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Políticas de Estado
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por Enzo Prestileo
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Una de las principales diferencias entre los países desarrollados y los no es la existencia de políticas de Estado sobre cuestiones medulares de la economía, las relaciones internacionales y ciertos otros tópicos que hacen a la esencia de la convivencia ciudadana. Hace cien años que Argentina no tiene esa clase de políticas.
Probablemente el tópico de esta columna resulte demasiado perogrullesco para muchos, porque que Argentina no sea un país desarrollado y que no tenga prácticamente ninguna política de Estado importante, son cuestiones demasiado obvias. Sin embargo, más allá del planteo de unos pocos sobre la perenne carencia que sucesivas generaciones de argentinos no han podido modificar, la necesidad de hacer algo al respecto, que debiera ser imperiosa, ni siquiera se percibe en los sectores sociales hipotéticamente más sensibles a este grave problema. Esos sectores son los que integran, fundamentalmente, los políticos, los economistas, los intelectuales y la gente del Derecho y la Justicia. Aunque por estos tiempos de desencuentros que se profundizan día a día, parece casi utópico esperar gestos que, contra la fuerte corriente que empuja en dirección contraria, lleven a aquellos sectores a reflexionar sobre la importancia de encontrar esos comunes denominadores. Cuestiones a dejar fuera del juego político para que, más allá de los diversos intereses partidarios, el barco del que cuarenta millones de argentinos somos pasajeros tenga un rumbo fijo hacia el desarrollo futuro. En mayor o menor medida, desde el regreso de la Democracia, ocurrido un cuarto de siglo atrás, los distintos gobiernos han creído ser el punto de quiebre de la Historia Argentina. Eso los llevó, sin excepción, a despreciar los aportes de otros sectores partidarios o ideológicos, en la seguridad de que toda visión que se apartara de la propia indefectiblemente debía ser portadora de terribles males para el futuro del país, ya sea por inconfesables propósitos antipatrióticos o por una igualmente oprobiosa ignorancia. En estos últimos años esa imposibilidad de buscar ciertos consensos tan mínimos como fundacionales se ha acentuado notablemente. La certeza del grupo político que conforma el llamado kirchnerismo acerca de que las únicas posibles políticas de Estado son las que ese grupo se propone implementar y que toda otra opinión oculta intereses mezquinos, hace presagiar que, tal como ocurriera con casi todas las políticas llevadas a cabo por sus antecesores, en cuanto otra corriente ideológica –del mismo peronismo o de otra agrupación política- acceda al poder nuevamente empezaremos de cero.
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La seguridad
Cuando se habla de políticas de Estado se piensa, con razón, en determinadas cuestiones económicas básicas que hoy son aceptadas por la dirigencia política de todos los países desarrollados. Pero no son las únicas políticas de Estado que existen. También las puede haber en otros temas que, según pasa el tiempo, van adquiriendo importancia central para el mismo propósito de mejorar la calidad de vida de los pueblos. La seguridad, tanto física como jurídica, se ha convertido en elemento esenciale para el desarrollo de los pueblos a partir de la segunda mitad del siglo XX. Y tanto en una como en la otra nuestro país deja mucho que desear. Si bien la seguridad jurídica refiere a temas más abstractos –aunque no por ello menos importantes- que hacen más a un cambio cultural que implique una mayor conciencia de lo importante de respetar y hacer respetar a rajatabla las leyes vigentes, con la seguridad física hay además aspectos más tangibles. Por ejemplo, la lucha contra el narcotráfico es un territorio donde, si existiera una real vocación por generar políticas de Estado, no debería haber diferencias tan abismales como para que sea tan dificultoso llegar a determinados acuerdos básicos. Acuerdos que, entre otras cosas, no hagan mucho más complicado operar dentro del país de lo que parece para bandas de narcotraficantes que, a juzgar con los notorios hechos criminales de las últimas semanas, gozan en el país de una zona de bajo riesgo que cuesta imaginar en países centrales donde la preocupación pasa mucho más por el consumo de estupefacientes que por la actividad de su fabricación y tráfico. Esta particularmente deleznable porción de la delincuencia parece estar dando una vez más razón al Martín Fierro cuando dijo que los hermanos, si entre ellos pelean, son devorados por los de afuera.
