Mar del Plata, 07 Enero 2009

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Cartas de un judío a la Nada

Sin fecha
Soledad. El mundo es un erial vacío y frío. La Tierra es una roca; una mota de polvo insignificante girando sin sentido alrededor de un sol anónimo, perdido en la infinita inmensidad del universo, plagado de estrellas idénticas a él. 


Sólo por pura casualidad, la distancia que los separa es la justa y necesaria para que el agua no se evapore ni se congele. Sólo por casualidad, las estrellas que existieron antes que el Sol y de cuyos remanentes se formaron el astro rey y los planetas, han creado suficientes cantidades de carbono, oxígeno, hidrógeno y nitrógeno como para que esos materiales fueran abundantes en este mundo. Sólo por casualidad, esos elementos se unieron de la manera correcta hasta crear una molécula cuya única reacción ante el medio era combinar los materiales circundantes hasta crear una copia exacta de sí misma. Sólo por casualidad, existió la vida.
Las moléculas que se crearon a partir de la primera fueron creando multiplicaciones de sí mismas, pero algunas copias eran ligeramente diferentes. Algunas de estas diferencias eran buenas y les permitían autorreplicarse de manera más eficiente. Algunas eran malas y causaban su desintegración. Estos pequeños fragmentos de vida comenzaron a competir eventualmente por los recursos y las más efectivas sobrevivieron, eliminando a las ineficientes. Había comenzado la selección natural.
La lucha por los recursos y la selección natural disparó la evolución. Algunos dicen que, detrás de todo esto, hay una Voluntad secreta que maneja los hilos del Destino. Yo, hoy, lo dudo, porque quiero dudar. De simples moléculas, la vida evolucionó hacia seres cada vez más y más complejos: virus, bacterias, hongos, plantas, animales. Se desparramó por todo el mundo, lo cambió, lo adaptó a sus necesidades. Algunas catástrofes globales estuvieron a punto de eliminarla por completo, pero ella siempre encontró la manera de permanecer. Eventualmente, en algún lugar en el corazón de África, una especie de homínido desarrolló una forma primitiva de inteligencia y la gran aventura del hombre comenzó.
Los primeros hombres conquistaron lentamente el mundo, adaptándose a todos los climas, superando todos los obstáculos, encontrando la manera de prosperar sin importar las adversidades. El hombre descubrió la agricultura, la escritura, el misticismo, la urbanización. Desafiando a los elementos, erigió monumentos de soberbia altura, viajó a sitios inalcanzables, conquistó cada rincón de la Tierra. Siempre, el hombre fue el peor enemigo del hombre. Con sus guerras, las naciones hicieron temblar las montañas, rebalsaron los ríos de sangre y escribieron la historia de la Humanidad, que es la historia de la violencia.
Y un día de Abril, en la ciudad tres veces sagrada, nací yo, o eso es lo que creo. Si he de confiar en mis memorias, en las notas que he escrito, en lo que la gente dice de mí, es esa mi historia: la de un hombre triste y malhumorado que un día echó de su casa a Dios y fue condenado a vivir y vagar para siempre. Pero si ese es mi pasado, ¿cuál es mi futuro?
La vida que pulula por todos los rincones de este planeta está condenada. Tarde o temprano, al sol se le acabará el combustible. Agónico, expandirá su tamaño y devorará a nuestro planeta. En un incendio fatal, todas las formas de vida encontrarán su fin. ¿Qué sucederá conmigo entonces? ¿Moriré, como uno más, y seré sometido al juicio de Dios finalmente? ¿Seré devorado por el sol y permaneceré una eternidad de tiempo ardiendo constantemente, sin poder morir? ¿Lograré escapar a otro mundo, donde mi condena se renueve, otro mundo que deberé abandonar también llegado el momento, vagando de Tierra en Tierra hasta que al final todas las estrellas se apaguen? Y cuando al final el último calor del Universo se haya apagado, ¿qué sucederá?
A veces me sueño solo, vagando por ciudades vacías y polvorientas, por campos grises y llenos de ceniza, bajo un sol día a día más y más grande. Siempre con sed, siempre cansado, navegando por entre mares de infinita niebla, bajo un cielo que se hace constantemente más y más fino a medida que la Tierra se desnuda. Esos días llegarán, inexorablemente, y el silencio absoluto del mundo terminará por volverme loco. Sin saber quién soy, ni cuál es mi meta, sin poder comprender ni sentir nada, me volveré poco más que un triste fantasma.
No sé para qué esperar. Hace años que no cruzo palabras con nadie. La gente está allí, los veo ir y venir, pero me son tan indiferentes como las rocas o las plantas. Estoy encerrado en mi propio mundo y angustiado siempre por mis patéticas miserias. He perdido toda capacidad de ser feliz, simplemente porque estoy rendido y ya no espero nada de esta vida. Y sin embargo, la vida siempre encuentra la manera. La esperanza siempre aparece, porque es imposible matarla. Hay algo que siempre nos obliga a seguir, a volver a intentar, a volver a soñar.
Y, como si Dios quisiera burlarse de mis berrinches infantiles, alzo los ojos y veo a una mujer que camina hacia mí. Sé que viene a hablarme y que no podré hacer oídos sordos a lo que sea que me diga. Ella me volverá a poner en el camino, ella me convertirá otra vez en el instrumento de la voluntad divina y la magia de su sonrisa hechizará mi alma con el conjuro de la ilusión.

La vida siempre encuentra la manera.

Nemuel Delam.
El judío errante.


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