Mar del Plata, 07 Enero 2009

Nota de tapa

Columna de Tapa

RSS

Edición 581

SECCIONES

BÚSQUEDA

USUARIO

próximamente

LINKS



Auditado por



Powered by

Obama, las rosas, los prejuicios

por Amelia Ambrós

La noticia fue que Bush recibió a Obama en la Casa Blanca y mientras los hombres charlaban, las señoras fueron a los jardines a mirar las rosas. Me pregunto cómo se hubiera arreglado la visita si Hillary hubiera sido la triunfadora.


No me lo imagino a Clinton paseando gentilmente con Laura Bush para charlar acerca de cómo florecieron este año las american beauty que, de seguro, conoce muy bien.
Es natural que los cónyuges de los presidentes no participen de las reuniones de gobierno (bueno, al menos debería serlo, ¿no?), ya que no tienen nada que hacer allí; pero en este caso se dio lo único que a mí me pareció llamativo en toda esta cuestión de la “negritud” del nuevo presidente de los EEUU: la paradoja de ver a una señora casada con un representante de la alta clase wasp americana, paseándose del bracete con una descendiente de esclavos. Habla bien de las posibilidades que se pueden dar en las democracias.
Pero tanto ruido alrededor de un presidente negro no parece merecerlo, ya que más allá de las simpatías políticas, la apertura ya había comenzado con Colin Powell y la dulce y frágil Condoleezza Rice, entre otros.
Es que, por debajo del progresismo de palabra, en mucha gente todavía yace el profundo convencimiento de que existen las razas, y la blanca es la superior. Una de las teorías más perversas creadas por la modernidad.
Porque si bien cada pueblo se ha sentido el centro del mundo -ya que cada cual consideraba que su forma de vida era la única o la mejor posible-, no fue hasta la modernidad que apareció el racismo. Y fue producto del delirio “científico”.

Un poquito de historia

Si bien la palabra “raza” se usó desde mucho antes como sinónimo de grupo nacional (la raza de los griegos, p.ej.), nunca había estado ligada a determinadas características físicas y psicológicas que hacen a unos inferiores a otros.
Cuando en el siglo XVII comenzaron los estudios que habrían de terminar por crear la Antropología, dos posiciones se fueron perfilando: la de que los hombres tenían diverso origen –basada especialmente en las diferencias de tipos humanos- y la que afirmaba que tenían el mismo. Esta última no sólo basada en la defensa de lo que afirma la Biblia, sino también en la afirmación de algunos estudiosos lúcidos acerca del carácter cultural del hombre, que lamentablemente no prosperó hasta pasada la segunda guerra.
El positivismo hizo un gran aporte a las teorías racistas, con su pretensión de mostrar a través del estudio antropométrico las “diferencias insalvables” entre las distintas razas. Todavía hoy muchos siguen usando esos dislates para afirmar ridiculeces tales como la superioridad del hombre sobre la mujer a partir del tamaño del cerebro, no vaya a creer…
Y ese es el problema: los trasnochados no han muerto. Es verdad que la naturaleza nos ha hecho diferentes en color, tamaño, sexo, capacidad craneana y varias cosas más, pero pertenecientes a una misma especie o raza: la humana.
El siglo XIX fue el que afirmó las muy convenientes teorías racistas europeas, que sirvieron para que las naciones imperialistas encontraran una justificación para dominar y civilizar a las razas inferiores. Recuerde usted, lector, el famosísimo poema de Rudyard Kipling: La carga del hombre blanco.
Pero la cosa no quedó en el color, ya que había blancos que eran más blancos que otros: los arios, germanos o como guste llamarlos, pero que en realidad eran los pobladores pretendidamente autóctonos de Francia, Bélgica, Alemania y Gran Bretaña, que –vaya casualidad- eran las potencias imperiales, y esto se extendió a sus descendientes americanos que no se habían mezclado con los espantosos indígenas o con los negros.
Como se ve, quedábamos afuera unos cuantos. No sólo los judíos y los gitanos, que es muy conocido, sino también los creadores del imperio romano y el imperio en el que nunca se ponía el sol, léase nuestros ascendientes tanos y gallegos.
Ni qué pensar de los habitantes del Río Grande para abajo; porque no nos olvidemos de que, en este tema, los hispanos no fueron muy despreciativos de los pueblos americanos; prueba está que la mayor parte de Latinoamérica es mestiza.
Como curiosidad, pero no mucho, no nos olvidemos de que a Obama en los EEUU se lo considera negro, ya que durante mucho tiempo no se admitió siquiera la idea de mestizaje.
Sigamos adelante. Los dos más conocidos teorizadores del racismo ario fueron el francés J. A. de Gobineau y el inglés Huston Chamberlain. El primero escribió un libro cuyo título encantador era Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas. Una especie de historia universal que, apoyada en los “datos científicos” provistos por el estudio del cuerpo y el comportamiento humanos, terminaba probando la inferioridad de todo el mundo, frente a los blanquitos de origen ario.
Chamberlain, tesorito de mamá, escribió otro libro cuyo título suena inocuo: Los orígenes del siglo XX, pero que llevó al máximo la teoría de purificar la famosa raza aria combatiendo a los judíos y, por si alguno no lo recuerda, a los católicos.

