Noticias & Protagonisas

99.9 Radio Mar del plata
JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Misceláneas

A pedal

Descripcion

28.06.2009 | Los grandes de la vida tienen esta particularidad: los mirás y no acertás a definir qué los distancia kilométricamente de vos, mortal tan común entre los comunes. Y claro, es que Saint-Exupéry supo tener tanta razón con aquello de lo esencial, los ojos, la invisibilidad y todo el cuento…

He tenido escasa oportunidad de contemplar de cerca la grandeza humana sin baratija y sin pretensión, de esa que se presenta lavadita, de entrecasa, e igualmente reluce. De esa que hace que uno se pregunte en qué lista no estuvieron los padres, a qué reunión de congéneres con proyecto paternal faltaron, razón por la cual no vinimos a este tránsito tan dotados como el fulano grande de verdad. En qué lotería se nos asignó la serie incompleta, el numerito equivocado, qué déspota inescrupuloso nos privó de ese código único, irremisiblemente ajeno. En fin, que ya no tiene remedio, regurgita uno a solas, entre envidias mal disimuladas y asombro jamás procesado. Y es así, esta gente fabulosa, distinta por doquier, es tan igual pero tan igual a sí misma y a cada uno de los diferentes que aquellas dudas existenciales quedarán eternamente insatisfechas.
Todo esto viene a que hace unos días, a propósito de la cuarta -si es que no me perdí en la cuenta- edición de la multiconvención de fitness denominada "Mar del Plata entrena", tuve la inconmensurable fortuna, el discrecional privilegio de pedalear y luego conversar extensamente con Juan Curuchet, ciclista local y justo adquirente del oro olímpico en la prueba americana en los Juegos de Beijing 2008.

Soy lo que hago

Parece una frasecita boba, una de esas tantas que pronunciamos al cabo del día, cuando hay que llenar los vacíos mentales con algo que aparente un significado común y compartible. Y sin embargo, es una empresa tan compleja y esforzada en la vida ser simple, auténtica y profundamente quien uno es… Porque la mayoría no se entera en toda su existencia. No consigue las pistas, las claves para dirigirse al sitio donde la vida se revela en su exquisita particularidad. Ni idea, admiten, y allí van, trasladados por brisas y huracanes, por la voluntad de otros, por designios divinos o heréticos, pero de ningún modo propios.
No es el caso de Juan Curuchet. Él asegura que siempre supo; que un día, a fuerza de darle a los pedales, se enteró de que el asunto estaba en su código genético. Que tal vez por eso lo descubre hoy en sus hijos, que es su legado, que allí inoculó el venenito, el rulo de ADN que lo plantó a él en el planeta como un tipo esforzado con pasta, quizá, de campeón. Hicieron falta muchos años de trabajo para notificarle al mundo de esa pasta, para que esa materia abstracta e intangible, pura potencialidad, se hiciera triunfo, medalla, aplauso, reconocimiento, crédito.
Hizo falta, cuenta Juan, que su papá y su mamá cenaran muchas noches, mientras a él le crecían los huesos y hacía falta mucha proteína para engrosar y fortalecer músculos, apenas algo más que una merienda. Porque los bifes eran para Juan, y no había en la casa de los Curuchet dinero para que todos cenaran bife. Esas historias de vida también están grabadas en su ADN y forman parte de su tarjeta de presentación, aunque ya a esta altura parece que no hiciera falta presentarlo.
Probablemente por eso y por tantos fríos, calores, lejanías, falta de apoyo oficial e incomprensión es que su hermano Gabriel, cuando lo abraza, lo abraza con todo el cuerpo. Hay que ver cómo se abrazan los hermanos Curuchet para entender cuánto acerca humanamente a dos personas una historia de privaciones entendidas, un sacrificio largo a dúo, un tirar del carro parejo aun cuando los resultados sean desparejos. O que la historia los registre a uno con todo el brillo posible en el firmamento y a otro con un poco menos.
Subido a la bicicleta, y no me da pudor decirlo, Juan Curuchet es sencillamente majestuoso. Tiene la simpleza del que sabe y no necesita exhibirlo, y a la vez la generosidad de compartir haciéndolo, sin discurso, sin lecciones, sin aparatosidad. Es como tantos otros y a la vez como ninguno. Como ninguno que haya tenido que escuchar, allá por los momentos previos a los Juegos Panamericanos del '95, que se disputaron en escenarios marplatenses, que con sus 31 años era muy viejo para representar los colores argentinos sobre una bicicleta. Y allá quedó, a un costado, desplazado por la cofradía Alexandre, que por entonces se imponía deportiva y dirigencialmente. Hecho a un lado pero jamás aplastado, reconoce, porque sus sueños estaban tan intactos como su documento nacional de identidad. Trece años después dio el batacazo por el oro, y aquella pretendida ancianidad quedó en ofensa y en anécdota para las reuniones familiares: es que los sueños no tienen fecha de vencimiento, insiste el campeón. Ni la tozudez, diría una servidora.
Le insisto a Juan en el curso de nuestra charla que el pensamiento mágico generalizado conduce frecuentemente a creer que sólo se trata de soñar, de fantasear. Y que a partir de ahí, el camino habrá sido allanado por ese sueño. Que sólo alguien que no hace más que juzgar rendimientos deportivos ajenos en el living de su casa sin haber movido jamás un cuádriceps ni para alcanzar el control remoto puede creer tal cuestión. Que cualquiera que mínimamente ha asomado a algún deporte con alguna consistencia sabe perfectamente que son duros, no muy rectos y siempre abnegados los caminos que el Señor tiene preparados para tal fin. Que se deja mucho y se recoge poco, pero que el gozo de ese poco es tan extraordinario y quimérico, que lo que queda atrás empequeñece, se volatiliza, pierde dimensión. Que ése es el verdadero premio de una vida dedicada. A lo que sea, pero dedicada, devota, incondicional. No hay bolsa de dinero que pague el camino. No hay medalla al cuello que le conceda el precio justo a décadas de afán. No hay. Y sin embargo, la medalla cierra para Juan el círculo virtuoso, la última frontera de jamás haber dejado de ir por más.
Más, hoy, en la vida de Juan Curuchet, es realmente más para mucha gente. Primero para su familia. "No estuve para el nacimiento de ninguno de mis hijos", recuerda con un dejo de amargura. Me dan ganas de decirle, con un egoísmo digno de mejor causa, que no importa. Que no me importa a mí, y que probablemente tampoco les importará a ellos, con el tiempo. Porque cuando uno habla de su padre, y él es cabal ejemplo de ello, no habla de cimas, conquistas o partos presenciados, sino del orgullo incuestionable que provoca a cualquier hijo un padre apasionado, convencido, perseverante, limpio por donde se lo mire. Campeón a los 44 años, edad a la que en estos tiempos de tiránico reinado de la juventud forzada, a las personas se nos destrata, se nos incluye en vergonzantes listas de elementos incompletos por desgaste. Cualquier hijo atento reconoce el camino de un padre que provocó al destino y las convenciones, y lo celebra, incluso si no lo tuvo ante el primer grito de vida extrauterina. Qué importa, Juan, qué importa.
Importa que venís y te subís a la bicicleta al lado de unos que no saben, como yo, pero que desean saber; que también perseveran e insisten, sin tus condiciones y, por supuesto, sin tus resultados. Importa que enseñás sin alarde, humildemente, sin bronce, sin ampulosidad; y los amateurs, los no glorificados, aprendemos también sin darnos cuenta, sin ese peso específico del aprendizaje impuesto. Es fantástico, aunque algunos ni se enteran, lo cual habla muy bien de vos, Juan: no sos ahí el campeón -aunque nunca dejás de serlo para el buen observador- sino el tipo del montón, con la vestimenta adecuada, que se divierte y corrige sin molestar.
Cuando cerramos nuestra conversación, luego de una intensa jornada de pedaleo de la que me llevé enorme conocimiento y un más enorme cansancio, te dije algo así como "nada sucede antes ni después, Juan. 44 es un buen número. Es el número con el que vas a trasmitir que en la vida, si te empeñás, todo es posible. Y no sólo es posible hacer, sino hacerlo bien, con honestidad. No todos pueden decir eso, que han sido honestos en su vida deportiva. Ésa es tu mayor medalla. No te la guardes, porque es la que más valor tiene para los que te admiran. Y para los que no". Te quedaste mirándome, sonriendo, tal vez considerando la sugerencia, que no me atrevería a más que eso.
Eso. 44 es un buen número para comenzar la temporada de cosecha. Te lo digo yo, que los estoy estrenando.

