Mar del Plata, 21 Noviembre 2008

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Expectativas en Sudamérica

Evo y Lugo

por Rodolfo Olivera

Resulta difícil gobernar Latinoamérica. Vaya si lo saben desde los colonizadores hasta el criollaje libertador. Si a esa dificultad histórica le sumamos dictadorzuelos comprables, militares enamorados del poder y redes de corrupción firmemente estacionadas, todo el cuadro se complica. Nadie quiere ceder, todos van por todo. Y la buena voluntad no alcanza, o no existe. Lo supo Evo, debería saberlo Lugo.


Tanto Bolivia como Paraguay, vecinos al fin, parecerían tocados por la misma vara que esta vez no es mágica, porque no transforma calabazas en carrozas sino al revés: vuelve ratón al más brioso corcel. Porque, eso sí, a ninguno le falta entusiasmo, condición que se ha mostrado necesaria pero también insuficiente. Las ganas de Evo "a pesar de" y las de Lugo en la línea de largada, son más que elogiables aunque no garantizan salir del empantanamiento. Se requiere mucho más, y "de" muchos más; lo que nos incluye.
El tema de Bolivia es un drama en cuatro actos. El primero tiene aproximadamente treinta años como mínimo, donde se entremezclan gobiernos variopintos en el discurso ideológico pero monocordes en el desprecio a las mayorías. Sánchez de Losada, el grotesco período del general García Mesa, los parientes Paz Estenssoro y Paz Zamora, el ex golpista Bánzer Suárez, el "otro" Mesa casi al final, inoperante y dubitativo hasta la exasperación. Todos, con sus más y sus menos, condenaron a Bolivia a esa imagen de país "pobre" (en realidad "empobrecido"), cargando con una sociedad que oscilaba entre el sometimiento resignado o la movilización desmadrada, con Fuerzas Armadas que hacían su agosto en unas y en otras. Ese "descontrol bajo control" fue sembrando la semilla del hartazgo -de crecimiento lento- desembocando en el brote indigenista que instaló a Evo Morales en el poder.
Allí da comienzo el segundo período, esta vez sin alcanzar los dos años de duración. Evo, más afilado para opositor que para gobernante, necesitaba de un tiempo de aclimatación que no tuvo ni siquiera entre sus (hipotéticos) amigos: la Confederación Obrera Boliviana, que lo había votado, ya le auguraba una rápida caída si no cumplía con lo prometido en no más de tres meses de gobierno. Nunca es fácil; pero así, menos. Urgido por los tiempos, angustiado por décadas de opresión, no siempre bien aconsejado por su gurú circunstancial (léase “Chávez”), cometió errores que enrarecieron hasta su relación con el mejor socio que hubiera podido tener: Brasil. Mandarle las tropas a Petrobras, al mismo nivel que a las empresas que esquilmaron Bolivia con el acuerdo de los sátrapas anteriores que tuvieron como presidentes, fue un error monumental que sólo la muñeca de Lula -en plena campaña de reelección- pudo sortear con relativa elegancia. La oposición olfateó sangre y mostró los dientes: autonomía o fractura, ésa era la opción. Y el fin de la segunda fase.
La tercera duró poco, apenas tres meses. La vieja y hasta hacía poco muy cómoda oligarquía cruceña apuntó a plebiscitar el despegue del gobierno de los "cholos" (así rezaban xenófobos carteles de campaña). Plebiscitos autonómicos que no contaban con el respaldo legal porque no figuraban en la Constitución -ni la vieja ni la reformada-, argumento que Evo Morales utilizó para devaluarlos repetidamente, obteniendo eco tanto en la OEA que no los reconoció, como en la Unión Europea que negó a los líderes de Santa Cruz el envío de veedores al comicio.
Lo hicieron igual, claro, y en conjunto con los medios de comunicación afines vociferaron al mundo que habían "ganado" en ocho de nueve Prefecturas (Provincias para nosotros), con márgenes superiores al 70% en casi todas ellas. Lo que nunca dijeron fue que la abstención había sido enorme y que, medido en números reales de padrón electoral, eran cifras ficticias. Tan convencidos estaban de arrasar en todo le país que apostaron doble y, como todo jugador cebado, perdieron: reclamaron el plebiscito mayor, que ponía en juego la continuidad del presidente-indio (un horror, ¿no, amoroso?). Pero Evo, golpeado y todo, no perdió reflejos: aceptó el convite y lanzó el quiero vale cuatro. Iría a plebiscito, pero no solo: él y todos los prefectos deberían consolidarse en el cargo a partir de la confirmación (o no) popular. Ese fue el último movimiento de la tercera etapa.
La cuarta recién empieza, de una manera impensada hasta hace poco, con Morales fortificado por lo que pocos creyeron posible. Confirmando que en los comicios autonomistas habían votado muy pocos, ahora que sí salieron todos a expresarse, el presidente arrasó sumando más adherentes que hace dos años atrás, ganando cómodamente en seis Prefecturas, empatando en otra y perdiendo solamente en dos. Un triunfo rotundo que le abre esperanzas a su proyecto pero que también le exige equilibrio en el triunfo. Es verdad, para bailar el tango hacen falta dos, y si uno no quiere, dos no pueden, Hay que ser hábil en el triunfo y digno en la derrota, cosa que me permito poner en duda sobre todo entre los vencidos. Por eso esta cuarta etapa tiene un principio, hace apenas tres semanas, pero no un final. Está abierto, debería prometer mejoras -todo gobierno consolidado se encuentra más libre-, pero la historia boliviana, las necesidades urgentes, las ambiciones heridas y el canto de (alguna gorda) sirena pueden confundir. Sería malo para ambos. Sería malo para Bolivia.
Mientras esto se va desarrollando, el ex obispo hoy presidente Lugo asume en el vecino Paraguay. ¿Proyecto?, parecido. ¿Opositores?, casi los mismos. ¿Estrategia?, veremos. Mezcla rara de shusheta y de Mimí rezaba el canto, Lugo debe estar observando con grandes (¿asustados?) ojos el entorno. Hay cosas que evidentemente "quiere". Hay cosas que evidentemente -al menos por ahora- "no puede". Necesita tiempo, mínima gobernabilidad, cintura para dosificar los cambios, pies grandes para no caerse, aliados "en serio" que no lo presionen como a Evo; amigos prudentes, no apostadores fuertes como Chávez. Y escaparle a todo ideologismo que lo ponga en riesgo.
El problema es que, si queda a mitad de camino, terminará no conformando ni a propios ni a ajenos; y eso hasta puede ser peor. Pongamos un ejemplo: Paraguay es actualmente el quinto exportador mundial de soja, lo que no es poco. Pero tiene una estructura feudal de propiedad de la tierra y una pésima redistribución de los beneficios de ese comercio. Entonces promedió reforma agraria, lo que dicho así suena como una plaga bíblica para los sectores acomodados. Si la cumple, habrá problemas. Si la dilata, también. Entonces no reniega de ella -la mencionó fugazmente en su discurso inaugural-, pero al mismo tiempo nombra Ministro de Agricultura, Comercio y Economía a un diputado liberal. Chávez le prometió petróleo barato, pero ni siquiera llegó al abrazo en la recepción; como sí se fundieron estrechamente con Lula... pero ya le dijo que hay que renegociar Itaipú. Guiño a la izquierda, giro a la derecha. La mejor forma de chocar.
Difícil gobernar Latinoamérica. Pregúntele a los colonizadores o al criollaje libertador. Diga que este hombre fue obispo, en una de esas tiene discado directo con Dios.

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