10.05.2009 | Días atrás, por esas circunstancias de la docencia, cayó en mis manos uno de esos textos que, después de leídos, dejan una huella. Huella que luego se extiende desbordando las páginas para permanecer como reflexión mucho más allá de la ficción. “Una muerte mental”, cuento breve de Giovanni Papini, polémico y controversial narrador florentino fallecido a mediados del siglo XX.
El argumento es aparentemente simple: un melancólico alemán expatriado, Ottonè Kessler, perdido entre callejuelas de una ciudad italiana, decide morir. Pero lo aparentemente simple enseguida se torna complejo cuando este particular personaje explica qué forma tendrá su muerte, pues no sólo se trata de un suicidio, sino de lo que él mismo llama “un suicidio sin manos”: una pérdida progresiva de toda voluntad, porque “no esforzándose más, por nada, de ninguna manera, la vida se vacía y se desinfla por sí misma”. Y aunque irónicamente perder la voluntad de vivir le significa el más profundo esfuerzo de su vida, y aunque la vida puje por retenerlo, la agonía de vivir una vida sin sentido posible lo justifica. Perder el hambre, el deseo, el placer; quitarse las ganas, la sed, la curiosidad; extinguir el pensamiento, la angustia, la alegría, el último suspiro. Morir en vida, matarse sin manos ni ayuda externa, sin destruir el cuerpo, porque ”la vida es un lento morir y porque cada voluntad es uno de los tantos estremecimientos y estertores de esta larga agonía”.
Morir de muerte lenta perdiendo las ganas de vivir, venciendo el valor de la vida que no presenta desafíos ni se prende a ningún horizonte. No sólo angustia, más bien asusta pensar en cuántos ejemplos de muerte mental nos rodean. Deambulando como fantasmas en nuestra sociedad y nuestra cultura marcadas por el desaliento ante la incertidumbre y la desesperanza, seguramente nos cruzamos a diario con más muertos mentales de lo que creemos. Porque el término no acaba en el título de un cuento; en realidad, se trata de un concepto relativamente nuevo que intenta describir y explicar un estado psíquico que cada vez encuentra más demostraciones empíricas en la actualidad. Un muerto mental es aquel que pierde el estímulo, el deseo, el hábito de vivir; quien vence la vida de antemano porque la ha eliminado de su universo mental como certeza o como posibilidad. Resulta, entonces, que no solamente se puede estar muerto pareciendo que se vive, sino que el mundo actual cuenta con métodos de ejecución mucho más sutiles y terribles que cualquier arma o epidemia.
Me ha tocado verlos y escucharlos en las aulas donde trabajo, o en reiteradísimas ocasiones en varios canales de televisión. Jóvenes, adolescentes e incluso niños asegurando con total convencimiento que nada vale la pena, que no se puede esperar nada de ellos porque “no les da”, porque no pueden, porque no sirve de nada esperar que se superen o lo intenten. Directamente, “qué me importa, si no voy a llegar a nada”, a los diez, doce, quince, dieciocho años de edad, y de ahí en adelante o incluso para atrás.
Muerte progresiva y sumisa que consiste en ir restando parcelas de la vida, de ésa –propia o ajena- que ha perdido el valor en sí misma. Ahora que los zombis están tan de moda en el cine o la literatura, llama la atención que muchos terminen transformándose justamente en eso.
A veces están muertos mentalmente, porque han anulado o abandonado la idea de vivir, o porque no la conocen. Otras veces mueren de muerte emocional, cuando pierden la capacidad de sentir. La diferencia es o parece ser mínima, pero además de matar el pensamiento también pueden matarse los sentimientos. Ejemplos de zombis emocionales también abundan, y se ven claramente en la indiferencia, la impunidad y la desidia con que tantísimos individuos se manejan hoy en día. Empuñar un arma y decidir libremente sobre la vida de otros sin que medie algún sentimiento o pensamiento para dudar, al menos, sobre el valor de la vida y de la muerte es moneda corriente por estos días. No tan lejos de eso, ir al volante sin medir la diferencia entre conducir y jugar a las carreras también es cuento de todos los días. Por otro lado, ser presa del temor que paraliza o de la paranoia ante la seguridad y la salud, que se viven cada vez con mayor precariedad, también es una forma de morir emocionalmente. O cuando el intangible monstruo de la depresión o las fobias arrecia y no hay más alternativa que “cortar circuitos” y sedar emociones, también se extinguen la capacidad y la libertad de sentir. En ese tren, de un lado o del otro de la vía, vamos todos camino a una vida cada día un poco más desprovista de sentimientos o pensamientos que tengan que ver con vivir y no con la chance de morir en cualquier manera y en cualquier momento.
