12.04.2009 | Por suerte, digo yo. Por suerte somos tan empecinados, cándidos y voluntaristas que no dejamos de correr tras esa ilusoria zanahoria de la perfección ni por un solo segundo, y así vamos haciendo el camino, medio entretenidos, de tanto en tanto frustrados e imperecederamente imperfectos.
No es perfecta esta mañana, en que la sequía está asentando sus raíces y volatilizando el epílogo estival. A los abedules de mi vereda les está faltando follaje por culpa del verano que muere sin remedio, y a mí me faltan ideas que obsequiarle a esta página. Ellos persisten, allí, estoicos en su desnudez, deshojados y desflorados, y yo también persisto, casi en las mismas condiciones, para no ser menos. Ellos saben de ciclos, de reverdeceres y agonías, y yo también, pero soy menos sutil, se me ocurre.
No está siendo perfecto este otoño, con esas calideces que no se compadecen con los intentos por sepultar otra canícula y su bijouterie, el traje de baño, las ojotas y el protector solar, pero menos perfecta estoy yo hoy, que le achaco a abril todas las mariposas que acudirán al laurel que trepa por la medianera de mi casa para enrostrarme su perennidad prestada.
No son perfectas estas intensas ganas que tengo, en este momento, de hacer poca cosa y que su consecuencia no se me venga encima como un placard atestado de ropa apolillada. No es perfecto que la yerba que usa mi mate cargue en el paquete la promesa de un relax que finalmente no me concede, porque tengo que escribir y estoy más bien apurada, antojada de frases que no alumbran, que se quedan donde están, huidizas de mí, si es que -en el mejor de los casos- estuvieran en alguna parte.
No es perfecta esta mitad de la vida que, a juzgar por el cúmulo de sorpresas diarias, hace pensar que todavía no he alcanzado exitosamente ni una cuarta parte. Por Dios, que sea la mitad, que me agoto. Es que me ha dado por suponer que el asombro está hecho para las primeras veces de cualquier cosa, y no para cuando uno conoce gran parte de los vericuetos posibles.
No es perfecta la forma en que estoy echada sobre mi mesa de trabajo, con la quijada levemente tirada hacia adelante, como un predador en busca de una presa distraída. Mi presa no está, no asoma, lo sé: debo parirla, y viene para fórceps. Sé que mi postura no es perfecta porque me pasa factura, la columna me lo recuerda cada 15 minutos, y me empeño en enderezarme, en depurar esta forma de ser y hacer, sentada a la computadora y desgajando tonterías en un papel virtual que alguien, en su crédito por mí, acabará leyendo, lo sepa yo o no.
No es perfecta esta agenda de la nada que llevo, repleta de anotaciones sin sentido que no me llevan a ninguna parte, menos que menos a la eficiencia que conlleva comprar una agenda para así anotar, para así recordar, para así realizar y cumplir. Escribo en ella datos que luego no comprendo, no puedo decodificar, no sé qué cuernos significan. Me indago acerca de qué estaría haciendo concomitantemente para haber registrado algo tan inespecífico, poco orientativo. No sé a qué día corresponde la anotación que encabeza la hoja, mucho menos la que le sigue. Pienso en otras imperfecciones, de otra gente, y no hay caso, no encuentro mayor consuelo. Me importa la mía, me somete la mía.
La tele me oficia de electroacompañante, y pienso que no es perfecta, que ofrece anatomías de ensueño y cerebros de pesadilla. Se sostiene por allí que dónde se ha visto que la tele eduque, que no es su marca en el orillo, que no fue creada con espíritu docente y no tiene por qué honrarlo. Está bien, puede que sea así, pero es inevitable notar que la tele de hoy es la estelarización con cartel francés de la burda copia, del “no pensarás” como mandato cuasi divino. Que no sería tremebundo si no fuera porque la tele, antes de engatusarse como se engatusó, asesinó a sus colegas, la radio y el diario. Y ahí vamos, atorados de imágenes poco benditas que nos llevan a creer que la vida debe ser así nomás, todo culo y ropita de canje. Abajo el pensamiento artesanal y arriba su Némesis, la comunicación enseriada, borrega y facilista.
No son perfectas las relaciones en tiempos en que las eternidades duran, como máximo, lo que tarda una promesa en dibujarse y emigrar de los labios. No son perfectos los amores, son tremendamente arduos como una tarde de enero sin reparo. No es perfecto ningún lazo, ni los que atamos a sabiendas de que los nudos no crecen pero nosotros sí, y la cuerda va quedando pequeña, y tira, y escuece la piel justo donde roza y aprieta. Tampoco los otros, esos que creemos que de tan holgados son lejanos, inaccesibles, que terminamos perdiendo por falta de ejercicio del amor.
