred Reyes, todos fueron parte de los anteriores gobiernos neoliberales de Jorge Quiroga y/o Gonzalo Sánchez de Losada. Mezcla de golpe de Estado y cobardía, reclaman lo que no cumplen. Pero más allá de la cuestión de fondo, discutible según la vereda desde donde se la mire, hay un marco ideológico de derecha que envuelve la movilización.
Por otro lado, golpear a Morales es golpear a Chávez. Otro que se ha equivocado en más de una oportunidad, pero no es ese tampoco el punto sino desde dónde arranca la oposición. Es la derecha nucleada en Fedecámaras y con el apoyo expreso de la embajada de los EEUU la que desde el 2002 quiere desbarrancar sin suerte al “nuevo paladín de la izquierda latinoamericana” (The Washington Post, 16 Abril 2002) contra el que no han ahorrado epítetos, movilizaciones callejeras, denuncias borrosas, etc., etc.
Derecha innegable -¿por qué lo esconden, lo disimulan?- que está detrás de todo intento de desestabilización del presidente Correa de Ecuador (no hago escala valorativa). Derecha evidente y feliz de la existencia de un Uribe en Colombia, derechización flagrante en el peruano Alan García, derecha extrañamente vergonzante en las caceroleadas paquetas y gauchócratas argentinas.
Digo vergonzante porque califican impiadosamente de “zurdos” a quienes no formen parte de la lógica del establishment, pero se niegan a ser calificados “de derecha” en una muestra evidente de la pretendida desideologización de los noventa, donde desde Fukuyama a Grondona quisieron demostrar que lo suyo no era ideológico sino “sentido común”. Vamos muchachos, pónganse la camiseta que no es ningún deshonor, es mucho más leal que tirar la piedra y esconder la mano. Claro que tuvieron personajes impresentables, pero también los tuvo la izquierda. Claro que la derecha de hoy no es la de ayer, tampoco la izquierda. Pero hay ciertos patrones de pensamiento y acción que se mantienen y no es vergüenza aceptarlo: los hinchas de Racing siguen siendo de Racing aunque estén peleando el descenso.
Fedecámaras, Uribe y García en Latinoamérica; Sarkozy en Francia, Berlusconi en Italia, Merkel en Alemania, el muy probable regreso de Netanyahu en Israel… sí, viento a estribor. Discutible, aceptable, peligroso o deseable, cada uno pensará según su leal saber y entender. Pero cierto, vamos, tan cierto como el peligro que sienten de perder el trono mayor, el Salón Oval de la Casa Blanca, tras el retiro inexorable de Bush, el vidrioso panorama electoral de McCain y la derrota concretada en las legislativas del 2007. Quizás por eso la derecha mueva rápidamente sus piezas en “la periferia”. Cuestión de no quedarse sin nada, mientras la nave va.

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