14.01.2009 | Llegó la Compañía Los del Verso, que durante las últimas diez temporadas ha representado el éxito de público entre los que adoran el teatro construido con la pluma más delicada. Trajo más obras que integrantes, y estrenó “Porque soy psicóloga”.
Mariano Moro, el director y autor, se ocupa de poner en escena sus obsesiones más profundas, mediatizadas por el arte y convertidas en producto estético, lo cual las hace comunicables.
Lo vimos aparecer en su juventud, cuando conjuraba los fantasmas de Edipo en la celebrada "Matarás a tu madre". El estreno de "La suplente", con María Rosa Frega en la interpretación, fue una sorpresa agradable. En ese unipersonal, Mariano ponía en juego todas las artimañas del rol que le eran conocidas, más su pasión por la literatura española que lo había acompañado durante toda su vida. Allí relató las frustraciones de una profesora que no había podido ejercer la profesión, y debutó en una clase que fue apertura y cierre de una carrera intensa: duró solo un día. La obra dejó tras de sí una secuela: "Azucena en cautiverio". Ambas a sala llena cada vez que se representan, ya son parte de la mística teatral de la ciudad y de los amantes del teatro de humor.
Sus otras obras ponen en juego varias partes del repertorio de sus ideas, dolores, pasiones y textos favoritos. Su interminable admiración por Lope de Vega lo llevó a escribir "Quien lo probó lo sabe", en la cual el personaje central es el poeta mismo que recorre las dolorosas instancias de su vida, y las consecuencias que trajo en su escritura, desde un punto de vista dinámico y teatral. Única en su especie, no ha hecho más que cosechar premios para la obra, su director, y su casticísimo actor Mariano Mazzei.
En esta temporada de celebración, podrá verse a Mazzei en "De hombre a hombre" junto a Emiliano Dionisi, una obra que representa "un amor que no debería ser", en términos sociales, y sin embargo se instala sin permiso en la vida de los protagonistas. Revolotea en su texto algo del dramón de telenovela de los setenta, más los textos consagrados que vienen a cuento en el desarrollo de la tragedia.
Pero como cada año nos depara una sorpresa, esta vez fue "Porque soy psicóloga", otro conjuro bañado de atrevimientos y desacralizaciones que le hacen mucho bien al psicoanálisis.
Todos sabemos que, si bien los analistas han sido objeto de numerosas representaciones escénicas, y de las más bastardeadas versiones cinematográficas, la caricatura frecuente nos ha traído tanto al sordo que ni siquiera escucha a sus pacientes, al exacerbado intelectual que asiste a la vida de otro buscándole el pelo al huevo y generando más conflictos que los que ya había, o aun peor: el inoperante señor de barba y pipa que factura religiosamente por acotar "ahá" ante las más escandalosas confesiones. De esa manera los creadores se han vengado durante años de la mirada inquisidora que alguna vez les habrá señalado que orinaban por fuera del recipiente apropiado.
Esta vez Mariano Moro, licenciado en psicología, propone hacer bastante más que lo acostumbrado. Nos trae a Margarita, una psicóloga interpretada por Merceditas Elordi, que reproduce las consecuencias nefastas de una vida a la que -vaya a saber por qué desavenencia del destino- parece que se le piantó un rulemán. ¿O no?
Dejame vivir
Margarita hace todo mal. Humanamente mal, comprensiblemente mal, si estamos esperando de ella lo que la sociedad espera del psicólogo: una especie de máquina animada preparada para no involucrarse, no perder la compostura, no enamorarse ni dejarse enamorar, no mostrar la hilacha y no compadecerse de nadie, sin que esto signifique ser un impío.
El psicólogo -dicen las leyes de la oferta y la demanda- debe parecer solvente, pero no opulento. Sereno pero no dormido, entusiasta pero no participativo, atento pero no obsesivo, amable pero no cariñoso. Es decir un robot programado para ser lo menos humano posible, y además promocionar su versión de los hechos como la mejor forma de transitar la humanidad.
El resultado tiene que ser un sismo: una terapeuta como ella, que elige sus pacientes según su capacidad para excitarla en secreto, quiebra los protocolos involucrándose con ellos, con sus ex amantes, parejas, y demás. Margarita los juzga, los desautoriza, los detesta profundamente porque gracias a ellos se ha quedado sin vida, sin las libertades que hacen que una persona común sea diferente de las otras, o de viajar en colectivo sin temer a que la imagen que ha construido para sostener el rol se vea deteriorada.
Su antagonista es un terapeuta pintado, objeto de sus reclamos y sus odios: no es el supervisor de sus pacientes, sino un testigo mudo y sordo del despliegue de obsesiones y resentimientos más profundos de la paciente. Margarita le ha entregado su intimidad durante catorce años, y su violento relato de vida es más que una narración: construye en escena la catedral de sus dolores.
La puesta en escena es sencilla. Un armario funciona como trasto escénico que facilita cambios de vestuario, y el diván es el símbolo sacralizado de la entrega durante el proceso terapéutico, que no se consuma nunca. El público completa el cuadro como una runfla de pacientes medio sádicos y omnipresentes que no han hecho más que destruir, con su desfile de pedazos, la vida de la protagonista.
Para la actriz, el desafío estará en sostener la hora de duración de un unipersonal exigente y vertiginoso, sin caer en el desborde que el personaje tiene tan a la mano por su naturaleza intrínseca. Para el director, el reto será mantener un tono discursivo que permanezca despegado del color estético de sus numerosas obras en cartel, lo cual ya será todo un ejercicio de batuta interminable.
El público -siempre nosotros en alguna parte-, el día del estreno, contaba con muchas profesionales de la Psicología que reían aun más que los demás de la gran cantidad de gags codificados para conocedores y aficionados, es decir para pacientes crónicos.
Porque Margarita es, sobre todas las cosas, una mujer que se niega. Se niega porque la realidad se le niega a ella. Se niega a la transferencia con sus pacientes. Se cuestiona la contratransferencia. Se niega al análisis desde su propia hostilidad, ya que lleva sus sesiones ensayadas. Se niega por fin, al personaje que el público paciente podría esperar, como aquellas caricaturas del cine. Margarita empuña un cuchillo que corta las ataduras de una relación entre seres humanos que ha terminado por estandarizarse hasta el hartazgo. Margarita no quiere ser la encargada de curar. Quiere adquirir de una vez por todas el derecho humano a que se le salgan todos los resortes de la cabeza en plena sesión. Y el derecho de viajar, incómodamente en colectivo, de ser una ilustre hija de vecino que no la tiene clara.
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