03.05.2009 | Hay pocas cosas más peligrosas para un Gobierno que un soberano pacífico y convencido.
Hace una semana se llevó a cabo aquí, entre nosotros, los hoy infelices prisioneros de una utopía feliz, una nueva marcha en reclamo por mayor seguridad y justicia para los ciudadanos que viven del lado brillante de la ley (que lo hay).
Portando carteles y estandartes más o menos caseros e improvisados, a la vez que elementos estridentes imposibles de ignorar, unos cuantos cientos recorrimos el tramo que va desde la intersección de la Avenida San Juan con Alberti hasta el punto en que Luro se hace monumento a un San Martín evocativo, que contempla el mar desde la cúspide de la piedra. La excusa fueron las muertes violentas de Dalina Di Mauro y otros; digo excusa y digo homenaje, aunque creo profundamente que el motivo de reunión es el desvarío en que se ha convertido hoy la simple existencia para los habitantes de una ciudad que supo concitar diversión y trabajo sin estropear ilusiones, pues cumplió acabadamente. Alguna vez.
Que sea al sol
Parece un contrasentido, pero fue una tarde maravillosa para la tarea. Había que marchar, y allí estaban el sol y una brisa constante, que no se perdieron la cita ni el compromiso. Había que marchar por los muertos, y allí estaban sus fotos, sus nombres y sus apellidos, estrujados de tanto andar por aquí y por allá, y enarbolados por manos que los amaron y hoy los extrañan. Había que marchar por los vivos, y allí estábamos algunos, sin mandato ni representación, sólo en defensa propia y de los propios, para decir respetuosamente y por lo alto lo que ya no se puede callar: que se impone vivir, que necesitamos que nos lo permitan, que no deseamos quedar enjaulados ni víctimas de encerronas y que también, si cabe, estamos dispuestos a hacer lo que haga falta para que los victimarios de hoy sean los anexados sociales de mañana.
Fue una tarde adecuada y propicia para gritar dos palabras y también para callar y aguantarse el terror que nos asalta cuando abrimos portones, puertas, ventanas, rejas, persianas; o cuando caminamos con naturalidad forzada por la calle, con ansiedad por alcanzar un sitio a salvo.
Tal es el desconcierto general y tan arraigado el pánico, que nuestros hijos han dejado de pedir salir a jugar a la vereda con los amigos, a la plaza con el perro, a la pelota con los atorrantes del barrio. Hoy, un niño en bicicleta, con patines, con celular en mano, con mochila nueva es una bomba de tiempo para sí mismo y una aparente mofa a las víctimas del negocio de la política, que precisa pobres e ignorantes como una llama necesita oxígeno para arder. Y aquí vamos todos, atizando el fuego, combustionándolo sin voluntad ni salida, por el sólo hecho de existir.
Cuando el tema seguridad aparece en plaza y se encienden los ánimos, el debate parece polarizarse, las líneas se bifurcan y la cuestión se desdobla en dos posiciones supuestamente incasables: la de un estado militarizado, de raíz y espíritu castrense, o la libérrima versión de aquel concepto acuñado por el fisiócrata francés Vincent de Gournay, “laissez faire, laissez passer”. El maridaje de los opuestos no suele llegar a buen término, pero el acercamiento de los justos medios podría resultar en una experiencia sumamente enriquecedora. Posible para todos los actores de esta desesperada comedia dramática.
A quien corresponda: los hombres, mujeres y niños del común, de a pie, del bondi, el laburo, la pizza y el café con amigos, como simplificación de este colectivo social hoy tan pauperizado en sus apetencias sociales, sólo deseamos hacer lo enunciado y otras actividades por el estilo que conforman la vida cotidiana y no tanto, en paz. Sabemos perfectamente de qué se trata vivir en paz, pero no conocemos los resortes para conseguirla equitativamente, para todos por igual. Y entiendan que todos por igual nos comprende a los buenos y los malos, los mediocres y los brillantes, los que necesitan de los supuestos básico de la vida gregaria y los que no. No nos pidan a los marchantes y a los que prefieren rumiar en la soledad de sus hogares el miedo a exponerse, la solución. No es que no queramos proveerla, que nos la estemos reservando para algún púlpito o por elemental y humana comodidad: no la tenemos, no nos corresponde a nosotros analizarla, ponderarla ni sostenerla.