Y si no es así, a todos –porque, en definitiva, parecen ser tan pocas y tan lejanas las excepciones- puede tocarnos morir de muerte social o de muerte cultural. Ésa que se disfraza de incontables formas de exclusión para restarnos partes de la vida a las que intentamos llegar con un cargamento colmado de pensamientos y sentimientos vitales que, por más vivos que estén, no alcanzan. Quienes caen en la marginación por falta de educación o capacitación técnica, por ejemplo, mueren culturalmente. También lo hacen todos aquellos que siendo distintos por color, nacionalidad, ideología, sexualidad, creencias religiosas o capacidad económica se transforman en objetos dignos de exclusión, de muerte cultural. Ahora, cuando la superstición ha caído en desuso, la caza de brujas ya no tiene lugar y por eso se sale a la caza de los distintos; o, más que a cazar, a soltarlos bien soltados. No dar un lugar en la sociedad, con todo lo que eso implica, es marcar con el signo de la inexistencia a muchos que mueren socialmente porque no están ahí, a tantos que mueren culturalmente porque no actúan ahí.
Muertos en vida o vivos a medias, zombis con piloto automático, fantasmas que pueblan este mundo entre una breve cantidad de vivos. Muertes que se van haciendo al vivir una vida extinta en algún momento o en algún aspecto vital; o muertes que comienzan a actuar incluso antes de nacer.
Por estos días en que la muerte se ha instalado en nuestra vida cotidiana como tema constante y como una probabilidad cada vez más cercana y menos fortuita, opinólogos y pseudo intelectuales salen al ruedo queriendo definir qué tan oportuna y válida puede ser la pena de muerte, y cuál es el mejor, más óptimo y correcto método de ejecución. Hay tantos y tan variados que es difícil elegir: electrocución, inyección letal, ejecución por gas, lapidación, entre los más legales y practicados en Occidente. Otros, menos legales y visibles, se siguen practicando, quizás porque cuesta mucho perder ciertas costumbres: ahorcamiento, fusilamiento, decapitación, estrangulamiento. Algunos, no por antiguos pierden la capacidad de demostrar hasta qué punto el ser humano es capaz de invertir tanta vida y energía en inventar y perfeccionar numerosas variables de la muerte: aplastacabezas, crucifixión, picota, desmembramiento, guillotina, silla de hierro, evisceración, defenestración. La lista es tan larga como lamentable, pero cada uno tuvo o tiene su justificación legal en lo político y moral; ejecuciones válidas y legitimadas siempre que sea para quitar del camino todo lo que estorbe.
Ahora bien, ¿qué hacemos con todas las otras formas de muerte “que no se ven”? Porque, en algún punto, ya sea mental, emocional, social o culturalmente la muerte nos roza a todos. Pero parece no haber alternativa cabal y verdaderamente efectiva para eliminar a aquellos a los que más se quiere matar, los fantasmas que aunque estén muertos van por el mundo matando a otros que están más vivos. En tiempos de vampiros y hombres lobo, una bala de plata bastaba para exterminar a un fantasma. Pero estos fantasmas de hoy, además de inatrapables, parecen proliferar con la misma intensidad con la que mueren y matan. No sabemos qué hacer con ellos ni dónde ponerlos. No sabemos cómo matarlos ni cómo hacer para vivir entre ellos.
Tal vez sea porque la muerte engendra muerte; si así fuera, no estaría mal considerar la opción de cambiar los parámetros de nuestro hacer y pensar, ¿no? ¿Qué pasaría si, en lugar de invertir tanta vida, dinero, energía y pensamiento en fomentar la muerte o prevenirnos de ella no arrancamos por invertir todo lo que podamos en estimular la vida? No es que sea ingenua, pero no me gusta vivir en un mundo poblado de fantasmas. Trato de no creerme el cuento de que no pueden o que “no les da”, por eso les contesto que tendrán que esforzarse demasiado para convencerme. Al final, un pequeño puñado de ellos termina por vencer la resistencia y, sin darse cuenta, termina mostrándose vivo. Por algo se empieza…
por Anahí Cano Lawrynowicz
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