Mar del Plata, 07 Enero 2009

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Después de la elección

Yes… ¿we can?

por Rodolfo Olivera

He dejado de ex profeso pasar unos días del espectacular triunfo de Barack Hussein Obama para observar los primeros movimientos, no sólo suyos y los de sus asesores ya más conocidos, sino también los de varios actores de la política y la economía norteamericana cuyo poder e influencia es casi planetaria. La idea era olfatear hasta dónde eran posibles los cambios declamados en campaña.


Pues empecemos por el final: no creo que lleguen al nivel prometido antes del 4 de noviembre tras el slogan “Yes, we can change” (sí, podemos cambiar). Pues he aquí que no todo “ha cambiado”. Y para ello valga decir que el diagnóstico de una situación política tiene distintos componentes; y si se trata de una situación internacional, los componentes se multiplican. Los que refieren a la faz descriptiva de la situación, deben aproximarse a la realidad todo lo que sea posible. Los vinculados al objetivo deseado a partir de ella, suelen arrastrar la realidad hacia el interés propio.
El Presidente de los EEUU, llámese como se llame, es un hombre poderoso, pero está sometido continuamente a la presión de lobbys más poderosos que él (no lo dude), que trabajan sobre el cuerpo de asesores, quienes le jerarquizan al mandatario una serie de opciones posibles a la hora de la toma de una decisión. Cuanto más poder y más manejo de las variables se tenga en la mano, más fácil será alcanzar el éxito (que no implica criterio de razón ni de justicia). Es decir, existe una realidad a la que hay que acercarse para comprender, y otra realidad a generar hacia delante: condicionante aquélla por intereses varios, condicionada ésta por la maximización de los propios. Si logran articularse, la "cadena de realidades" puede conducir al objetivo. Tentadora propuesta para quienes se saben firmemente posicionados en el sistema, y que suelen transformarse tanto en "pragmáticos" que hasta parecen "cínicos".
Porque cuando esto ocurre a nivel de decisiones de Estado, sobrevienen los intentos de hegemonía más o menos racionales en sus métodos, más o menos viables en sus metas. Roma conocía su pasado y su presente, planificó y construyó un Imperio duradero. España descubrió una realidad dada (América) pero sobre ella edificó según su criterio. Inglaterra fue la construcción más elaborada, consciente de sus limitaciones pero multiplicadora de sus ventajas. Hubo otros más efímeros por ser sólo producto de la inspiración de momento (Alejandro, Atila, avances tan arrolladores como veloz su retroceso); otros que se gestaron montados en mesianismos aterradores (Hitler) sin medir los riesgos.
Hoy, una muestra de "cínico pragmatismo" (o al revés, lo mismo da) para explicarse ellos y pretender explicarle a todos "la realidad" llevándola de la nariz hacia su proyecto, es la actitud de los EEUU, nada más lejos de una improvisación o la iluminación individual.
En este terreno es que decimos: si no ha cambiado la estructura del Complejo Industrial Militar, si no han cambiado las cúpulas de las Corporaciones llámense Petrolera, Farmacéutica, Financiera, Mediática, etc.; si no ha cambiado la filosofía que trasunta cada uno de los pasos que han venido dando por décadas (incluye gobiernos Demócratas y Republicanos), difícilmente el cambio de titularidad del Ejecutivo conduzca a un giro mayor del que estén dispuestos a tolerar.
Casi podría decirse que es al revés: al final de la historia, terminan siendo los políticos quienes amoldan sus ideas-fuerza a los intereses de estos núcleos no-soberanos de poder, cuyo peso específico tuerce voluntades con relativa facilidad. Por eso es que tantas veces discursos vibrantes y pletóricos de ideales, terminan transformados en programas concretos cuyo pragmatismo difiere bastante de las promesas de campaña.
