31.05.2009 | Cualquiera diría que hay algo en el agua. O que las propiedades inespecíficas de una piedra movediza que ya no se mueve han afectado la composición del aire. O que la “culpa” la tienen los salamines. O, o, o. Lo cierto es que en Tandil se cocina una rareza festejable, casi mágica: los buenos tenistas brotan como hongos silvestres, de a manojos, guachos de entrenadores diplomados aunque destinados a los grandes titulares.
Cuando asomó el primero, Mariano Zabaleta, uno puso cara de asombro y pudo haber balbuceado una tontería del estilo “mirá vos, che, Tandil. Un pueblo casi…”, ignorando la historia y las estadísticas que indican que de los pueblos, mayoritariamente, es de donde surgen presidentes, vices, escritores inolvidables y nobeles, astros del fútbol, estrellas de cine y, por qué no, tenistas excelsos. Hoy Mariano, el sobrino de Teté, con más horas de cámara en Tenis Pro que de transpirar la camiseta, con menos lesiones acumuladas que horas de vuelo, hastíos y soledades de hotel, ha dado paso a varios coterráneos hambrientos por la “pole”.
Así como el sol del 25 suele asomar, tímido, receloso entre tanto prócer de bronce para implantarse soberano entre el mediodía, la carbonada y los pastelitos fritos, como copiando esa impronta de menos a más llegó Juan Martín del Potro al cosmos estelar del tenis de primera. De Tandil también el chico, claro. Difícil pasar desapercibido si se exceden los dos metros de humanidad; sin embargo, esas alturas poco sumisas contrastan todavía con la personalidad huidiza y avergonzada del muchachito, siempre más dispuesto a hablar con sus golpes de impecable factura y sus proverbiales partidos de Play Station que a responder a la requisitoria del periodismo vernáculo e internacional.
Juan Martín es soldado, militante y puntero de la segunda refundación del tenis nacional. En la orgullosa protohistoria del deporte cuenta, por encima de cualquier otro, el marplatense y universal Guillermo Vilas, que tanto primer nombre prestó a chicos que pueblan courts de juego de sitios recónditos, alentados por padres esperanzados en rentas vitalicias. Lejos han quedado aquellas épicas batallas de Willy con otros monstruos del encordado: Jimmy Connors y su pelo de bordes de taza, Mc Enroe y sus rabietas reconcentradas, Björn Borg, Iván Lendl. Aquellos Príncipes de las Mareas Blancas fueron los que sentaron las bases de un gusto por este deporte que no languidece ni desentona con las masas.
Antes de Juan Martín y “Piquito” Mónaco, “Machi” González y Diego Junqueira, los tandilenses, vinieron otros que nos hicieron creer, como nos hacen creer a menudo los chicos de la número 5, que éramos algo así como el Pueblo de Dios en pantaloncitos cortos. Culpa no hay, pero la evidencia estuvo en aquella final de Roland Garros de 2004, que enfrentó raquetas en ristre a dos compatriotas ya muy enfrentados fuera de la cancha: Guillermo Coria y Gastón Gaudio. El primero, de Santa Fe; el segundo, de Temperley. No fueron pocas las almas confundidas que no supieron entonces por quién inclinar su favoritismo, por cuál de los dos hacer ondear la celeste y blanca, contra quién dirigir un insulto inconsciente y espontáneo, como se hace naturalmente contra el extranjero. Hora aquí, hora allí, hubiera dicho un español culto del medioevo, época en que se decían peores cosas y un partido bien valía la vida o la muerte.
Tuvimos buenas y buenísimas noticias que bajaban de Córdoba, con tonadita, ojos celestes, pelo rubio y una muñeca de colección. Empezamos a corear sus conquistas con acentuación aguda en apellido armenio, y conocimos entonces la epopeya de las victorias individuales y sus condiciones para liderar un grupo que más tarde se autodefiniría como La Legión, en franca oposición a un grupo similar de la Madre Patria, impúdicamente intitulado La Armada. Creo no equivocarme si aseguro que fue por entonces que los argentinos empezamos a codearnos con el tenis en primera persona del singular y descubrimos como una novedad el mapa interior de la República Argentina, para pronunciar denominaciones como Unquillo, o Venado Tuerto, sin dudar ya que no se trata el último de un animalito de escasa visión sino del pueblo de origen y residencia del subcampeón del abierto francés en 2004.
