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Ay! Federico García
El abanderado
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por Adriana Derosa
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Se cumplió un nuevo aniversario del asesinato del poeta de España. Otro aniversario de la inexplicable estupidez humana y de sus máximas manifestaciones aún en pie. La escuela, en tanto, sigue recitando sus poemas como si fueran letanías, sin saber cómo se hace para convivir con la diferencia de ser simplemente humano.
El sistema de los medios de comunicación que todo lo traga comenzó a indagar con más o menos superficialidad en las tribus urbanas, esos grupos de pertenencia inventados por adolescentes, o grandotes con síndrome de Peter Pan. En la mayoría de los casos, no fueron capaces de explicar, ni siquiera frente a la cámara que seguramente habían esperado desde siempre, cuál era la razón para que hicieran lo que cotidianamente hacen. La mayoría de ellos hicieron pasar las cosas por una cuestión estética, o ni aun eso: simple tema de colores y modelitos, sin más sustento ideológico. En el mejor de los casos, el factor de convocatoria fue el gusto por una determinada música o el frecuentar una especial forma tecnológica de comunicación llamada fotolog. Una maravillosa variedad de gente, que sería genial si lo que los diferenciara fuera realmente una extraña y particular forma de ver el mundo. Por ahora no ha pasado. Mientras tanto, y ante mis ojos bien abiertos, la nueva legislación en materia educativa adoctrina a los servidores públicos de la actividad docente en tener en cuenta la “diversidad” que atañe a las pequeñas criaturas educandas, haciendo precisa referencia a las mismas tribus urbanas. El docente debe atender tales diferencias y conocer su naturaleza, para así estar en mejores condiciones de establecer un vínculo preciso con aquel que es sujeto de conocimiento. Estaría bien si no me despertara sospechas. Estaría bien si no me hiciera achicar un ojo al estilo Columbo para decirme a gritos: ¿será ésta la diferencia entre los seres humanos que yo debo profundamente conocer para saber qué cuernos estoy haciendo? ¿Es ésta la diversidad entre la gente?
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Vuelta de paseo Asesinado por el cielo, entre las formas que van hacia la sierpe y las formas que buscan el cristal, dejaré crecer mis cabellos. Con el árbol de muñones que no canta y el niño con el blanco rostro de huevo. Con los animalitos de cabeza rota y el agua harapienta de los pies secos. Con todo lo que tiene cansancio sordomudo y mariposa ahogada en el tintero. Tropezando con mi rostro distinto de cada día. ¡Asesinado por el cielo! Federico García Lorca, “El poeta en Nueva York”
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Mientas estas cosas pasan en el panorama de asuntos que un argentino promedio escucha por semana -y les prestará una especial atención si es que trabaja con adolescentes-, se cumple un nuevo aniversario de aquel día en que alguien dio la orden de matar a tiros y por la espalda a quien fuera quizá el mayor poeta de su época: Federico García Lorca. Y si alguien discute que lo fuera, al menos fue el símbolo innegable de representación de la cultura española adondequiera que se dirigiera. Federico, el escritor, el padre de “Doña Rosita la soltera”, el diseñador de “Antoñito el Camborio”, el que se encargó de dar vida a Bernarda Alba y a “La niña que riega la albahaca”. La guerra civil española fue un ejemplo de la crueldad de los tiempos, y más de uno nos pudo relatar el dolor cayendo de pleno como guadaña sobre los hombres que habitaban la Península Ibérica. Lo que fue pasarse años en un ático porque, finalizada la guerra, vino la peor parte, que fue la limpieza de la posguerra y el pagar las culpas de haber simpatizado con la República. Y hubo quienes murieron en la cárcel por haber escrito versos de adhesión que despertaron el odio del poder reinante. Y hubo otros que simplemente murieron. Si bien los estudiosos de la postal política de la época tienen versiones disímiles de las razones que llevaron a la muerte inexplicable del escritor de buena cuna y modales refinados, hay al menos una coincidencia en el imaginario popular: los falangistas no iban a soportar que el mundo entero aclamara a un homosexual amigo de “los rojos” como representante de la España masculina y patriarcal que se esperaba construir. Una España con un idioma único que ignorara a las minorías, que hiciera desaparecer las naciones que integraban el país. Vaya una diferencia para sentarse a pensar. La discusión se reduce a saber si, setenta y dos años después, hay hombres preparados para aceptar de frente y sin torpezas que alguien diferente de ellos los represente, en un mundo de gente que aun no soporta ser intervenida quirúrgicamente por una mujer, y menos aun por un homosexual. Ni hablemos de un negro, o de alguien que no complete la ficha de expectativas que se superpone sobre el ser que considera perfecto.
Digamos que la escuela continúa pensando en la uniformidad. Habla sin cesar de aceptar a floggers, glams, cumbieros, darks, emos, y demás diferencias estéticas, con poco de elección de vida y bastante de producción butiquera. Pero aun no ha clarificado qué hacer para aceptar las diferencias verdaderas. La escuela continúa esperando que el alumno perfecto sea silencioso, prolijo, asexuado, poco confrontativo, buen deportista, delgado y aseado. Si es gordo, no cabrá en el banco y será el hazmerreír de las clases de educación física, donde se continúa creyendo que no hay manera de integrarlo, más que la humillación de dar vueltas al trote. Si tiene tendencia homosexual, saltará la voz de alarma entre pares y adultos porque algo no funciona como se espera: se tratará fundamentalmente de que no se note. Del mismo modo, si una chica se desarrolla precozmente hacia la heterosexualidad, habrá que poner paños fríos y minimizar el contacto. Si es varón, no importa. La escuela sigue tendiendo a uniformar, mientras trata de entender las cosas en un plano teórico que no excede las paredes del salón donde se dictan los cursos. Se habla de aceptar a los emos, pero se continúa haciendo que las chicas se laven la cara en el baño con jabón para quitarse el delineador que con tanto esmero se habían colocado. Se las obliga a quitarse los aros bajo una excusa de seguridad, y hay quienes se ensañan con la opulencia de las jovencitas, y sus bustos turgentes y sus camisetas ajustadas, buscando un modelo ascético, que no sólo no existe sino que además no le es útil a nadie. Las excusas son variadas: evitar la distracción es la primera. La distracción es inevitable mientras exista la vida, por más que intentemos agrandarles las camisetas o ponerles pantalones más holgados. ¡Que tiene quince años y a eso no hay con qué darle! Sigamos entretenidos con los nombres de las tribus. Avísenme qué es lo que decide hacer la ley para que los chicos de conductas sexuales diferentes sean tan alumnos como cualquiera, y no la mofa de los vivillos que hacen gala de su hombría, como de una virtud ganada. Quiero ver a un gordo abanderado, representando a la escuela en un campeonato de lo que sea. ¿Podrá un alumno de evidentes inclinaciones homosexuales portar la bandera nacional, si es que la merece por condiciones humanas y académicas? Ese día sabré que Federico García murió por algo.
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