Funcionarios especializados, analistas profundos, todos ellos fuera de la imagen de las cámaras y los flashes fotográficos, deambulan por los pasillos de la Casa Blanca llevando y trayendo carpetas cargadas de “realismo” político y fundamentalmente económico, para que desde la retórica se transformen en conceptos homogéneos y funcionales a la política interior y exterior de los EEUU, esté al frente quien esté.
Así nació el Grupo de Planificación Política (Policy Planning Staff), cuyo director George Kennan fue el más influyente político de posguerra, analista profundo y detallado de la naturaleza del poder soviético. En un estudio considerado Top Secret -y que la prensa norteamericana perforó-, Kennan definió brutalmente las tareas y prioridades de Washington en el nuevo orden mundial. Con cinismo y pragmatismo. Pero también con la seguridad de que contaba con poder suficiente para alcanzar los objetivos.
El grupo cuya influencia no ha mermado un ápice, reconoció alguna vez "estar demasiado optimistas en torno a la posición del gobierno en relación a lo que pretendemos lograr y lo que podemos lograr. Es necesario que reconozcamos nuestras propias limitaciones como fuerza moral e ideológica". Por supuesto que esto no sale a la prensa cotidiana; es sólo un preámbulo casi constante que advierte la distancia entre lo que se dice y lo que efectivamente se puede hacer. Es un “abc” para tener en claro dónde se apoyan los pies. A partir de aquí, dos caminos: aceptar la realidad y acomodar el cuerpo a ella, o llevarla a la rastra hacia el interés buscado.
Advirtieron Kennan y sus discípulos: "Si esto es así, tenemos que ser muy cuidadosos cuando hablamos de ejercer un liderazgo. Nos engañamos si pretendemos tener todas las respuestas", contrariando incluso aquella idea de misión tanto Republicana (Bush y el bien contra el mal) como Demócrata (Al Gore y los principios de los padres fundadores). Nada de discursos, sólo datos a la hora de decidir: "Tenemos alrededor del 50% de la riqueza mundial, pero sólo el 6,3% de su población. En esta situación, es inevitable que nos convirtamos en el objeto de envidia y resentimiento".
El documento es largo y naturalmente no puede transcribirse íntegro, pero ese es el encabezamiento que define la línea. Ahora, lo que sobreviene ya no es un qué, sino un cómo hacer para lo que se necesitan tres cosas: poder (mucho), pragmatismo (método filosófico divulgado por William Jones según el cual el único criterio para juzgar la verdad se debe fundar en sus efectos prácticos), y cinismo (antigua escuela que despreciaba las reglas sociales, sinónimo de desvergüenza social). Dice así: "Nuestra tarea real es diseñar un patrón de relaciones que nos permita mantener ésta posición de disparidad, sin detrimento de nuestra seguridad". Y sigue con una claridad que no deja dudas: "Esto requiere abandonar todo tipo de sentimentalismos y ensueños, y concentrar nuestra atención, en todos los lugares del globo, en nuestros objetivos nacionales inmediatos. No podemos engañarnos pensando que podemos permitirnos el lujo de tener altruismo y sentimientos de benefactor del mundo".
Aquí están nuevamente los discursos enfrentados: el “altruismo” de Kennedy, la fascinación por Luther King y el entusiasmo generado por Obama, contra la fría determinación de quienes habrán de mostrar que hay cambios que sí, pero hay cambios que no. Kennan, pero también Kissinger (en La Diplomacia), referentes indiscutibles para cualquier partido en los EEUU, han sido claros: "Debemos dejar de asumir el papel de hermano mayor que cuida del hermano menor, y pensar que nuestros consejos morales y éticos no siempre son prácticos” (Kissinger). “Tenemos que actuar en términos de poder, y cuanto menos nos estorben los slogans idealistas, tanto mejor" (Kennan).
Sobre esta base, antigua y repetida, ahora sí puede empezar a medir los alcances posibles del cambio. Yes, Mr. Obama, you can… pero solo a veces.

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