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Cartas de un judío a la Nada
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Sin Fecha Llueve. Por fuera de estos muros que me guarecen se despliega un día verdaderamente horrible. Hace frío. Poca gente anda por los caminos. Se cierne sobre el mundo una atmósfera de nostalgia y pesimismo. En días así pareciera que el frío, además de entumecer los miembros y herir la piel, fuese capaz de tocar el alma y darle un anticipo del horror de la muerte. Porque el peor frío es este: el que te llega hasta el corazón y te roba hasta la última esperanza.
Me preocupa mucho, cada vez más, el destino de la humanidad. Noto en la gente cada vez menos ganas de vivir. El escepticismo va ganando terreno en estos tiempos modernos, y las mentiras con las que nuestros padres se consolaban para poder vivir el día a día ya no hacen el mismo efecto. Es horrible vivir sin esperanzas, creyendo que no hay nada más que esta vida y que después sólo vienen el olvido y la muerte. Poco me importa si esta es o no la verdad, lo que sé es que tal realidad va en contra de las posibilidades de la humanidad de crecer y mejorar. Si perdemos la esperanza, perdemos todo. Contaban los griegos que el anciano dios del mar, Nereo, había tenido una preciosa hija, llamada Tetis, una de las cincuenta Nereidas. Tan bella era que Zeus y Poseidón llegaron a disputársela, pero al enterarse de una profecía que aseguraba que el hijo de Tetis llegaría a ser más grande que su padre, la obligaron a casarse con un simple hombre, llamado Peleo, que era rey de los mirmidones. De la unión de Tetis y Peleo nació Aquiles, uno de los más grandes héroes que ha visto jamás la humanidad. Cuando era apenas un niño, su madre lo tomó y, poco a poco, comenzó a quemar diferentes partes de su cuerpo para después cubrirlas con ambrosía, con lo cual se tornaban invulnerables. Pero en medio del proceso, mientras Tetis quemaba el talón de Aquiles, llegó Peleo; sin entender lo que sucedía, su padre quiso rescatarlo. Tetis, ofendida, huyó para siempre, sin recubrir de ambrosía el talón del niño, que quedó carbonizado. Sin saber qué hacer con Aquiles ni cómo criarlo, Peleo se lo confió al centauro Quirón, gran amigo suyo y afamado por su sabiduría y sus conocimientos medicinales. Quirón llevó a Aquiles a la tumba del gigante Dámaso, que había muerto hacía poco y que era un gran corredor. Con la taba del gigante, Quirón curó el talón del pequeño, confiriéndole una velocidad superior al del resto de los mortales. Poco después se les unió otro vástago de la nobleza de Tesalia, un niño llamado Patroclo, que se convertirá en el gran compañero de Aquiles. Su amistad era más fuerte que el olvido y que la muerte, tan grande que jamás hubo alguna igual. Quirón los crió en lo salvaje, enseñándoles a cazar su comida, a usar el arco y las flechas, la lanza y la espada. Los instruyó en arte, en medicina, en astronomía y en el conocimiento de los dioses. Hasta que un día su camino se cruzó con el del profeta Calcante, un hombre apuesto y bronceado que era nieto del mismísimo Apolo. El profeta posó sus ojos oraculares sobre el hermosísimo rostro del niño y entonces descubrió todo lo que deparaba su futuro. En aquella oportunidad sólo le dijo esto: “Llegado el momento, niño, se te dará a elegir entre una vida larga y próspera pero ignorada, y una breve, violenta y llena de Gloria, sobre la cual los hombres hablarán hasta el fin de los tiempos”. Terminada su educación, Aquiles y Patroclo volvieron a la corte de Peleo, donde le encontraron ya viejo y débil. Peleo puso en manos de su hijo .eal ejército de los mirmidones; cuando, varios años después, llegó la embajada de Agamenón pidiendo ayuda para la expedición a Troya, dejó que fuera su hijo quien decidiera. Aquiles vio que en la comitiva llegaba también Calcante y recordó su profecía. Supo que ante él tenía dos caminos posibles: aceptar el viaje y quizás la muerte, o huir para siempre y abrazar un futuro feliz pero ignorado. Aquiles, como todos saben, viajó a Troya. Peleó durante diez años contra los aqueos, siendo el más feroz de todos los contendientes en la lucha. Cuando se alzaba en ira formaba montañas con los cadáveres de sus enemigos. Pero cuando Agamenón le arrebató a Briseida, una muchacha troyana que Aquiles había capturado como esclava, el héroe se ofendió y decidió no batallar más. Viendo que los aqueos ganaban terreno en el campo de batalla, Patroclo decidió vestir la armadura de su amigo y ser quien condujera a los mirmidones en la contienda. Héctor, pensando que se trataba de Aquiles, le dio muerte. Entonces, cuenta Homero, Aquiles recibió de su madre una armadura nueva hecha por Hefesto, y retó a Héctor en singular duelo. El griego superaba enormemente a su rival, que no tuvo ninguna oportunidad de sobrevivir. Una vez que lo asesinó, Aquiles, desesperado, vio que aún tenía demasiado dolor en su pecho porque Patroclo seguía muerto. Enloquecido por la ira, ató el cadáver de Héctor a su carro y lo arrastró dando vueltas alrededor de la ciudad y se lo llevó con él a su campamento. Entonces cayó la noche y Aquiles se encontró a sí mismo, solo, junto al cadáver de su enemigo. Lo miró y reconoció en él a un buen hombre que no había hecho más que pelear por proteger su ciudad y su gente. Y cuando el rey Príamo se apareció en su tienda solo y desarmado, para pedirle clemencia, le entregó el cadáver de su hijo y le permitió volver sano y salvo a la ciudad. Poco después se desencadenó el ataque final contra Troya, donde los griegos vencieron al entrar escondidos a la ciudad en las entrañas de un caballo de madera. Durante el ataque, Paris, el príncipe troyano que provocó la guerra, hermano de Héctor, mató a Aquiles con ayuda de Apolo, hiriendo su talón con una flecha. Aquiles sabía que no regresaría de la guerra, pero también sabía que hoy, tras miles de años de su muerte, nosotros seguiríamos hablando de él. A mí me parece que esa es, en realidad, la única manera de ser en verdad inmortal: el asegurarnos de que jamás nos olviden.
Nemuel Delam El judío errante
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