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¿Dónde reside la dificultad que los argentinos, a diferencia de los países desarrollados, no podemos superar para poder, como ellos, comenzar sobre bases razonablemente sólidas un camino hacia el desarrollo? Un rumbo que permita en los hechos, y no en los vacíos discursos políticos con los que todos se llenan la boca, llegar a una sociedad más justa donde las diferencias entre los que más y los que menos progresan ubiquen a estos últimos siempre en un piso de dignidad socioeconómica infranqueable. La respuesta a esta pregunta parece estar en estos tiempos más a la vista que nunca. La lucha ideológica, propia todavía de muchos países latinoamericanos en los que la educación no ha progresado o lo ha hecho muy lentamente, prima por sobre los intereses prácticos de las naciones y las personas. Aunque no lo expresen verbalmente, para muchos argentinos todavía es mejor ver compatriotas morir de hambre o condenarlos a una supervivencia atada de manera umbilical a la asistencia político-estatal, antes que aceptar determinadas realidades generalmente económicas que hace más de medio siglo dejaron de ser discutidas en los treinta países desarrollados; incluso en aquellos que, como Brasil, Chile y hasta Perú, Colombia o Uruguay en nuestro sub continente, han iniciado el lento pero seguro camino hacia el desarrollo. Rebeldías adolescentes que, según creen, oponiéndose a la ortodoxia económica encuentran un camino hacia la liberación. ¿Hacia qué liberación? ¿Qué países están tomando como ejemplo para tan retrógrada proposición? Seguramente ninguno de los mencionados. Por cierto, para poder llegar a sentar alrededor de una o varias mesas a la gente apropiada para acordar esas políticas de Estado que un país como el nuestro necesita con desesperación. Claro, siempre que se quiera, y en el futuro cercano, antes que los vientos de la economía internacional cambien nuevamente y nos hagan ver que navegamos en un barco sin brújula. Primero deberíamos librarnos de estas ideologías que atrasan cincuenta o cien años y contar con un sistema de partidos claros, como en todo el mundo civilizado, capaz de proveer a esas mentes lúcidas y libres de ataduras ideológicas arcaicas, para poder discutir en serio sobre el rumbo a seguir por nuestro país hasta hacerlo más previsible; y que sea tanto para los foráneos que quieren invertir como, sobre todo, para quienes dejamos transcurrir en él nuestras vidas cotidianas. Sólo a partir de entonces podremos empezar a creen en algo asimilable a los pactos de la Moncloa, que sacaron de su ceguera a la España atrasada de Franco para llevarla a ser una de las diez máximas potencias.
Sin necesidad de aspirar a logros épicos, solamente con una generación de políticos e intelectuales con los pies en la tierra que discutan civilizada y pro-positivamente sus diferencias hasta llegar a síntesis superadoras para el país, y que luego las respeten a rajatabla cada vez que les toque estar en el poder, la Argentina progresará a un ritmo suficientemente rápido como para superar en un tiempo razonable la indignante situación actual. Esa actualidad en la que entre un cuarto y un tercio de su población pasa sus días sin esperanzas, sumidos en la pobreza, cuando no en la indigencia; mientras los dirigentes se preocupan sólo porque esa realidad no se note tanto en las estadísticas oficiales. No es necesario, como algunos han planteado en semanas pasadas, resignar convicciones ni rendirse ante el poder económico para poder sentarse a negociar políticas de Estado. Quien así piense no está a la altura de desempeñar las tareas que los cargos públicos implican, que son, ni más ni menos, las que ayudan a la convivencia civilizada y al progreso de las sociedades.
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