
04.10.2008 | Que no del corazón, son las razones del poder las que llevaron a la explicitación pública de los sucesos puestos en marcha por Ricardo Gabriel Perdichizzi, juez de cumplimiento de sentencia.
Perdichizzi no es magistrado en Mar del Plata, no cursó su carrera en la Facultad de Derecho de nuestra ciudad; no pasó por la “escuelita" de Derecho Procesal Penal que maneja con mano férrea Roberto Atilio Falcone, y obvio es que jamás formó parte de los grupos que juegan fútbol 5 en la canchita de Pehuén. Esa condición, la de ser un extraño al sistema local que gobierna la Facultad de Derecho en la rama penal y buena parte de la conformación del Poder Judicial penal marplatense, era para él una desventaja objetiva, que le significó pagar en duros términos su desvarío procesal por concederle a Víctor Lozano, violador, con una condena previa por nueve actos de violación, y la que cumple actualmente de 21 años por otras cuatro, la posibilidad de estudiar fuera de la cárcel.
Este departamento judicial está marcado a fuego por la impronta de individuos como Falcone, Portela, y discípulos tales como Marcelo Madina, aun con proceso abierto por la desaparición de 40.000 dólares de la bóveda de objetos en custodia del TOF, lo cual no le ha impedido ser juez de garantías.
Falcone es el autor materialmente responsable del concepto de que la justicia no sirve, lo que cuenta es el escrache social, concepto que intentó aplicar a sus enemigos personales en el trámite del Juicio por la Verdad. Fracasó, pero eso no modifica en nada la actitud de alguien con tanto espacio para maniobrar sobre la vida de las personas. Recordar que el concepto del escrache es un método que recuerda su origen más antiguo en la Inquisición, en particular la española. Fue retomado luego por la dirección política del Viet-Minh, organización política comunista cuyos principales dirigentes se habían formado en las escuelas jesuíticas que dominaban toda la educación de las clases sociales vietnamitas en los largos años de la dominación francesa en Indochina.
¿Por qué escrachar a Perdichizzi? ¿Qué hizo para merecer semejante destrato? Tal como señalara en entrevista en la 99.9 el secretario de Coordinación de la Facultad de Derecho de la UNMdP Daniel Núñez, Perdichizzi no es un conocido del sistema local de poder y, además, tiene sólo 33 años. Es decir: demasiado joven, demasiado ausente, demasiado garanticida para actuar así sin protección del sistema que lidera Falcone.
El fiscal de delitos económicos Pablo Poggetto reveló en el informe realizado por Telenoche Investiga que él había impulsado y logrado una condena sobre Lozano por nueve delitos de violación comprobadas. Cuán culpable será Lozano para que Poggetto, un fiscal que no destaca por su efectividad, haya logrado una condena. También proporcionó su opinión Facundo Gómez Urso, quien señaló que él se había opuesto a la determinación de Perdichizzi de permitir que Lozano concurriera a clases a la Facultad de Derecho acompañado por tres custodios del Servicio Penitenciario.
Lo que Gómez Urso no dice es que su “oposición" tuvo una extensión menor a una carilla y que, pudiendo apelar, no lo hizo. ¿Por qué no lo hizo? La máquina del escrache ya estaba en marcha, y el objetivo era Perdichizzi, un ajeno al sistema local, por atreverse a ser juez en Mar del Plata a sus 33 años, y por ser tan osado de intentar ocupar un cargo vacante en la Cámara de Garantías en lo penal, cargo para el que se presentó el 5 de junio de 2008. Cualquier parecido con lo sucedido al defensor oficial Julio Furundarena no es mera coincidencia.
Es obvio que Perdichizzi no merece conmiseración ciudadana por su apego al garanticidio, pero tampoco es bueno que la sociedad crea que dicha acción de exposición pública sólo fue el fruto de las buenas intenciones de almas sensibles preocupadas por la sociedad. Con estos buitres de ronda, nada más alejado de la verdad, que como bien sabemos, sólo lo es si abreva en la realidad.
La Cámara Nacional de Apelaciones le dijo al fiscal general Daniel Adler que trabajó poco. Los jueces lo retan por escandaloso, y le dicen que ni siquiera se ocupó de precisar lo que quería decir. Esta vez no funcionaron las órdenes que el fiscal quiso dar desde arriba, ni sus métodos de trabajo tan poco ortodoxos. Aprieta a sus súbditos: los otros no se dejan.
La desfachatez con la que la clase dirigente se presenta ante la sociedad merecería un estudio sociológico profundo. Quienes nos representan, ¿son una proyección fiel de la sociedad? ¿O son una muestra esperpéntica del conjunto, que, merced a su falta de escrúpulos, puede actuar como lo que no es, la sociedad misma? Difícil pregunta, de compleja respuesta. Porque no es dable creer que Horacio Tettamanti, dueño de Servicios Portuarios Integrales (SPI), o Eduardo Tomás Pezzati, presidente del consorcio portuario y de todo consorcio o ente que haga falta para dar trasiego al dinero público, representen a la sociedad marplatense. Menos aún su jefe político Gustavo Arnaldo Pulti.
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