03.05.2009 | N&P 281: saque la cuenta, vamos por el 605. Por entonces, esta página alertaba sobre las verdaderas “armas de destrucción masiva” que no eran ni las nucleares, ni las biológicas, ni ninguna de naturaleza puramente militar. Las nuevas enfermedades y las viejas “recuperadas” causan más estragos que todos los terrorismos juntos. Pero se tiene que enfermar un chancho para que el mundo reaccione.
Creímos inconscientemente que la guerra contra virus y bacterias estaba casi ganada. Error. Combinadas con el hambre –producto de la desigualdad y el egoísmo-, más el continuado abuso aplicado sobre la naturaleza, pusieron en grave riesgo la salud del mundo que reacciona con una torpeza y desidia inconcebibles.
Margaret Chan, Directora General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), anunció que el brote de influenza porcina detectado en México y Estados Unidos podría causar una epidemia a nivel mundial, calificándola de "suceso de salud pública de preocupación internacional". ¿Había que esperar este episodio para actuar? Porque hace años que se conoce de la existencia de “Las doce asesinas”, como se las volvió a calificar en el Congreso Mundial de Conservación (Barcelona).
Asesinas seriales, por lo demás, y muy costosas en vidas y dinero, sobre las que expertos en Salud Pública vienen anunciando desde hace rato que se agravarán y propagarán al mundo entero como resultado del calentamiento global y la modificación de los ciclos de lluvias. Tuberculosis, fiebre amarilla, cólera, enfermedad del sueño, ébola y varias más, todas producto de bacterias mutantes propagadas por mosquitos cada vez más resistentes, provocando daños “marginales” geográficamente hablando (África) y por lo tanto “en lista de espera” de solución.
"La salud de los animales está estrechamente relacionada a los ecosistemas en que viven y el medio ambiente que los rodea" dice la Dr Steven Sanderson, presidente de la Sociedad de Conservación de la Naturaleza, "y cualquier alteración, incluso la más pequeña, puede tener enormes consecuencias en las enfermedades que pueden padecer y transmitir a medida que el clima cambia". Las bacterias en agua se potencian (cólera, dengue). Lo mismo ocurre con los parásitos intestinales de animales domésticos de alta toxicidad para el humano (babesiosis, similar a la malaria); o la Yersinia pestis responsable de la peste bubónica, una de las más antiguas de las “recuperadas”, capaz de causar estragos por la multiplicación de roedores (en los subsuelos de New York se cuentan por millones).
La lista es extensa y bajo las mismas condiciones de agravamiento (del mal) y desinterés previo (del mundo). La Enfermedad de Lyme o Borreliosis: infección causada por una bacteria transmitida por la garrapata patinegra, de muy difícil diagnóstico porque sus síntomas pueden confundirse con muchas otras enfermedades, como fibromalgia, esclerosis múltiple, lupus, etc. (últimamente apareció en los bosques del Noroeste de EEUU). La fiebre amarilla que se multiplica en África y partes de América Central y del Sur, causada por un virus propagado por mosquitos; lo mismo que la tripanosomiasis, enfermedad del sueño producto de un parásito que “transita en moscas” cada vez mayores en cantidad y tamaño (Médicos Sin Fronteras remarcó este dato). O el paludismo (malaria) que mata no menos de 250.000 personas al año, el 55% de los cuales son chicos. Y hete aquí que el paludismo se extendió "gracias" al calentamiento global, que permitió la distribución planetaria de los mosquitos transmisores, poniendo en riesgo al 40% de la población mundial.
Si algo tienen estas “armas de destrucción masiva” es que no atienden fronteras, ni ideologías, ni raza, ni religión, ni cuenta bancaria. Tampoco distingue entre buenos y malos, como con tanta impúdica simpleza dividió la Administración Republicana (George W. Bush) al mundo. Cuando en Milwaukee se produjo un brote de criptoespiridiosis, las autoridades tardaron semanas en reconocer que había un problema. No estaban acostumbrados a estas "rarezas". O cuando en los pantanos de la Florida el jefe de epidemiología del Estado, Steven Wiersma, anunciaba que los enjambres de mosquitos están llenos de virus lejanos, nunca antes vistos en Occidente, en especial el virus del Nilo (en realidad es ugandés), transmisible primero a las aves de corral y de ellas al hombre. El granjero Seymore Carruthers estaba en coma por encefalitis, y fue el primer aviso de la aventura de este mal que avanza del Sur al Norte. Hoy se calcula que hay decenas de miles de infectados y ya han muerto treinta.
Por no hablar del sarampión, responsable de la muerte de un millón de chicos por año (OMS), cuyo virus mutante termina conduciendo a neumonías y encefalitis. Para mutante, claro, la vieja gripe por la que el Ejército de los EEUU perdió decenas de miles de hombres (Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas, Universidad Estatal de Iowa)
Ni hablar también de las novedades que nos proveen los animales más “cercanos”, cuyas consecuencias nos estallaron en la cara con más fuerza que una molotov. La Influenza Aviar (H5N1, que con humor negro se la llamó la “gripe del pollo”), asoló el Lejano Oriente y comenzó a preocupar en Occidente por la profusión de viajeros. Con un porcentaje cercano al 100% de muerte de las aves infectadas, se confunde en el hombre con una gripe típica hasta llegar a dificultades respiratorias agudas. Muertos y millones de dólares costó combatirla. La Fiebre de Rift Valley, zoonosis viral que afecta principalmente al ganado doméstico de gran importancia para la seguridad alimenticia, particularmente en África y Medio Oriente.
No dejemos afuera la Encefalitis Equina, terrible enfermedad que llega al humano también a través de mosquitos y se disfraza de dolor de cabeza y somnolencia, para desembocar en rigidez y parálisis (no hay tratamiento específico, sólo se tratan los síntomas… y rece). Ahora se tienen que enfermar los chanchos y pasarnos sus pestes, para que empiece la preocupación.
La lucha contra los agentes transmisores se viene “perdiendo exitosamente” y la derrota se paga en vidas. Moscas, mosquitos, virus y bacterias se muestran encantados con nuestro fracaso, nuestra desidia, nuestra despreocupación por el deterioro ambiental. Pero claro, hemos estado ocupados en otras cosas porque evidentemente debe ser mejor (o más negocio) gastar para provocar muertes en guerra, que gastar para salvar vidas en la paz.
por Rodolfo Olivera
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