17.05.2009 | Supongamos que usted tiene en casa un niño o niña en edad de merecer manejar o beber alcohol. Supongamos que el niño o niña desarrolla ambas actividades. Supongamos que alguna vez, de tanto en tanto, o siempre, se extralimita. Si vive en San Francisco, Córdoba, vaya consiguiéndose un cargamento de aspirina y otro de buena moneda, porque usted, señor padre, pagará toditos los exabruptos de su cría.
En la localidad de San Francisco, provincia de Córdoba, las autoridades se han puesto de acuerdo en dos cosas: que sólo son padres de sus propios hijos, y que quien así no lo entienda deberá pagar por ese fallo conceptual en dinero, que parece ser el idioma que más directamente se comprende en el mundo entero, sin necesidad de traductor ni curso especial.
La decisión ha salido del Concejo Deliberante de esa ciudad mediterránea, pero no hay quien, aun perteneciendo a otras expresiones del poder constituido, no se haya subido al tren del castigo al adulto a cargo. Los padres cuyos hijos menores de 18 años hayan sido hallados en bares o pubs consumiendo bebidas alcohólicas, o de cualquier edad contraviniendo las ordenanzas vigentes en referencia al manejo responsable de un vehículo o de conducirse con decencia y respeto por la propia persona, por el prójimo y por la propiedad ajena, pública o privada, deberán abonar multas que van desde los 300 a los 3.000 pesitos. Es eso, o educar al niño previamente, cada uno verá qué le resulta más conveniente a todos los fines.
Aducen las autoridades que desde que la norma rige se han labrado más de 200 actas de infracción. Que, en general, los papis pagan sin chistar, a sabiendas de que el nene o la nena han andado haciendo de las suyas; pero que hay otros que la van de matones ciegos, y que esos son los verdaderamente preocupantes, desde lo institucional familiar y desde lo colectivo o comunitario en una población medianamente reducida. Nunca es sencilla la convivencia entre quienes asumen la existencia de un problema y quienes la niegan, clausurando así toda oportunidad de solución o salida negociada.
Poniendo estaban los gansos
Usted dirá, estimado, que no es fácil ser padre hoy en día. No, qué va. Tampoco debe haberlo sido en las épocas en que los que hoy somos padres, todavía no éramos. Éramos más bien hijos, y todo esto ni siquiera sobrevolaba nuestros intereses más elementales. Todo nos sabía a rosario gratuito, a mantra insignificante y amanerado, a una pesadez de los viejos que se acrecentaba a medida que envejecían las tapas y las hojas de sus libretas de enrolamiento.
Es rigurosamente cierto que los padres contemporáneos nos enfrentamos cotidianamente a situaciones que antiguamente eran infrecuentes, raras, atípicas, aisladas o simplemente inexistentes. No hablo en este caso del alcohol o las drogas (que los hubo desde tiempos inmemoriales) sino, por ejemplo, de todos los inconvenientes escolares, sociales, familiares o relacionales que acarrea el uso indiscriminado e ilimitado de la computadora con su socio Internet.
Los reduccionismos conceptuales o semánticos, y suelo ser muy insistente con esta cuestión, conducen por lo general a diagnósticos desacertados y por tanto, a falsas soluciones. La Red de redes no es en sí misma un problema: es una herramienta de la modernidad absolutamente extraordinaria que ha viabilizado y democratizado la comunicación y el acceso a la información de un modo inmediato y económico. El uso que de ella haga cada sujeto, mayor o menor, no es parte de los atributos de este ingenio tecnológico y mediático, sino una prerrogativa personalísima que incluye principios y valores autoimpuestos, edificados por los padres o de imposición reglamentaria. Es el de la mala utilización de Internet un caso paradigmático, vulgarmente hablando, de un porcino (sin gripe) al que se le ha decretado toda la culpa, mientras el señor que lo alimenta silba y mira para otro lado.
