26.04.2009 | Rodeadas de un prejuicio casi místico que las confina al dominio de unos pocos elegidos, suele creerse que son de uso y entendimiento casi exclusivo de las matemáticas, la lógica, la filosofía. Nacieron como entretenimiento de los antiguos eruditos, siguieron como enigmas y desafíos de la inteligencia y la imaginación, continuaron empapando y creando diversas ciencias. Hoy, aunque no lo parezca, son un hábito cotidiano, y muy nuestro por cierto.
Pero, ¿qué es una paradoja? Digámoslo de un modo simple: se trata de una frase, una idea que, aunque parezca sencilla y verdadera, implica siempre una contradicción que no puede resolverse nunca desde el sentido común. Algo así como un “contrasentido”, porque en toda paradoja nada es nunca ni verdadero ni falso, ni blanco ni negro. Para aquello que llamamos el “sentido común”, las cosas siempre son y deben ser verdaderas o falsas, buenas o malas; y toma lo bueno y lo verdadero descartando lo falso y lo malo de acuerdo a los valores que cada sociedad maneja en determinado momento. Ahora bien, sígame y abandonemos por un rato el sentido común. Veamos algunos ejemplos y luego intentemos respondernos: en nuestra vida cotidiana, ¿realmente usamos el sentido común, o el más común de nuestros sentidos se ha vuelto la contradicción permanente y repetida? Distiéndase, las paradojas no exigen diplomas, sólo un ejercicio de imaginación, o de memoria.
Una conocida, la paradoja del mentiroso: “estoy mintiendo”. Parece fácil, porque en un primer momento tenderíamos a creer que quien afirma semejante cosa es sincero al confesar que miente, y con eso se acabaría el problema. Pero, sospechando de esta primera tentativa del sentido común y refrenando su impulsiva ingenuidad, podríamos creer también que este sujeto miente al decir que miente. Y, además, que lo que dice es una mentira. Por lo que, en realidad, al mentir estaría diciendo la verdad. Por lo tanto, el “estoy mintiendo” puede ser, al mismo tiempo, una verdad y una mentira; a la vez un acto de sinceridad y un engaño. Y quien diga “estoy diciendo la verdad” o “yo no miento” puede estar manipulando de la misma manera nuestras suposiciones y jugando con nuestra ingenuidad. En este sentido, nuestro preciado sentido común puede encontrar sobradas muestras de la paradoja como forma de vida. Quizás no haga falta aclarar que para infinitas ilustraciones puede valerse libremente de cualquier figura política de nuestro universo argentino de la contradicción y la verdad (o la mentira) relativa.
Una de todos los días, la paradoja del ahorro, también llamada “paradoja de la frugalidad o de la austeridad”, dice: “si todo el mundo trata de ahorrar durante una recesión, la demanda caerá y los ahorros totales de la población serán más bajos”. Créalo o no, cuanto más dinero acumule más pobre será; paradoja y aparente absurdo, afirmaría que cuanto más gastemos y nos adeudemos, más ganaremos. El ingreso de cada población es igual a la suma del ingreso de sus individuos; como el consumo forma parte esencial del ingreso, cuantas más personas ahorren y no gasten sus ahorros, el ingreso general caerá; por eso, cuanto menos consuman esos ahorristas menos ingresos generarán para el resto y con el tiempo, inflación y abundancia de demanda mediante, los ahorristas deberán restringir más su margen de consumo para poder seguir ahorrando siempre lo mismo. Al final, será más rico mientras más deuda y gasto acumule. Su dinero valdrá más siempre y cuando no lo tenga. Usted ahorra, cuando en realidad se empobrece. Lo que llevaría, paradójica y no forzosamente, a otra paradoja: “la riqueza del mundo es equivalente a la suma de toda la pobreza mundial”.
