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Cartas de un judío a la Nada
Alejandría, 249 Aquella tarde el cielo era tan gris y tan espeso, tan plomizo y lúgubre, que uno podría llegar a pensar que el Sol no volvería a aparecer nunca más. Las calles estaban repletas de gente que gritaba, empujaba, maldecía. Eran cientos y muchos llevaban antorchas, otros armas, algunos ambas cosas. La luz rojiza de las llamas se propagaba por las calles de la ciudad, pintaba los rostros del color de la sangre y hacía presagiar una enorme desgracia. nota completa >>>
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