No son perfectos los amigos, que alguna vez pensamos que elegimos. Elegimos amigos como elegimos paltas en la góndola, un poco a ciegas, como piratas debutantes, con necesidad de junta y sin oficio de seleccionador. Y de vez en cuando la suerte se aquerencia a nuestra vera, y quiere la buena fortuna y la mejor leche con que Dios nos ha inoculado que resulte aquel o aquella un buen amigo bueno, que fuerce amorosamente algunas puertas selladas, abra ventanas, cree pasadizos y nos proponga un encuentro a perpetuidad, de esos que se tejen con frío y con calor, en el ocio y el trabajo, en la adversidad y la algarabía, en ramilletes de a dos, de a tres, de a cinco.
No son perfectos los padres, ni los que uno tuvo, tiene y tendrá ni el que uno, a la sazón, es. Ser padre es un proceso sin desmayo, un constante edificar en tinieblas y sobre agujeros negros. Es lo que hay, dirá algún filósofo temprano, y a veces lo que hay no alcanza, y otras veces sobra. Es la incómoda imperfección de una tarea hecha a los tropezones, ignorantemente, sin manual de instrucciones ni arnés de seguridad. Y nunca jamás concluida. Por eso, una vez agenciado el verbo más el sustantivo, ser padre, no hay posibilidad de conjugarlo en pasado.
No son perfectos los hijos de esos padres, por carácter transitivo y por imposición natural. El de hijo también es un pergamino que se les otorga a muchos padres, y allá los veremos, allá nos verán, sucumbiendo al imperfecto mandato de navegar a dos vertientes por aguas procelosas.
No es perfecta la señora presidenta, tan alocadamente lanzada al sexismo lingüístico. Que conciudadanos y conciudadanas, que argentinos y argentinas, que trapos y trapas, que carteras y lagartos. Que no hay marido que dure cien años ni mujer que lo merezca, a no ser que el señor en cuestión sea su presidente de facto y en funciones. Que no hay perfección posible en los primeros encuentros lo supo la señora cuando alargó la mano derecha para estrechar la del gran hombre del Norte, tan de ébano y marfil, tan apolíneo y despistado que la dejó pagando, la cuidada manicure sin su atención de estadista. Es que nada es perfecto la primera vez, señora, tampoco la última: ni la foto, ni el traje estrenado, ni el estreñimiento que proveen los nervios. Ni los recuerdos, perpetuo homenaje a lo que nunca fue.
No es perfecta esta forma de gobierno que acariciamos como al niño en la cuna, llenándolo de mimos y cuidados, y sin dejar de notar las manchas de nacimiento. La democracia, como los hijos, no está dispuesta a renunciar a ser simplemente por conformarnos, y es como es: bellamente defectuosa, cambiante, desafiante, novedosa, cruel, auténtica en su paso de oruga a mariposa. Como los hijos, decía, y sostengo.
No es perfecta la pasión por decir y por hacer, la ilusión por compartir, la necesidad de creer. Nada es perfecto en la vida, ni siquiera perfectible: todo es sencillamente esencial. De tómalo o déjalo. De te vas o te quedas, y si te quedas, te quedas. Por suerte.
por Viviana Hernández
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Una bomba de humo hace que se gaste plata y se concentre atención de la prensa, mientras los ladrones verdaderos se escapan por la puerta trasera. La Defensora del Pueblo se quejó de limpieza sobrefacturada y empleados mal reemplazados. Mientras discuten unos con otros, los verdaderos corruptos brindan con champagne.
Esta semana ha sido pródiga en efectos pirotécnicos verbales, distribuidos a diestra y siniestra por quienes ya son visualizados en la comunidad como auténticos integrantes de una mafia. El concesionario de la nueva terminal de ómnibus, Néstor Emilio Otero, por toda respuesta a la interpelación a la que lo sometieron los concejales por más de dos horas y media y con base en un cuestionario de 91 puntos, los destrató, caracterizándolos de ridículos e ignorantes. Señaló que, de las cuestiones expresadas en dicha reunión, una sola sería pertinente, las rampas para discapacitados, aunque se quitó a medias el sayo aduciendo que las rampas son una necesidad en toda la ciudad y no sólo en la terminal, y que bien harían los concejales en atender los urgentes reclamos de la población para no decepcionar al soberano una vez más.
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