Una de tímidos, la paradoja de Abilene, según la cual “un grupo de personas, ante una situación crítica, tiende a tomar decisiones contra sus propios intereses o contra el beneficio general”. Surge de una anécdota, cuando el suegro de una familia propone hacer un viaje a Abilene y la mujer, el marido y la suegra aceptan hacerlo pese a tener sus reservas. De vuelta, y tras haber pasado incontables traspiés e incomodidades, en el fragor del hartazgo todos confiesan que ninguno realmente deseaba hacer el viaje ni sentía la necesidad de hacerlo, a lo que el suegro responde “creí que era una gran idea, todos parecían estar muy aburridos”. Muy ilustrativa a la hora de explicar la forma de pensamiento y comportamiento de un grupo, esta paradoja muestra claramente que en lo cotidiano raras veces el decir y el hacer se condicen o coinciden, como cabría esperar o creer desde el sentido común. Muestra, también, que el consenso no surge tanto de la expresión de objeciones y opiniones como de la falta de debate y la ausencia total de acuerdos. Y, como si fuera poco, muestra que la manada se mueve más por agachar la cabeza que por acordar con determinados principios que sus líderes establecen, aunque esa misma manada haya confiado en sus líderes y sus principios. Muy adecuada a la hora de observar comportamientos adolescentes; más apropiada aún al momento de analizar de qué va la cosa con nuestras elecciones y aparentes consensos. A la vista de nuestros derroteros cívicos e ideológicos cotidianos, cabe preguntarnos: ¿estamos yendo a Abilene, queremos ir?
Otra de masas y electores, la paradoja del votante: “Cuantas más personas participen votando en una elección, menor será el beneficio de ir a votar, porque cada votante será menos decisivo”. Otra vez, contrario a lo que comúnmente creeríamos, los consensos poco tienen que ver con lo que elegimos. Es que, simplemente, cuantas más personas asistan a votar menos probabilidades habrá de que cada uno de nosotros sea un votante decisivo para el triunfo de un candidato. Está claro que la pasividad de nuestros votos no obedece más que a la obligatoriedad. Pero quizás cabría pensar que la indiferencia generalizada ante cada elección, o el desánimo y el descrédito por el valor de nuestros votos, surgen de aquellos numerosos grupos que entendieron esta paradoja mucho antes. Porque, en definitiva, quien se gane algo de comer o algún electrodoméstico por votar, o quienes se eviten el desgaste de analizar boletas y tendencias y metan cualquier papelito en el sobre, obtendrían mayor beneficio que las ilusas minorías que votan sin otro premio que una decepción. Otra vez, pateando los dictados del sentido común, entendámoslo: como queda demostrado, votar no es ningún acto racional, desengáñese. No gana ni pierde nada, la decisión no depende de usted, ¿para qué lo sigue haciendo, y encima sintiéndose responsable?
Una más, para quienes siguen dudando, la paradoja de Arrow o paradoja de la imposibilidad de la Democracia. No es broma, viene de un Premio Nobel (Kenneth Arrow), y esta vez podemos patear el tablero del todo: aunque creamos que la tenemos y vivimos en ella, la Democracia es paradójica y, además, imposible: “si quienes toman las decisiones son al menos dos personas, y hay al menos tres opciones sobre las que deben decidir, entonces es imposible diseñar una regla de elección social que satisfaga todas las opciones”. Esta paradoja supone que no existe la posibilidad de que una norma, regla o ley logre sumar las preferencias de todos en tanto que deseables y deseadas. Toda sociedad es siempre la suma de las diferencias y de sus diferentes pareceres, por lo tanto, la preferencia de la mayoría no es bajo ningún sentido común preferencia de todos; esto es una ilusión, puesto que sin unanimidad la mayoría se impone sobre el resto, tal como un dictador se impone ante el dictado de los otros que no son él ni piensan como él. Lamento decepcionarlo una vez más, pero lo que realmente creemos como el sistema más representativo de la pluralidad, es en realidad una falsa ilusión; una forma encubierta, edulcorada o aparentemente correcta de autoritarismo. Y lo que creemos como el único sistema posible de representación y consenso, es un imposible per se. Al menos, así lo insinúa esta paradoja. A menos que usted crea todavía que, en vistas de cómo la vemos andar cada día entre nosotros, nuestra democracia es amiga de todos…
¿Todavía cree que nos regimos por el sentido común, la coherencia, el consenso? ¿Todavía cree que existe una verdad, y que hacemos de ella y de lo verdadero el estandarte de nuestra acción, nuestro pensamiento, nuestras decisiones? El más común de nuestros sentidos parece ser el hábito de la contradicción, la incoherencia, la falsa apariencia de las cosas y los hechos. Pero a no desesperar, que sirva para dudar; porque si “todos los que matan deben morir” entonces todos deberemos morir, por acción o reacción directa o indirecta. Como el único barbero de la ciudad, que dijo que afeitaría a todos los que no se afeitaran a sí mismos, inevitablemente terminaría afeitándose también a él mismo.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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