No sos vos, es Tandil
Hay gente que empeña gran parte de su vida en una pregunta de improbable respuesta: ¿qué tiene fulano, fulana, que yo no tenga? Quién pudiera decirlo, porque las personas no son una suma, resta, división o multiplicación de cualidades personales sino la conjunción más o menos imperfecta de circunstancias generales y particulares, que nunca más vuelven a acontecer de igual modo. Entiendo que la tonta pregunta y su obvia respuesta serían perfectamente aplicables al tenis. ¿Qué tiene Tandil que no tenga, por ejemplo, Carlos Casares, si también es provincia de Buenos Aires? O Sierra de la Ventana, si también, además de ser territorio bonaerense, hay serranías visibles y contables… ¿Por qué no Olavarría, que tiene el mejor cemento del país, por lo que podrían hacerse increíbles canchas de ese material, de las que Tandil carece? ¿Por qué no Mar del Plata, si al fin y al cabo somos los agraciados dueños de la marca de la historia del tenis nacional, y subsisten casi impecablemente los campos de juego que parieron tal destino? ¿Por qué no?
Y, porque no. No porque no. Porque fue Chascomús y no su vecino Maipú el pequeño poblado cuasi rural que dio a luz al primer presidente de la democracia, después de la noche, la niebla, y un tono de verde que no nos animamos a rememorar ni siquiera en los cuadros. No porque fue en la mínima Timote y no en la urbana Pehuajó adonde un grupo guerrillero condujo hace muchos años a un general secuestrado, para sentenciarlo a muerte en forma sumaria y clandestina y ejecutar por fin a un tipo que se negó, como último acto vital, a atarle los cordones a su verdugo. Sucedió allí y entonces, y en ningún otro tiempo o lugar.
En todo acontecimiento, sea de la naturaleza que sea, hay caminos que se entrecruzan de forma inexplicable e inapelable. Choque de planetas, cosa de brujos, la buena fortuna, el plenilunio, causalidades nada casuales, vaya uno a saber, pero no hay experiencias que puedan replicarse con exactitud. Tandil, ciudad cabecera del partido homónimo, ubicada en el sudeste de la provincia de Buenos Aires y sobre estribaciones del macizo de Tandilia, con una población que sobrepasa mínimamente los 100.000 habitantes y sede de una universidad pública que enorgullece a propios y ajenos, es la fuente en la que abreva hoy sedientamente el tenis argentino y el del mundo. No hay, en este peculiar sentido, ninguna otra ciudad que se le parezca ni que la equipare.
Es el sitio que le ha hecho decir al que el deporte rinde los honores del más grande entre los grandes de todos los tiempos, el suizo Roger Federer, que de allí vendrá el que está llamado a ser su posible sucesor. Sí, Del Potro, el pibe que hasta no hace mucho gastaba zapatillas y tardes en el Club Independiente. El que le hacía los mandados a la mamá a regañadientes, seguro, y les tiraba del pelo a sus hermanas en peleas de entrecasa.
Uno suspira y dice, estúpidamente: “mirá vos, che, Tandil. Un pueblo casi…”.
Sí. Tandil. Al gran pueblo serrano salud. Por lo que sea que haya allí que no hay en ningún otro rincón de la República Argentina ni del planeta Tierra. Por esa conjunción graciosa de una piedra movediza que ya no se mueve pero sigue convocando turistas; por la nobleza de un picadillo de cerdo que conmueve estómagos y triglicéridos; por el Calvario que sólo es tal en Semana Santa. Por todo y nada de eso, por los Mónaco y los Del Potro, los González y los Junqueira, por las vibraciones que nos traen y nos llevan, por ese no sé qué que nos provoca tantos qué sé yo a los amantes del buen tenis lindo, no te mueras ni te muevas nunca, Tandil. Que falta nos hacés.
por Viviana Hernández
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