07.06.2009 | Socios, colegas, compañeros de parrandas y acuerdos por el bien común. Todos cumpas a la hora de permitir y castigar. Por acción u omisión, todos hermanos, hermanas y miembros de alguna cofradía donde el secreto nos reúne y nos conserva unidos.
En 1789, mientras arengaba y estimulaba las revueltas por la toma de la Bastilla desde su celda, el Marqués de Sade y su nombre intentaban ser borrados por la mano de la Iglesia. Poco tiempo antes había escrito y publicado clandestinamente sus textos más subversivos: novelas y tratados filosóficos que el clero persiguió, prohibió, incautó y quemó. Tan amante de las sociedades secretas y de la vida fuera de la ley como sus propios personajes. Entre ellos, la pequeña Juliette. Junto a su autor, fue la creadora y ejecutora de la “Cofradía de los Amigos del Crimen”, sociedad secreta y clandestina dedicada a practicar el libertinaje en todas sus formas posibles e inimaginables.
Basándose en la ley estricta de su propio estatuto, la Cofradía establece la obligación de todos sus miembros a obedecer a sus impulsos, aun cuando sean considerados como crímenes. Allí, los vínculos conyugales y sanguíneos no son impedimento para la práctica de los placeres; tampoco las distinciones de edad, género o religión. Como miembros de una familia, todos colaboran entre sí para procurarse satisfacción y protección. Admitiendo la glotonería, la embriaguez y el lenguaje vulgar, los miembros disponen de dos harenes: uno, de trescientos muchachos cuya edad oscila entre los siete y los veinticinco años; otro, de niñas entre los cinco y los veintiún años de edad. Cada miembro puede disponer de los harenes con absoluta libertad, ya que están absolutamente subordinados a sus deseos, haciendo de ellos “exactamente lo que se les antoje”; y sin reparar en las pérdidas, pues siempre habrá “nuevos equipos de adiestramiento para llenar las ausencias”. Cada harén contará con comadronas y cirujanos cuya función se limitará “no a prestar ayuda humanitaria, sino a colaborar en los tormentos”. Además, “cada harén está rodeado de altas paredes y ventanas protegidas por barrotes”. Y ningún miembro “podrá revelar secreto alguno de la sociedad”.
Ni Sade ni Juliette habían inventado nada nuevo. Las “prácticas libertinas”, que incluían desde el robo simple hasta el abuso físico y sexual de niños, eran ya una práctica real e instituida en la sociedad. Un mal endémico que más de dos siglos antes, en 1545 y por medio del Concilio de Trento, la Iglesia Católica había condenado declarando que “ofender la inocencia de los niños” es el cuarto pecado más abyecto. Uno de los que claman venganza “en nombre de Dios”, luego de negar los derechos de Dios, los de la Iglesia misma y no pagar al obrero lo que se merece.
Así que, protegidos por sus santos y señales, sus hogueras y sus biblias, los hermanos de la Fe salieron a buscar y condenar a los hermanos del crimen para mantener y conservar la sana y santa vida de sus corderos. Confinado a la obscenidad y la clandestinidad, el Marqués moriría tiempo después dentro de su celda. Su legado prosperaría y se propagaría más allá de su propia imaginación.
Pasaría el tiempo, y entre 1940 y 1980 -entre otras tantas- la Iglesia irlandesa recordaría con la práctica constante y sistemática las enseñanzas del Divino Marqués. Tras los muros de sus 250 instituciones para menores, durante 40 años, 35.000 niños y niñas serían sistemáticamente maltratados, castigados, golpeados, humillados, abusados y violados para satisfacción de monjes, monjas y laicos.
A la orden de los mandatos y el poder reformador de su dios, la orden de los Hermanos Cristianos y las Hermanas de la Misericordia dispondrían a gusto y antojo de sus renovados harenes de niños y niñas acusados de robos menores o deserción escolar, de hijos abandonados o de madres solteras. Sólo debían cumplir con la obediencia debida a sus placeres, con la máxima ley del secreto y la protección mutua. Pero, como todo concluye al fin y cada fiesta tiene su final, a mediados de 2009 la Comisión sobre Abusos a los Niños publicó el “Informe Murphy”, un documento de más de 2.600 páginas con relatos de sobrevivientes, testimonios y descripciones de torturas de toda índole que empañó la buena fama de uno de los países más católicos de Europa.
