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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Viajar, viajar...

Descripcion

08.03.2009 | Los cursos de Historia comienzan con eso de los nómades y los sedentarios, pero creo que no son historia, sino dos tendencias psicológicas contrapuestas que conviven en el pecho de cualquier hombre.

Soy de las que ve un tren y se emociona, ve un barco y lagrimea, y (esto es una confesión pública) trata de tocar el ala del avión del que se baja como quien toca madera: con la superstición de volver a subirme a otro y con el mismo afecto y admiración con los que tocaría a un tigre, si pudiera.
Si dispusiese de esas fortunas que uno es incapaz de imaginar, es posible que tuviera una casa en algún lugar, pero es seguro que tendría un barco y un avión, o varios, ya que de imaginar se trata. En realidad, debería pensar con seriedad en tener una casa en alguno de esos lugares que uno siente espléndido. Y no sólo por los libros, sino porque volver es otra parte maravillosa del placer de viajar.

¿Un lugar en el mundo?


Todos tenemos un lugar en el mundo. Uno definitivo, que una canción de mi época precisaba que “es de buen tamaño: ni largo ni corto, es la tierra que querías ver dividida”, y se refiere, claro, a esos dos metros por uno y uno de profundidad a la que iremos a parar cuando se apaguen Valderrama y el resto de las “amenities” que nos corresponden. Nos pasará a cada uno, en su momento y armoniosamente. Pero antes de que tal cosa suceda, se puede variar mucho. 
Hay gente que siente que encontró su terruño y le basta. Quizás en su propio lugar de nacimiento, o el que encontró después de seguir un sueño; pero otros no somos así. Podemos pertenecer a más de una tierra simultánea o sucesivamente, y pueden ser tan distintas como París, Tombuctú y la Base Marambio, sin que se nos mueva un pelo por la falta de parecido entre los lugares en los que consideramos propios. Creo que, en realidad, sentimos que pertenecemos a la Tierra, Sistema Solar, Galaxia Vía Láctea y nuestros compatriotas son los humanos. Podemos encontrar arraigo en muchas partes, con diferentes pueblos, a la vez o por etapas.
Eso de que uno pertenece al lugar de sus ancestros puede ser verdad, pero no parece definitivo. Los que somos de un pueblo de aluvión, como los argentinos, podemos tener como abuelos gente de Cracovia, Lugo, Catania y algún charrúa de Montevideo: no cabe duda de que la situación ancestral resulta confusa.  
Tampoco creo que patria sea la infancia, como dice una bonita frase; muchos huyen de su infancia y no quieren volver. Jamás. Pero sí puede haber uno o varios lugares a los que uno querría volver después de viajar.

