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Mandatos
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por Amelia Ambrós
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Freud mediante, se sabe que existe algo que se llama inconsciente. Si bien no es ni cosa ni persona y no está en ningún lugar físico, uno tiende a imaginarlo y a veces de maneras divertidas, pero hay que desconfiarle: el tipo es un taimado.
En tren de consultas acerca de cómo lo imaginamos, hablé con varios amigos. Me sorprendió la coincidencia de varios, que lo sienten como una bolsa pesada que llevan en el hombro. Para uno, su inconsciente era vaga sombra que estaba siempre detrás de él. Para otra, una voz que de pronto irrumpía y la hacía saltar. Salvo una amiga muy new age -que anda con eso del pensamiento positivo y prendiendo sahumerios de pachuli por todas partes- que lo veía sobre su cabeza como una nube dorada (no le pregunté de qué), por lo general las imágenes eran bastante siniestras. Quizá yo tenga una imagen más neutra: lo veo como una enorme IBM virtual que de vez en cuando me tira una tarjeta perforada con información. A veces jorobada y otras bastante buena, a veces esperables y la mayoría sorprendentes. Además, de vez en cuando, como toda computadora, se zarpa y me hace cometer un fallido de aquellos, lo que no deja de ser información muy valiosa. Sabemos que no es nada de eso, sino una parte de nuestra psique que es mucho más amplia que la conciencia diurna y racional, pero no hay nadie que no se forme una representación del inconsciente. No sabemos lo que es por definición, pero sí sabemos lo que hace. En él están todas las tentaciones: desde la que nos hace estirar la manito disimulada para agarrar la masa de crema y chocolate que decidimos no comer, o prender sin darnos cuenta el pucho que no queremos fumar, por no entrar en cuestiones grossas que a veces nos meten en unos líos infernales gracias a reacciones que nadie esperaba, ni siquiera nosotros. Entre otras lindezas, este desgraciado también guarda mandatos. Esas órdenes embutidas en nuestras cabecitas desde la lejana infancia por mamá y papá, y después por toda la sociedad sobre lo que es correcto y lo que no. Y que nos marcan a fuego. No me refiero sólo a formas de ver la vida, sino a mandatos que nos obligan a actuar de determinada manera. Así hayamos llegado, terapia o autoanálisis mediante, a la conclusión de que son magníficas pavadas, cosas inútiles, que no nos gustan realmente y, menos aún, deseamos hacerlas. Hay mandatos que parecen generacionales, ya que casi toda la gente de la misma edad reacciona de la misma forma, aunque sabe que es al pedal. Contra ellos no hay psicólogo que la talle.
Síndrome del tractorcito
Voy a hablar de mujeres, no sólo porque lo soy, sino porque este tema salió en una charla con amigas en la que nos divertimos mucho contando anécdotas que mostraron lo que una de ellas llamó el “síndrome del tractorcito”. Las mujeres de mi edad -que andamos, casas más casas menos, por la cincuentena- tenemos tan metido adentro eso de que no se puede estar inactiva, que a veces no podemos gozar siquiera del tiempo libre. Parece que tenemos el mandato de andar de acá para allá, pero no de paseo como un auto, sino haciendo cosas como un tractor. Y afecta a todas, no importa su estado civil, personal o actividad: casadas, separadas, viudas, divorciadas, con hijos, sin ellos, con nietos, sin ellos, profesionales, amas de casa, empleadas… Todos los cincuentones estamos educados en la cultura del trabajo, gracias a Dios. Quizá más en la del esfuerzo, no tantas gracias. Con aquel cuento famoso de que “tu abuelo a los ocho años vino de la Italia sin un peso y no tenía sábados ni domingos para que tuviéramos una casa, y tu padre...”. Ya lo conoce, lector, así que no insisto, pero algunos generamos una culpa ridícula a partir del trabajo ancestral que nos sigue acompañando hasta la fecha por mucho que supongamos que la tenemos clara. Así que hagamos un test para ver si usted, lectora, lo padece o no.
1) Termina la cena a la que asistieron ocho amigos que se van a las tres de la mañana y, al otro día, viene la señora que la ayuda. Usted: ¿lava los platos, si total lo hago en un minutito, porque no me gusta ver sucio? 2) Antes de que llegue la susodicha señora, usted: ¿levanta las camas y las sillas, barre un poco el piso, pone la ropa en el lavarropas, arregla las alacenas para que no esté todo tan desarreglado y porque además yo lo hago mejor? 3) Se va de vacaciones a un hotel para no tener que hacer nada, y antes de salir de la habitación, usted: ¿arregla toda la ropa, deja el baño hecho un primor, estira las camas, cuelga las toallas y no barre porque no hay escoba, así dejo un poco arreglado, viste? 4) Su hija recién casada viene de visita y le pide que se sienten a charlar un rato al sol en el jardín, usted: ¿se levanta para hacer mate, después para ver qué hace el perro, de nuevo para juntar algunos yuyos que hay entre sus plantitas, otra vez para hacer café, hasta que su hija se enoja y dice –ante su sorpresa- que usted no le da bola? 5) Su pareja la llama para que vea la ceremonia de los Juegos Olímpicos con él, usted: ¿después de contestar “ya va” varias veces, termina diciéndole que ahora tiene que ir al súper porque cierra al mediodía, y no entiende por qué bufa su digno varón? 6) Se casó su último hijo y otra vez al fin solos, así que cuando su marido le propone un viajecito con lo que sobró del ahorro para el casorio, usted: ¿le contesta que mejor compran pintura y pintan el living entre los dos, aunque no le haga mucha falta? 7) Está leyendo el diario del domingo y hay una nota larga que le interesa, usted: ¿piensa que ya perdió una hora y debería estar lavando el pulóver rojo, arreglando los CDs , corrigiendo los parciales que entregará el jueves o preparando su tesis de doctorado que vence el año próximo, y deja el diario por una de esas cosas? 8) Le regalan un día de spa. Mientras unas hermosas manos masculinas le hacen un masaje con aceites de caléndula, perfumes de la India, y hay música relajante en el ambiente, usted: ¿saca el celular y llama a su hijo más chico para que no se olvide de hacer los deberes? 9) ¿Se levanta temprano aun el domingo y sin nada que hacer, para no perder la mañana, y no duerme la siesta para no perder la tarde? 10) ¿Se jubiló soñando con hacer el curso de pintura que siempre quiso, pero lo cambia por uno de manejo de pymes, porque puede ser que lo necesite? Si contestó que sí a dos de estas preguntas no sólo sufre del síndrome del tractorcito, sino que llegará el día en que llorando, querida amiga, se pregunte por qué la galardonaron con el segundo premio a la Pavota del Siglo, ya que no llegó a tiempo para el primero, pues se quedó ordenando los papeles de los impuestos en esa media horita que todavía tenía antes de salir.
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