A ver si le suena conocido… En esa red de escuelas técnicas, reformatorios, asilos y hospedajes católicos “había barras en las ventanas, y los maltratos y abusos sexuales eran continuos”. “En algunas escuelas se aplicaban rutinariamente golpizas rituales. Se golpeaba a las niñas en todas partes del cuerpo con artefactos diseñados para provocar el máximo dolor”. “Era un chico y todos los días un sacerdote abusaba de mí. No había forma de evitarlo. Los alumnos más grandes completaban los abusos con ‘supervisiones’ nocturnas en complicidad con los curas”. "Si mojabas la cama, un Hermano te ataba la sábana al cuello y te obligaba a correr por todo el patio para que todos vieran la mancha". Los hermanos en el abuso “podían operar sin ser detectados por largos periodos en el corazón de las instituciones debido a una cultura del silencio”. Sus víctimas solían ser “acusadas de corruptas y castigadas severamente”.
Como un verdadero catálogo de la crueldad, el informe no ahorra detalles y deja poco margen a la imaginación. Gran parte de los protagonistas reales de esta historia infame ya murieron; de los que no se suicidaron, unos pocos se atrevieron a contar sus secretos, y fueron tratados de mentirosos por la sociedad católica de Irlanda. Al momento de hacerse la lectura pública del informe no se los dejó ingresar al salón donde se llevaba a cabo la conferencia de prensa que llenaría de gloria a las autoridades policiales y judiciales. Puertas afuera, en la calle, serían maltratados todavía por los espíritus religiosos que los acusaban de deformar la verdad en nombre de… ¿qué?
Algunos valientes hermanos de la Curia aclararían que estos crímenes no son nada “en comparación con los millones de vidas destruidas por el aborto”, o que “el Holocausto de los judíos no existió”. Será que uno entendió mal las cosas porque, según parece, el ojo de Dios no mide ni juzga a todos por igual. Mientras las madres y niñas que abortan, o los médicos que las ayudan, son desterrados del renio de Dios mediante la excomunión, los Hermanos de la Fe se protegen de la expulsión del clero resistiéndose a reconocer las denuncias o a pedir perdón (otra enseñanza que tal vez entendimos mal), o acusando de chantaje a los denunciantes que sólo quieren cobrar indemnizaciones. Indemnizaciones que de antemano reconocen como inviables, pues los fondos ya están destinados a la inversión en campañas antiabortistas o anti-anticonceptivas y no queda más vuelto. A menos que el único vuelto que esperen sea algo como “siento una enorme vergüenza y pienso en lo que han sufrido tantas víctimas inocentes durante tantos años”, al mismo tiempo que los testigos denuncian con nombre y apellido y se asegura el anonimato de los culpables.
Siendo tan consecuente como lo es con sus propios principios, en la prensa del Vaticano reina absoluto silencio. Benedicto XVI, tras bambalinas y haciendo mutis por el foro. Que los hermanos sean unidos es la ley primera. Para no ser devorados por los de afuera se hermanan con un lazo tan estrecho e indisoluble como la Fe, el secreto o las costumbres y anécdotas compartidas. Total, ¿qué se puede hacer con un mal endémico sino cuidarse y preservarse, para que no los devoren ni los de adentro ni los de afuera? Hasta que el lazo del secreto forma una cadena interminable de culpables, víctimas y cómplices donde todos somos hermanos y hermanas en el miedo, la cobardía o el dolor.
Se callan y se hermanan con sus educadores los alumnos abusados, en la primaria, la secundaria y la universidad -al momento de escribirse esta nota, el consejo académico de la Facultad de Agronomía de la UBA se reúne para decidir qué hacer con un docente pescado in fraganti mientras espiaba a sus alumnos/as a través de una perforación en el baño. Los demás docentes toman el ejemplo del Papa; los alumnos y becarios no denuncian por temor a la “excomunión académica”. Es cosa sabida y resuelta que “no va a pasar nada”-.
Se callan y se hermanan con sus padres los hijos abusados. Y los hijos de esos hijos. Y los primos de los primos. Y así, toda diferencia se disuelve en lo común entre todos, cumpas, socios y hermanos del silencio. Amén.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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