Mar del Plata, 21 Noviembre 2008

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De vacaciones, ¡no!

por Matías Frati

Hay un antes y un después del martes 19 a las 7:33. Porque a partir de entonces, el fracaso de la delegación argentina en los Juegos Olímpicos se vio disimulado por el gran hecho histórico del deporte nacional: la medalla de oro ganada por Juan Curuchet, a los 43 años, en su sexta presencia en los Juegos.


Sin embargo, una cosa no se impone a la otra. Porque más allá del gran triunfo del marplatense, la realidad del deporte nacional sigue siendo la misma que hasta el momento de su medalla dorada. Si se quiere, sirve decir que el resto debería tomar como ejemplo a Curuchet, que a su edad sigue batallando día tras día, entrenando duro y con absoluto profesionalismo.
Cuando veía por TyC Sports a Nora Vega, Alejandro Bolgeri y Mario Moccia celebrando al final de la carrera Madison sobre la baranda de contención, con lágrimas en los rostros y banderas en la mano, pensaba cuántos de estos momentos podrían haberse repetido si todos los deportistas hubiesen estado a la altura de las circunstancias. Pero lamentablemente no fue así, porque muchos de los representantes de deportes individuales no cumplieron con las expectativas. Georgina Bardach, que corrió muy por debajo de su nivel; José Meolans, deslucido respecto de competencias regionales; tenistas como David Nalbandian y Guillermo Cañas, que se fueron eliminados en las rondas previas. Son sólo una muestra y podrían mencionarse muchos más.
También escuchaba a Gonzalo Bonadeo haciendo una crítica a la dirigencia nacional, diciendo “qué suerte tienen algunos de hacer tan poco por el deporte argentino y estar en el momento justo en el lugar indicado, al momento del festejo estaban todos para la foto (…)” Y la verdad que no fue atinada esa frase porque todos, quienes cubrimos el deporte de manera periodística, sabemos del esfuerzo que realizan los dirigentes para poder cristalizar en hechos lo que planifican. En muchos casos –y casi la mayoría- poniendo dinero propio en pos de un objetivo de otros. Dejando horas de descanso porque ninguno de ellos es rentado. Resignando tiempo al lado de sus familias, porque todos la tienen.
Se podrá advertir que esta columna ha sido mucho más cruda que otras. Que se escribe con sensaciones contrapuestas: la alegría contagiada por la medalla de oro del marplatense Curuchet y la decepción transmitida por el resto de los integrantes de la delegación nacional, algunos de los cuales ni se presentaron a sus pruebas luego de haber tenido un mal arranque. Y me pregunto, ¿qué hubiera pasado si Juan no se presentaba a la Madison porque en el debut había culminado décimo octavo, en la prueba por puntos?
Para describir la hazaña de Curuchet no hay que abundar en calificativos sino en sus virtudes: profesionalismo, dedicación, esfuerzo. Para calificar la actuación de la delegación argentina en general sobran las palabras, basta con decir que hasta el momento de la partida de la Madison ocupaba la posición 66º (gracias al bronce de Paula Paretto en judo) sobre setenta y dos países que habían conseguido medallas.
Sería de esperar que, al final de esta historia, el Gobierno Nacional se sincere. Que pida resultados a quienes reciben sus becas. Que exija actitud a los que van en representación nacional. Que les pida la devolución del dinero, si es necesario, a quienes se retiraron de competencias sin una causal justificada. Que se destinen los fondos del Estado para hacer alto rendimiento o deporte social, no para ir de vacaciones a una villa olímpica.

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