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La maldición del progreso imparable
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En los últimos años asistimos a una oleada de cambios en el área tecnológica y de las comunicaciones que nunca hubiésemos pensado como posible. Pero este aparente progreso entraña una maldición. La naturaleza puede dominarse hasta cierto punto. Luego, ella nos domina a nosotros.
Hace poco más de sesenta años, Adorno y Horkheimer escribían en Dialéctica de la Ilustración que: “Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es servirse de ella para dominarla por completo, a ella y a los hombres”. Quizás en ese momento sus palabras no fueron tan reveladoras como ahora, cuando tomamos conciencia de los cambios que han sucedido en el medio ambiente. Pero no es de ecología de lo que quiero hablar, aunque el tema está relacionado con ella. Las modificaciones genéticas en las que han incurrido la biotecnología y los efectos de los fertilizantes y plaguicidas en los ecosistemas agrícolas puede que sean más graves que la disminución de la capa de ozono. Desde que se volvió sedentario, el hombre buscó dominar la naturaleza para que le fuera útil. Comenzó con las prácticas agrícolas y la ganadería, y fue evolucionando, siempre buscando conocer todo acerca de ella, establecer un dominio total donde “no existiera ningún misterio, pero tampoco el deseo de su revelación”. Y en esta escalada del conocimiento, experimentó modificando los genes de otros organismos vivos para que también fueran más útiles: para que duraran más los alimentos, para que resistieran a plaguicidas, o con el objetivo de que no los ataquen los insectos. No sólo experimentaron, también lo llevaron a la práctica, sin medir las consecuencias, o midiéndolas pero haciendo caso omiso a las recomendaciones. Y nos encontramos hoy con soja RR, soja Bt, maíz RR, maíz Bt, y hasta berenjena Bt, sin entender muy bien cuáles son los beneficios de los transgénicos ni cuáles son sus desventajas. Y sus desventajas no son pocas: la berenjena Bt causa reacciones alérgicas, al igual que los cultivos de algodón transgénico en la India. La reproducción del maíz resistente al gusano de la raíz o el resistente al glifosato, en cruza con maíz no modificado, está causando serios daños en el ambiente, con especies no conocidas y potencialmente peligrosas. Se planean nuevos desarrollos biotecnológicos que supuestamente serían muy beneficiosos, como la soja resistente al 2,4-D o el maíz resistente al mismo herbicida. Lo que no nos dicen es que sí, lograremos que la soja y el maíz resistan este producto, pero somos nosotros los que probablemente no lo resistiremos. El 2,4-D es un químico probadamente cancerígeno, empleado como componente del “gas naranja” en la guerra de Vietnam. Había dejado de emplearse en muchas partes del mundo debido a las consecuencias que trae en la salud, y gracias al empleo de transgénicos debe volver a emplearse para el control de las malezas. Además de provocar efectos nocivos muy peligrosos para humanos y animales, el 2,4-D contamina irreversiblemente las aguas subterráneas y es altamente tóxico y mutagénico para plantas no destinatarias del mismo. Antes de la adopción de soja RR, este herbicida no se empleaba. Hoy constituye el 20% del total empleado. Otros avances en la misma área científica no son divulgados, aunque nos afectan. Algunos de los alimentos que estamos consumiendo todos los días proceden de cultivos genéticamente modificados. Nadie nos explicó qué estamos comiendo y dando de comer a nuestros hijos. O aún peor, ni siquiera nos avisaron que eran transgénicos. En la mayor parte de los casos, las consecuencias en los humanos por la ingesta de esta clase de alimentos no se han estudiado lo suficiente como para saber si serán perjudiciales a largo plazo. Somos conejillos de indias con los cuales prueban. Después se verá qué pasa. Si al menos la biotecnología tuviera como fin acabar con el hambre, sería un poco más comprensible su empleo. Pero estos productos están destinados a la exportación, en gran medida para la producción de biocombustibles. Los defensores de estos vegetales esgrimen también como un argumento a favor el aumento de la productividad que se registra con el empleo de transgénicos, aduciendo que en un planeta donde la población crece exponencialmente debe buscarse la manera de que la producción agrícola crezca de la misma manera. Pero en algunos casos, la productividad no aumenta. Se ha registrado que en algunos casos la soja transgénica presenta un 30% menos de productividad que la soja normal; lo mismo ocurre con el maíz y otras especies. Pero además de todo lo mencionado anteriormente, también debemos tener en cuenta el hecho de que la biotecnología acabó con prácticas sustentables a lo largo de todo el mundo. Estas, además de ser ambientalmente adecuadas, eran económicamente plausibles de afrontar para los millones de pequeños productores existentes alrededor del mundo. Pero la producción en base a organismos genéticamente modificados no es tan fácil de afrontar, porque los costos de las semillas, fertilizantes, plaguicidas y herbicidas que se deben utilizar para los cultivos son muy altos. No sólo son desventajosos para el medio ambiente, también para gran parte de la población. La fertilización para la producción agrícola también pasó de ser una práctica sustentable y ecológicamente benigna a sobrefertilizar los suelos, causando erosión y contaminación por nitrógeno, potenciando también la generación de lluvia ácida debido a los óxidos de nitrógeno despedidos al aire. Otras consecuencias de este proceso son la contaminación de las aguas por nitratos y la contaminación de los suelos con cadmio, un metal pesado que en el largo plazo afecta la salud humana produciendo enfermedades en los huesos. Lo mismo sucede con los plaguicidas y herbicidas, con efectos adversos en la salud humana, al quedar sus componentes en los vegetales que después consumimos, y además efectos adversos en el medio ambiente. Todos ellos, consecuencias nocivas de nuestras prácticas agrícolas que los defensores de la biotecnología no mencionan, como si no tuviesen ninguna importancia. Al fin y al cabo, el hombre dominó a la naturaleza, pero todo tiene un punto final, y la madre tierra se está cansando. Asistimos a cambios profundos, y estamos modificando la biodiversidad al crear nuevas especies para las cuales no está preparado el sistema. Sentimos que somos omnipotentes, que todo lo podemos hacer, que no habrá consecuencias por nuestros actos y los cambios que operamos en el medio natural. Pero no es así. Vivimos y construimos un escenario en el que actuamos sobre la base de “los tres infinitos”: el futuro infinito, el crecimiento infinito y los recursos infinitos, cuando sólo el primero, quizás, sea factible. De sacerdotes de esta fe, como Newton, se puede leer: “A la Naturaleza hay que atarla y ponerla a nuestro servicio, hacerla nuestra esclava”. El hombre por encima, y no al lado de todas las cosas. La maldición del progreso imparable nos persigue y amenaza nuestra supervivencia en el planeta. Pero no nos damos cuenta, porque la ciencia debe ser útil, y la utilidad se mide en términos económicos, jamás en términos ambientales.
Lic. Melisa Centurión ProA – Profesionales Asociados
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