Viaje vs. tour

A esta altura son necesarias ciertas aclaraciones. La aventura del viaje no tiene nada que ver con la distancia. Por mi parte, tuve más peripecias en un viaje que hice a Tandil, que en el que hice a Corea del Sur.
Además, uno puede planificar un viaje a Azul -que bien vale la pena- porque “cerca” no es sinónimo de “ya sé cómo es”, aunque se crea lo contrario. Lo sabemos: hay gente que cree que MdP es sólo la costa, la Peatonal, Güemes y poco más. Es su problema.
Viajar no es hacer un tour empaquetado por otros. Viajar es salir por uno mismo, descubrir cosas nuevas, aunque ya estén descubiertas, cometer errores y bancárselos. A quién le guste los paquetes y los tours, que los haga.  Desde ya le pido disculpas al montonazo de amigos que tiene agencias de viaje, pero sé que no les quito trabajo: ellos saben que sus clientes son los turistas, no los viajeros. Vaya una por la otra: cuando ellos me ven entrar a sus agencias bufan, porque saben que lo mío es un pasaje y un seguro de viaje, nada más… ¡poca ganancia!
A mí, esa cosa de salir en grupo por todo el recorrido, ¡hummm! Digamos que... me revienta.  
Primero, hay que socializar: presentaciones obligadas por el guía para que convivamos y después, quizás, seamos amigos. Está bien, y se da algunas veces, pero no es lo mío. No estoy dispuesta a reírme de las guarradas del pasajero infaltable que opta por el papel de gracioso para no parecer maleducada. No me gusta que me incordien en el momento menos pensado con un cantito o un aplauso.
Segundo: la mano viene disciplinada, o mejor, regimentada: “Tienen diez minutos para visitar el barrio x. A las 12:45 nos vamos, no esperamos a nadie. ¡El que se quede tiene que volver solo al hotel!” Lo dicho, en la mitad de Calcuta, puede aterrorizar a cualquier turista y hacerle mirar más el reloj que el lugar que visita. Inaceptable.
Tercero: el guía –al principio, un simpático sargento García- se va convirtiendo en un general alemán, que va ejerciendo una tiranía cada vez más personal y confianzuda a medida que avanza el tour, y define hasta nuestras funciones corporales: “¡A las 5:35 am salimos, muchachos, así que apúrense a comer, a dormir y a c...ualquier cosa!”. Pero uno no puede mandarlo donde quisiera, porque hay mucha gente que adora esa conducción arrebañada, y el guía es el líder al que no  se le puede discutir nada, porque él sabe todo. Y dependemos todos de él, así que no discutas... ¡Hail Guía! Así votan.  
Cuarto: uno no dispone de su tiempo real. Nunca, salvo cuando el guía descansa = tarde libre. El guía tira a los turistas frente al Louvre y les dice: “Tienen una hora, no vayan a quedarse más, porque tenemos cosas más importantes que visitar”. Acto seguido, los lleva a “La Berreterie”, lugar de souvenirs de París hechos de epoxi en Taiwán, y les dice “Recorran tranquilos, hay tiempo...”
Quinto: si el viaje con amigos a veces termina a las patadas, la convivencia con  gente amuchada casualmente tiene un 98% de probabilidades de ser horrible: chismeríos, antipatías, pullas, formación de bandos y camándulas que hacen que el  tour, de la mitad para adelante, sea un infierno. Aunque al bajar en la estación final todos se besen con alegría (por el alivio) y prometan llamarse. Habrá quienes hagan una verdadera amistad, pero los demás se ignorarán así se encuentren solos en el mismo velatorio.
En síntesis: un tour y un viaje son totalmente diferentes. Suelo ceder a las excursiones, porque a veces no hay más remedio: pero duran poco y no obligan a mucho.

Planificar la libertad 


Uno comienza a gozar de un viaje cuando, decidido a partir hacia alguna zona, comienza a planificar. Preparar un viaje es una cosa casi tan placentera como realizarlo. Máxime ahora, con las facilidades de Internet y la maravilla de Google Earth, que no sé quién la inventó, pero soy su fan más rendida. Viajar es planificar y saber mucho de antemano, pero no todo.
Uno busca, hace planes A, B, C y deja abierto. Hay decisiones que son básicas, pero otras varían. Averigua caminos, medios de comunicación, horarios, posibles combinaciones. Ve algo nuevo que le atrae y busca fotos, historia, leyendas. En la planificación va y viene, se arrepiente, agrega, quita, calcula dinero, distancias, posibilidades, busca hoteles, pregunta a amigos, lee blogs de viajeros, entra en foros... calcula dinero (otra vez y varias más, para no repetirme). Queda dudoso de si este lugar o el otro y se va a dormir con esa duda muchas noches. Una vez resuelto el viaje básico, puede darlo vuelta todo...
Y cuando ya no queda más remedio, porque tiene que sacar el pasaje y reservar ciertos alojamientos, se va con un plan con variantes y posibilidades de cambiar de idea otra vez. Depende de adónde vaya, la preparación puede durar semanas o meses. Uno sabe cada vez más y se interesa más.

Por la vuelta


Pasaje abierto, por si uno se embola y decide volver con la frente marchita o alta la frente. No voy a hablar del viaje en sí, porque eso no puede ser contado hasta que no se entraña. Suelo llevar un diario incoherente, porque el viaje no  es una narración, ni una serie de datos, sino sensaciones, flashes, menudencias: “Salida con Beby al atardecer por la calle Buci a ver vidrieras, mientras G y B se van al Museo. Un hermoso jarrón de cristal azul en un anticuario. La florista levanta el puesto y sale el perfume de todas las flores. Un café riquísimo en el Blvd. St. Germain nos quita el frío hasta la cena”. Hoy Beby ya no está, pero hasta que yo me vaya también, en esa frase estarán siempre mi amiga y París. 
Hay que tener un lugar para volver y recordar. Y es mejor no tener ni barcos ni aviones propios. Si es demasiado fácil, resulta un simple tour.

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