10.05.2009 | Usted se preguntará cómo se pueden vincular en una misma nota la epidemia de la que tanto ha escuchado estos días, con un aspecto cultural. Le garantizo que si hubiese estado en el vuelo proveniente de Panamá el último 29 de abril, entendería inmediatamente la conexión entre ambas cuestiones. Una experiencia digna de ser compartida.
Como ya dedujo, quien suscribe voló de Panamá a Buenos Aires cinco días después de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) alertara sobre los primeros casos de gripe porcina. El hecho generó una imagen común en muchos aeropuertos: personas con barbijos. Ya en Panamá las había, pero no se los vendía en el aeropuerto; los marketineros panameños fueron un poco más lentos que sus pares argentinos, por entonces Ezeiza ya se había convertido en una feria de venta de barbijos. Cabe aclarar que los medios de comunicación de Panamá no difundían la noticia con cierto grado de paranoia, como sí lo hacían algunos en este lado del mundo.
Como no se podían comprar allí, muchos pensamos que la empresa aérea nos proveería de “tapa bocas”, como los llaman en Panamá, cosa que no ocurrió aunque en el vuelo también viajaba gente proveniente de México que había hecho escala en Panamá. La tripulación de cabina sí contaba con los suyos propios, por lo cual no se hacían cruces ante cada estornudo de los pasajeros, como sí le pasaba a la señora sentada a mi lado…que venía de México y de cuyos relatos deduje que no se había preocupado mucho durante sus vacaciones allí. Tanto disfrutó que olvidó el contexto, aunque sí lo recordaba frecuentemente en el avión. Después me enteré que los barbijos sólo previenen durante dos horas, así que señora compañera de avión, si alguna vez lee esta nota, despreocúpese: haber tenido barbijos no la hubiese ayudado durante todo el vuelo más que para poder dormir tranquila (cosa que, en particular, hubiese agradecido ya que sus nervios eran más contagiosos que la gripe porcina).
Al aterrizar, y tras completar un formulario referido a cuestiones de salud, nos informaron que Sanidad nos haría determinados controles.
Al descender fuimos literalmente tratados como “maletas de loco”. De acá para allá, yendo y viniendo. Nos informaron que íbamos a ser escaneados y que nos tomarían la fiebre. Sin embargo, y aunque estuvimos cincuenta minutos dando vueltas, ninguna de las dos cosas ocurrió. Nos hacían permanecer largos minutos en lugares de donde luego nos informaban que debíamos retirarnos. Finalmente nos dejaron salir, sin los supuestos controles.
Desde el descenso del avión hasta la salida al encuentro de familiares y seres queridos, comencé a descubrir las diferentes facetas del argentino. Aquellas que, para bien o para mal, nos caracterizan tanto que le permiten a uno reconocer que arribó a su patria. Viví la argentinidad manifestada en exponentes muy particulares. Por ejemplo, el argentino sabelotodo que durante toda la hora de espera de los controles que nunca vinieron, se cansó de repetir con firmeza: “acá lo que hay que hacer es…”. Lo curioso es que frecuentemente cambiaba de metodología.
El argentino de extrema izquierda, que acusaba a una señora que sólo repartía folletos de información sobre los síntomas propios de quienes padecen gripe porcina. Quien subscribe decidió intervenir con un simple comentario: “señor, esto no es culpa de la señora, ella simplemente está encargada de repartir estos papeles”. A lo que quien bautizo de izquierdista respondió: “sí, es culpa de ella también, porque esta desorganización es culpa del sistema y ella forma parte del sistema”.
También estuvo el argentino de extrema derecha: “en épocas de los militares esta desorganización no se veía”; sorprendente capacidad de establecer conexiones…
Y el argentino que cree que su país es el peor: “siempre igual en Argentina”, “no aprendemos más”, “esto no pasa en otros aeropuertos del mundo”, “somos un de-sas-tre”, “así nos va, culpa de gente tan desorganizada”. Aunque también está el argentino que cree que su país es el mejor, ausente en este vuelo, pero todos sabemos que existe.
No faltó el argentino (mal) informado: “se pusieron así porque en Argentina ya murió gente de gripe porcina”. No preguntaba; afirmaba, y ante quien indagó “¿sí?”, su respuesta con mucha tonada argentina fue: “seeeeee”. Aclaración: desconozco si al día de publicación de esta nota habrá casos, pero al 29 de abril no se habían producido muertes por gripe porcina en nuestra nación.
Tampoco faltó el argentino (1) + (6): “¿para qué me quieren hacer controles, si yo no vengo de México?”; el hombre parecía saberse sano, en su fiel convencimiento de que uno podía enfermarse sólo en México. Ni el argentino individualista y apurado: “justo a mí, con la cantidad de cosas que tengo que hacer”. Ni el argentino fundamentalista: “si alguno tiene el virus este, con la cantidad de estornudos que hubo durante el vuelo nos morimos todos”. Ni el argentino que mientras estuvo de vacaciones nunca se acercó a un medio de comunicación: “¿qué pasó?”, más explicación seguida por un “ah…con razón los barbijos”. Ni el argentino manifestante que, tras la demora y la falta de explicaciones, comenzó a aplaudir, acto rápidamente imitado por la mayoría; si hubiesen traído cacerolas en las valijas de mano, yo hubiese sido testigo del nacimiento de un nuevo cacerolazo argentino.
Estuvo también el argentino despreocupado que se mantuvo atrás silbando. Mis más sinceras felicitaciones. Aclaración: este personaje no se asemeja a ninguno de los anteriores, por lo que posiblemente haya sido un turista extranjero que no entendía español.
Y el argentino que creyó que el aeropuerto era una cancha de fútbol (no voy a plasmar aquí las barbaridades que salieron de su boca); el argentino creyente con las manos apretadas junto al pecho, seguramente encomendando su salud a todos los santos. El argentino rencoroso: “si los mexicanos nos traen la gripe esa acá, nosotros tendríamos que mandarles el dengue allá”; en lo personal, evalué la posibilidad de desearle feliz día del animal a este personaje. (A propósito ¿en qué quedó lo del dengue? Desde que llegué no he oído hablar de esto, como si la gripe porcina hubiese curado el mal del que se hablaba a mi partida). Y, finalmente, el argentino que apela a los sentimientos de la gente de seguridad: “señora, estamos cansados, venimos de dormir mal, hay gente mayor que venía en el avión y no los pueden tener así… ¿nos deja ir por favor?”; con frecuencia este argentino también es conocido como “el chamuyero”.
Como verá, no faltó ninguno a excepción del que cree que su país es el mejor. Seremos lo que seremos, pero no se nos puede acusar de falta de diversidad, aun en los peores momentos.
por Juliana Gargiulo
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