15.02.2009 | Con el mito de la globalización tan instalado en la sociedad, muchos terminan olvidando que otras variables, como la pobreza, siguen formando parte de nuestra realidad.
Quién no escuchó alguna vez frases como la siguiente: “Qué bueno esto de la globalización…todos accedemos a los bienes, servicios e información que otros generan. Y nuestros bienes, servicios e información traspasan las fronteras nacionales para llegar a lugares insospechados”. Buenísimo. Ahora, por favor, que alguien tenga a bien definirme “todos”…
Porque hay algunos (muchos) que no están globalizados, y probablemente ni sepan de qué se trata la posibilidad de que exista un “más allá” donde insertarse. Ejemplos sobran por doquier y, por supuesto, nuestra querida Argentina no podía quedar exenta de esto.
Clemente Onelli es un pequeño pueblo sin asfaltar del sur de Río Negro. Sus 130 habitantes cuentan con tan sólo un (sí, un) teléfono en funcionamiento. Es la única “globalización” a la que tienen acceso. Eso sí, sólo de 9 a 12 y de 15 a 19hs., ya que ni siquiera hay disponibilidad full time. Demás está decir que suelen ser frecuentes las colas para estar “globalizado” (léase: para poder hacer una simple llamada telefónica, sin gozar de la certeza de que ésta llegue a destino).
Los jóvenes abandonan el pueblo porque no hay trabajo. Antiguamente se “vivía” de la extracción de tiza, laja y diatomea, pero éstas se han acabado, y hoy la mayoría de los habitantes “vive” de changas. Para peor, la región se caracteriza por un frío extremo, y sin embargo no todas las casas cuentan con acceso al gas natural (la mayoría obtiene calor de cocinas de hierro). Aun así, los vecinos cuentan que en invierno el frío de afuera es casi igual al de adentro de las casas. En el mejor de los casos pueden acceder a garrafas, pero cada una cuesta 25 pesos y dura tan sólo diez días en invierno…si es que el camión que las trae puede llegar.
No se espante aún, lector. Todavía no se enteró qué es lo que ocurre en estos pueblos cuando hay emergencias: como el barro y la nieve son moneda corriente, lo común es que las ambulancias queden varadas. Por eso para estos habitantes, el transporte más seguro es el caballo (¡sí, en plena era de la supuesta globalización!) que suele trasladarlos hasta hospitales y salitas de Bariloche. Aunque el gobierno no siempre provee del forraje necesario para alimentar a dichos animales (lo mismo que nos pasa a los “globalizados” cuando escasea el suministro de combustible), por lo que el acceso al servicio de salud queda restringido.
En Ingeniero Jacobacci, también en Río Negro, la radio es vital. No para atravesar fronteras y obtener información de otros lados, sino para hacer circular la propia: “Avisos al poblador” es un micro que dura tres minutos y se emite a cada hora por Radio Nacional Jacobacci. En él, los habitantes del pueblo en cuestión emiten y reciben mensajes tales como “Equis le avisa a Y que mañana llegará con retraso” e incluso otros más personales, al estilo “fulanito le avisa a menganito que su hermano ha muerto” (¿alguien es capaz de imaginarse escuchando radio y de repente oír algo así?) Aquí la falta de globalización se mezcla con una necesidad comunicacional extrema que, aunque desagradable, es real.
Demás está decir que en el otro extremo del país hay pueblos cuya situación es igual o peor: en Santa Victoria Este, Salta, no sólo no hay Internet sino que ni siquiera llegan diarios. ¿Cómo se hace para estar globalizado cuando ni siquiera la información traspasa los límites del propio pueblo?
Ejemplos como los expuestos parecerían reflejar que la pobreza y la globalización son antónimos. Evidentemente, si la supervivencia es dudosa, más lo es la posibilidad de estar conectado con el resto del mundo.
Y al respecto ¿qué hace ese “resto del mundo”? En septiembre de 2000, 189 Estados Miembros de la ONU se reunieron en la Asamblea General con el especial objetivo de combatir la extrema pobreza (sobre todo de los países menos desarrollados) a partir de la cooperación internacional. Se plantearon luego objetivos de desarrollo del milenio, en cuyo documento emitido en 2005 el Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) habla de “vencer definitivamente la pobreza extrema y lograr un mundo más justo y seguro”. Un hombre con, evidentemente, un gran sentido del humor.
El documento reconoce que la región de América Latina y el Caribe se caracteriza por ser la más inequitativa del mundo. Inequidad mayor en función a la etnia, el género y el lugar de residencia. Debido a la falta de empleos de los padres, los más jóvenes no siempre tienen acceso a asistencia médica, alimentación y educación adecuada, factores que dificultan que a futuro puedan conseguir trabajos dignos. El resultado es que probablemente terminen ofreciendo a sus hijos lo mismo que ellos recibieron, formando parte así del círculo vicioso de la pobreza.
Días pasados, Estados Unidos anunció que América Latina será la región que menos sufra las consecuencias de la crisis financiera. Lo que en principio parecería una noticia tranquilizante, quizá sólo implique que la región no necesite una crisis como la imperante para sufrir lo que desde hace años padece. Si las secuelas de la crisis son el hambre, la inestabilidad política y económica, el mayor desempleo… ¿qué de ello sería nuevo para Latinoamérica? Quien ya está curtido sufre menos las cicatrices, de ahí que sea cierto lo anunciado por Washington.
No nos engañemos: la globalización no es global, porque hay quienes ni se enteran de su existencia. Ni siquiera es una globalización parcial que al menos sea equitativa entre sus miembros: están quienes la pueden aprovechar y quienes no tienen más remedio que padecerla. Si la globalización es la “tendencia de los mercados y de las empresas a extenderse, alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales” (definición acuñada por la Real Academia Española), habría que revisar qué se entiende por “dimensión mundial”, o bien redefinir el concepto.
por Juliana Gargiulo
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Un ciudadano vio destrozada su casa por los avances de una obra en construcción del terreno lindero, y la justicia no lo respalda. Ya no tiene qué puerta tocar, y parece que la empresa en cuestión consiguió, simplemente, más respaldo que él. Mala suerte, parece decir el juez.
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Vecino de la nueva terminal recibió una llamada amenazante del concesionario Néstor Otero asegurándole que no lo iba a dejar descansar nunca y asegurándole ser dueño de todo en Mar del Plata.