 Viviana Hernández por Viviana Hernández Recomendar Nota a un amigo
Soleado 10,4º
Soleado
ST 9,9° H 99%
Mandanos tus fotos
Fotos

Más inconvenientes en la terminal nueva

Por Marcela Damico Siguiendo con la saga de inoperancia en la ciudad, mire como los vehículos de vialidad, los coches naranjas, están sin hacer nada desde el sábado, parados dentro de la estación nueva. ¿Para que están? En este caso hay seis, por supuesto los ...

Más Notas

Misceláneas

ver Archivo

Bandoleros

Un empleado no docente de la Universidad advirtió a otro que se callara, y lo hizo incendiándole el coche por segunda vez en menos de un año. Hay un enfrentamiento interno entre sectores, que incluye secuestro, amenazas, lesiones y hasta la destrucción completa de propiedad privada. El rector no se hace cargo: esto es poco importante para él.

por José Luís Jacobo

Labilidad moral

Apareció en escena Horacio Tettamanti, ingeniero, empresario, funcionario de la administración comunal, concesionario de espacios públicos en el puerto de Mar del Plata. No ha sido una aparición más, sino que viene de la mano de una investigación de la revista Puerto, que lo coloca en la incómoda posición del que hace todo lo contrario de lo que dice.
Tettamanti se hizo conocido entre nosotros por sus apariciones en los medios cuando denunciaba actos de corrupción en la Gobernación de Chubut, durante el mandato de Carlos Maestro, y en relación a la administración de puertos en el Gobierno de la Alianza (De la Rúa/Álvarez). Hoy, funcionario influyente en la gestión GAP, se lo ve en fecha reciente caminando junto a Florencio Aldrey Iglesias por el GHP junto al canciller Timmerman.

  ver Archivo

Entrevistas

02.09.2010

Bruno Anastasía

Responsable de la obra de 3 de Febrero y Catamarca donde se cayó un fierro que rompió un vehículo.

ver Archivo

Ingrese su e-mail y reciba las últimas noticias.

Noticias y Protagonistas es una publicación de Editoral NyP
© Copyright 2010 - Todos los derechos reservados.
Osmosis Diseño y Comunicación