Paréntesis

Ante una mirada ingenua, el nombre refiere a la cosa. Y de tanto hablar de arios, parece que existieran: no hay tal. No hay, ni hubo ni habrá nunca un ario. Este pseudo concepto comenzó por una transposición.
El estudio de las lenguas, como es natural, tuvo gran auge en el siglo XIX. Los filólogos descubrieron que las lenguas de la India y Persia tenían estructuras y palabras análogas a las del las lenguas de Europa, por lo que se supuso un origen lingüístico común que, de hecho, existe, pero cuyas raíces se desconocen.
Los persas y los pueblos que dominaron a la India desde el norte en el segundo milenio a.C. se llamaban a sí mismos “arya”, que quiere decir “noble”, hecho que es común a casi todos los pueblos; los guerreros griegos dominantes eran los “aristoi” o aristócratas frente al resto del pueblo; los romanos conquistadores del Lacio eran “patricios” y podemos seguir.
Por esa razón, en un principio, se habló de lenguas arias. Debido al mal uso posterior del término, hoy se las llama indoeuropeas. Hay una hipótesis que habla de un idioma proto indoeuropeo en la prehistoria, que habría dado origen a estas lenguas que después se diversificaron.
Ahora bien, no se conoce ningún pueblo proto indoeuropeo y, si existió, desapareció en la noche de los tiempos, mientras los hombres, hablaran como hablaran, se mezclaron alegremente a lo largo de milenios; que para eso no hace falta hablar.

La extrañeza europea

Si bien el premio se lo llevó Alemania, toda Europa era racista en el siglo XIX y principios del XX. Y si para muestra basta un botón, en la Francia de 1888 existía una liga llamada Ligue anti-sémitique... Clarito, ¿no?
Esto no quedó en cuestiones de teóricos o de locos políticos. No. Esto era el clima cotidiano y callejero de esta Europa, que todavía tiene rastros de prejuicios nacidos de pseudo ciencias positivas, materiales y mecanicistas. Ya sabe usted, lector, que si lo dice La Ciencia, es verdad.
La Europa de hoy no ha dejado este pasado tan atrás, por eso se maravilla de que haya un presidente negro en Estados Unidos, donde no todo el mundo es del Ku Flux Klan, pero esa es otra historia.
Para nosotros, mesticitos como somos, no me parece que esto sea muy asombroso. Salvo que me estoy olvidando de que siempre existe un barrabrava que, por ser blanquito, pensará que Obama es negro de aquellos.

Recomendar este artículo
 
Su Nombre:
Su Email:

Emails de destinatarios   (al menos uno)

1.
2.
3.
4.
 
Agregue un mensaje  (Opcional)
 

 

En Tapa...

Columna de Tapa


Actualidad


Dejame que te cuente


Deportes



y además...

Opinión


Actualidad


Deportes


Cultura, Arte & Espectáculos


Top Ten


Malas lenguas


Carta de lectores


Cuento


En Blanco & Negro


Economía