28.06.2009 | Pocas cosas son más sencillas para el periodismo que criticar a los políticos. No hay uno que esté a salvo, y con razón. Sin embargo, en las campañas electorales se desnudan, como en pocas otras ocasiones, la fragilidad de muchos argumentos críticos y la falta de rigurosidad periodística. Pero la poca exigencia del público no sólo lo permite, sino que lo incentiva.
No son pocos los que dicen que hacer periodismo sobre periodistas es un mal hábito de la profesión. Puede haber algo de cierto. Pero también es cierto que los camaradas estrella están tan expuestos a la crítica como lo están las estrellas del deporte, del arte, del espectáculo o de la política misma. No se puede escapar de ello aduciendo inmunidad profesional.
¿Cuál es la crítica –autocrítica, para ser más precisos- al periodismo político? La de hacer -cuándo no- demagogia barata. Aprovechando cierta distracción de la ciudadanía-público que, irritada con la política y sus actores por los magros resultados que de ella surgen, pierde de vista que la mayoría de los cronistas no hacemos otra cosa que fomentar en los políticos aquello que -en aparente paradoja- más les criticamos. Por tomar algunos ejemplos clásicos, las campañas electorales, la falta de propuestas, las permanentes peleas internas o la poca transparencia.
Bastó con sentarse frente al televisor en cualquiera de las noches previas al comicio que por estas horas tiene lugar, para ver que más del noventa por ciento de las preguntas de los periodistas no buscaban que el entrevistado se explayara en las propuestas para educación, salud o seguridad que tenían sus partidos o alianzas. Por el contrario, como si se tratara de programas de chismes del espectáculo, casi todas iban cargadas con la intención de buscar la respuesta altisonante o irritada del político de turno para con su adversario o hasta su socio político. Eso no es sagacidad periodística, es periodismo amarillo de poca monta.
Eso sí, al comienzo o al fin de cada audición radial o televisiva, o de cada columna escrita en los medios gráficos, la perorata de críticas por la falta de propuestas e ideas fueron un lugar común de periodistas de izquierda, de derecha, peronistas, antiperonistas, hombres, mujeres, veteranos y novatos. El escriba de estas líneas apenas si detectó, en toda la campaña, la aceptación de tal desviación profesional por parte de Alfredo Leuco, en un programa radial del que es comentarista político. Por supuesto, por casa no estamos exentos de pecado. Cuestión que no nos impide, como se aprecia, arrojar todas las piedras que consideremos necesario con el propósito de mejorar la perfomance en el futuro.
Hay un paralelo que se puede trazar entre este defecto del periodismo y ciertos vicios perversos de los políticos que florecieron en esta última campaña: la permisividad, y hasta la aceptación de la población de tales desviaciones.
Así como, por ejemplo, las candidaturas testimoniales funcionan, al menos en algunos casos, como una extorsión a determinados intendentes -el caso de Pulti, en Mar del Plata, es bastante obvio al respecto, aunque no es el único-, se puede decir que la gente no ha expresado un rechazo concreto a la corrosiva práctica. Al menos al decir de las encuestas y hasta tanto se cuenten los votos, la mayoría de los candidatos testimoniales va a tener un apoyo electoral importante. Es decir, es el público, la ciudadanía, la que avala algo tan degradante.
Lo que ocurre con el periodismo es similar. La gente, es decir, los lectores, los oyentes y los televidentes, avalan con su consumo -rating- a aquellos programas donde se incentivan los costados ridículos, banales y hasta perversos de la política por sobre los pocos en los que se pueden escuchar o leer propuestas de solución a los infinitos problemas del país. En pocas palabras se podría decir que la culpa, en este caso, no es del chancho.
Hemos podido presenciar hasta el cansancio los planteos acerca de lo buena, regular o mala que es la relación de De Narváez con su compañero de fórmula Felipe Solá. Pero fue casi imposible encontrar periodistas que le preguntaran detalles del famoso “plan” que tiene el empresario de cabeza colorada para combatir, entre otras cosas, la inseguridad y el desempleo.
Los centímetros que ocuparon los dimes y diretes entre el vicepresidente Cobos y “Lilita” Carrió por la foto esta o el dicho aquel, fueron cien veces superiores a los destinados a desarrollar las propuestas que el Frente Cívico y Social tiene para ofrecernos a los ciudadanos.
Lo mismo puede decirse sobre infinidad de relaciones entre políticos de todos los sectores, palabras voluptuosas de dirigentes de uno y otro lado; todas dichas sobre micrófonos ávidos de “pescar” algún insulto que levante medio punto el minuto a minuto o sirva para el titular del día siguiente. Eso sí, a los debates sobre los temas medulares, o a las exposiciones de los conocedores de problemáticas específicas, no se manda ni un móvil desocupado.
La lógica del mercado, tan útil para el desarrollo económico de las sociedades, privilegia el espectáculo por sobre la idea, la cáscara por sobre la pulpa. Y el mercado, en este caso, somos los receptores de la información. Los mismos que privilegiamos veinte o treinta veces más la parodia de la política que hace Tinelli por sobre los aburridos programas de la política real. No estaría mal que así fuera, si al día siguiente no existieran esas estúpidas críticas a los políticos por no decir lo que a la gente le interesa oír.
La política no es interesante en Argentina, como no lo es en Chile, en Australia ni en los Estados Unidos. Es una proporción muy minoritaria de la población la que se ve atraída por las ideas de los políticos. Pero no existe en esos lugares la esquizofrenia que existe aquí por echarle la culpa a los políticos por ese natural desinterés del público hacia su actividad. En todo caso, esperan de ellos que sean eficientes cuando les toca ocupar posiciones de poder, y no que lo sean en entretener a las audiencias con sus ideas.
No sólo en la época de los romanos a la gente le gustaba consumir pan y circo. Conscientes de ello, muchos periodistas creen que la política no tiene por qué dejar quienes aporten al circo sean las demás actividades. Y hacen lo imposible por conseguir ese aporte.
por Enzo Prestileo
Recomendar Nota a un amigo
Un ciudadano vio destrozada su casa por los avances de una obra en construcción del terreno lindero, y la justicia no lo respalda. Ya no tiene qué puerta tocar, y parece que la empresa en cuestión consiguió, simplemente, más respaldo que él. Mala suerte, parece decir el juez.
En 1998 escribí en este mismo espacio la columna que destapó la conducta del fiscal Marcelo García Berro -hoy en funciones en los tribunales federales de San Martín- respecto del consumo de prostitución. En aquel momento la ciudad estaba sacudida por la idea de un asesino serial que se ensañaba con las prostitutas, concepto que fue ampliamente difundido y aún permanece en la memoria colectiva.
Ninguno de los 26 casos ha sido esclarecido. Ni las muertas que aparecieron descuartizadas, ni las desaparecidas -incluida Verónica Chávez, nexo con García Berro- han tenido otro destino que el desistimiento de la autoridad judicial en todas las causas. El tiempo pasa, el papel se amarillea, y la conciencia débil de una sociedad que considera a la prostituta un sujeto de menor cuantía contribuye a la impunidad.
Denuncia la falta de convocatoria a la audiencia pública por parte del ejecutivo municipal para tratar el presupuesto para el aumento de tasas.