Con el consumo de alcohol –porque entiendo que el fenómeno vinculado a los estupefacientes tiene otras aristas un poco más complejas- por parte de los chicos pasa más o menos lo mismo que con el uso de Internet: ante la perplejidad de un sistema que demanda responsabilidad parental, los padres suelen elegir el camino abreviado de culpar a un alguien impreciso, sin identidad, sin historia, sin razones personales para hacerse cargo, que es la autoridad nominal. Y digo autoridad nominal y no Estado, porque algunos padres pretenden, en su cuasi criminal indiferencia y negligencia respecto de sus propios hijos, que sean los dueños de los bares a los que los chicos concurren quienes le pongan al asunto un punto de razonabilidad y criterio. Criterio del que carecen, pues su propósito originario y fundamental es vender: son comerciantes no niñeras. Sin mencionar el punto de que los chicos salen con documentación falsa, con conocimiento de sus padres. Qué autogestionado el nene, y qué omnicomprensivo el papá.
Usted podrá señalar aquí, con justa razón, que sí, que está bien que el comerciante quiera vender a todo aquel que quiera comprar, pero que también existe una legislación limitante para él, y que en caso de no cumplimentarla, también deberá pagar por sus culpas y su ropita sucia. Sí señor, es así. Y es así porque el papá de los comerciantes dedicados a la nocturnidad y sus vicios es el Estado. Es el Estado el que dice a quién se le puede vender y bajo qué condiciones, y el rebelde, el que hace oídos sordos o el que privilegia su cuenta bancaria por encima de sus obligaciones contractuales tácitas –apegarse a la ley es una-, tendrá que responder con su patrimonio.
Ahora bien: si más o menos funciona para esa relación, la del comercio nocturno y el Estado, y a todos nos parece natural y correcto el peso fiscalizador de la autoridad, ¿por qué no conseguimos hacerlo funcionar en casa, cuando la regla es aun más clara y por ende de mejor aplicabilidad, porque el individuo sujeto a “regulación” es apenas uno –o dos, o tres- y además se llama hijo y lo queremos con el alma? No tengo certezas científicas, obvio es, pero se me ocurre que en la última parte de la oración precedente está el núcleo de este conflicto de renuncia al rol. Sospecho que, entre otras muchas causas que anidan en los traumas y dislates generacionales, algunas entrañan un profundo e irracional terror a perder el amor de los hijos a partir de hacerles saber que el intercambio puede ser sumamente amistoso, pero hay una relación para con ellos de verticalidad insustituible, irrenunciable. Huelo que muchos padres no se atreven a indicarles a sus hijos adolescentes qué es posible, qué es permitido y qué no, por cercanía: es más fácil que se ocupe otro que no los quiere y a quien ellos no quieren, porque es la única escena posible en que la desobediencia o el desamor no afectan, no destruyen.
Mire usted, que aquí hay alguien que es capaz de abonar la hipótesis opuesta. Pienso, siento y suscribo que hay algunos actos de amor evidente respecto de los hijos. Primero, el de enseñarles con la contundencia del ejemplo, sin discursos, que la ley y la autoridad no son los enemigos de una vida de feliz extroversión. Que diversión y quebrantamiento de los derechos ajenos no es sinónimo. Luego, que establecer reglas de juego, límites precisos, iniciarlos en la compleja búsqueda de los propios límites es amarlos hasta el infinito. La indiferencia es lo contrario del amor, no el odio. No preocuparse por ellos, por su seguridad, por su bienestar y el de aquellos a quienes nuestros hijos puedan perjudicar con sus acciones, es no quererlos en lo más mínimo, aunque disfracemos el asunto de algo propio de vanguardistas y abiertos de mente. Muy abierto de mente y muy tolerante a la frustración hay que ser para bancarse un chico sempiternamente enojado, confrontativo o encaprichado por imponer su voluntad a cualquier costo, incluso el de su propia integridad. Quiero significar: hay que ser muy pero muy padre para decir no, fundamentarlo y sostenerlo con la razón y el corazón.
Entonces, mi querido padre o madre que sucumbe ya a “la previa”: si el ejemplo cordobés cunde, se verá obligado a amontonar mangos en el chanchito para cuando los chicos le lleguen chuecos, más embebidos en licores que un borrachito de la Boston. Si le parece que levantar el índice y el tono es comprarse toda la serie para que el pichón de gorila le retire el saludo por las próximas tres vidas, siempre puede mudarse a San Francisco, que allí hay gente que se lo van a atender como corresponde. Y capaz que a la familia completa le viene al pelete el airecito serrano para despejar las ideas y recuperar la vertical en todos los sentidos posibles.
por Viviana Hernández
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