No escuché, en todo el tránsito de esas veintitantas cuadras, un solo exabrupto, una sola alusión al odio o al, también, humano resentimiento. Porque sospecho que no debe acontecer tal como soplar y hacer botella aquello de pasar las sensaciones primeras, las más primitivas, las de la entraña, por el tamiz de la razón. Ese tamiz se resume en la aspiración más evidente que tuvo esta concentración: protección para los vivos y justicia para los muertos.
Si protección para los vivos quiere decir más policía efectiva, equipada, respaldada, pronta, alerta, descansada y monitoreada en las calles, el sujeto del vulgo, por mucho que discurra, no lo sabe. Tampoco debe importarle. Quiere estar y sentirse seguro, sin perjuicio de lo que el Estado deba hacer para proveérselo. Claro que hay una sensación. Sensación que llega luego de la certeza del desamparo, de la desprotección, de la indiferencia, del desapego de los funcionarios al rol asignado y asalariado. Si justicia para los muertos importa la resignificación de códigos o leyes existentes, la puesta en marcha de una legislación más contemporánea o atinada, el cambio de figuritas funcionales o la puesta de espalda de todo el Poder Judicial con la Corte Suprema a la cabeza, nos nefrega a los tipos comunes, más allá del entretenimiento veleidoso y transitorio de debatir como si de verdad pudiéramos participar en la solución del problema. De verdad, no nos interesa. Pero nos desvela, porque no hay quien lo haga.
¿El motivo de su visita, señor?
Cuando vamos al médico, llevamos lo que creemos que es un problema y le presentamos un conjunto de síntomas que nos acontecen con certeza. Nos duele la panza, el pie, la oreja, no es que “tenemos la sensación de que”. Señalamos, apuntamos: “mire doc, justo acá, ¿ve?”.
Vamos porque estamos convencidos de que algo nos ocurre, pero ignoramos exactamente qué nos pasa: para eso este señor tiene un bonito diploma colgado en la pared; él nos dirá qué es, y a eso se le denomina diagnóstico, hasta donde sabemos. Él le dará nombre al problema y también una posible solución. En términos generales, nos entregamos completamente a su propuesta, porque hemos juzgado de antemano, antes de pedir el turno, que ese hombre proveerá a la identificación del dolor y su anulación. Así funciona la confianza.
Una vez obtenido el diagnóstico, el especialista nos presenta un plan de acción. Él es el responsable de su diagrama y también de su concreción. Y allí vamos, medio a ciegas pero no ciegos, confiados, cruzando los dedos por que las frases del diploma sean todas ciertas y revalide todos los pergaminos con nosotros. No explicará cómo lo hará, cuántos elementos utilizará, cuándo los esterilizará, si el ambo que viste es nuevo o viejo, si la enfermera que lo asiste cobró en fecha o si está preocupado porque se le venció el seguro del auto. Simplemente lo hará, porque es lo que sabe hacer, para lo cual se preparó, para lo que juró y por lo que cobrará. Como contrapartida, si la buena fortuna jugó su partida, habremos sanado.
Aquí, cuando de seguridad se trata, todos los médicos del caso parecen estar haciéndole pito catalán a Hipócrates y todos sus discípulos. Nos exigen que no digamos que nos duele lo que nos duele, que nos traguemos el dolor, que lo calmemos con las aspirinas de las rejas, las alarmas, los perros guardianes y el encierro voluntario. Nos reclaman a los enfermos el diagnóstico, y cuando un hipocondríaco grita por allí “¡cáncer, hay que extirpar”, se horrorizan, sacan los libritos del buen sanitarista bueno, se rasgan las vestiduras por las aberraciones de los pacientes y se cruzan de brazos, a la espera de que la gangrena llegue al centro del habla y el paciente, además de morir, primero enmudezca.
Reitero la idea de la primera línea: somos pacíficos y estamos convencidos de que la solución, si no llega en tiempo (es decir, ayer) y forma (dignidad es la idea) para todos, no habrá salvación. Somos pacientes de paciencia y pacientes enfermos de una indiferencia clínica y crónica que nos está extinguiendo a todos por igual. Incluso a los que portan las armas y las utilizan para liquidarnos.
por Viviana Hernández
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