28.06.2009 | Mi amiga cumple años y le escribo a ella esta nota sobre nosotras, las familiares, inevitables golosas. Mujeres harto reales, las que no somos heroínas de cuento, las que a la hora de calzarnos el zapato de cristal seguro que no damos la talla justa, por más o por menos. Así, secretamente nos libramos de ser las elegidas para cumplir la misión.
Hace ya un tiempo que la pobre de Caperucita se ha aburrido de tener que agarrar siempre el camino corto: si no lo hacía, la madre mandaba al Lobo Feroz para que le diera su merecido por atreverse a ser creativa. Hace un tiempo que Caperucita se ha comprado un GPS para atravesar el bosque por donde le da la gana, y un spray paralizante por si aparece el cazador. La muy inteligente se ha dado cuenta de la treta a la que la tenían sometida, para que fuese eternamente nada más que la chica de los mandados que repetía sin cesar el mismo recorrido, como el sodero, de miedo a encontrarse con los dientes del lobo. –Madre- le dijo un día -si fuera por vos, América no se hubiera descubierto nunca, porque el almirante seguiría con miedo de apartarse de la ruta. Aunque, claro, él era varón, y los que investigan nuevas rutas son los que llevan pantalones.
Es por eso que Caperucita ha tirado al diablo la caperuza, se ha comprado chupines rojos y una capucha de Hombre Araña para desorientar. El problema de arrastre es la educación femenina: le han permitido conocer las artes del lemon pie, que ya no quiere cocinar más, pero aun busca quien le abra los secretos de la manipulación del GPS, ya que ni siquiera el vendedor perdió un momento en enseñarle a usarlo. Paradójicamente, tardó como doce minutos en envolverlo en papel azul, convencido de que se trataba de un regalo para el Día del Padre.
Y allí va la loca de la capucha, con el aerosol ahuyentador y el maldito aparato, se traga las lágrimas mientras le dice al que pasa por ahí -no hay mucho conejito ni mucha ardillita, la mayoría son mochileros- que aunque le lleve tres veranos enteros va a aprender cómo catzo se maneja.
Este año descubrió en la terapia que cualquier cosa que le hubiera pasado a la abuela, incluyendo ser tragada por el lobo, no era en absoluto su culpa. Dio por establecido, además, que cualquier cosa que sucediera entre el cazador/leñador y la abuela sería cosa de ellos dos. Que la sacara de donde quisiera o la dejara allí adentro, vaya a saber Dios cómo fue que llegó a habitar semejante estómago. Al final de cuentas, si la abuela estaba enferma, sería la madre de Caperucita quien debiera haberse trasladado a cuidarla si le parecía necesario, y no abrocharle a la nena el rol de delivery; bastante tenía con su propia vida y esta capota ridícula. Good bye, baby.
Bravísima
Hace un tiempo también que Blancanieves ya no vive con los enanitos porque se dio cuenta de que no era negocio. La tenían para todo servicio, gratis, con el cuento de que ellos trabajaban en la mina, pero a ella de la mina no le tocaba ni un miserable cacho de carbón, ni las rentas que tales minerales produjeran en el mercado, y jamás se dijo quién lo vendía ni adónde.
Últimamente ya venía sacando la cuenta de que no le daba la cuenta. Que lavar y planchar para siete, limpiar para ocho y cocinar para diez -contando invitados- era bastante más costoso que cualquier alquiler de pensión más o menos decente.
En ese ínterin se avivó de golpe de que su padre mucho no la debía de haber querido, porque le había sacudido con un nombre impresentable. Pero más allá de eso, tampoco era un sádico capaz de casarse con una guampuda que contratara sicarios para que le trajeran el corazón de la nena. No era tan bizarro. Ella se había dejado llevar por un anónimo que podía ser obra de cualquiera que quisiera sacarla del medio, incluido su mismo padre.
Es decir que lo mejor que podría hacer era encarar ella misma una investigación que le sacara las dudas y mantenerse alejada de cualquier chusmerío. Las manzanas envenenadas no existían, eran un verso que le habían hecho creer los enanos para no invertir en una manzana acaramelada que vendían en la calesita, que era lo único que la tremenda infeliz había pedido en su vida.
Cuando inició su nueva tarea supo que las rencillas familiares -cuando uno las encara de frente- suelen ser peores que un asesino a sueldo. Pero cualquier cosa es mejor que ser la mucama de siete resentidos, que encima incluyen uno medio chapita y otro que vive de mala onda. Ese panorama, m’hijita, no hay mariposita celeste que te lo arregle.
Re brava
Finalmente, hace un tiempo que la Bella Durmiente ha decidido ser por fin la “planchada” del siglo: va a dejarse de inventar excusas infantiles para darse el lujo de dormir a pata suelta. Porque cuando la pobrecita descubrió que era medio catatónica, toda la corte la miró con cara de “ésta no se casa nunca más”, porque quién iba a querer una mujer que durmiera. Las mujeres como Dios manda se acuestan últimas y se levantan primeras.
Así que no lerda pero sí perezosa, cuando tenía nada más que quince años, tuvo que armar el bolazo del huso envenenado y la mar en coche, para que quedara establecido que era una inimputable y definitivamente iba a dormir. Por más que hubiera gente que recibir, por más que fuera casadera, y no se cuánto más. Lo único que le interesaba era tener un buen colchón y una almohada para los próximos cien años.
Una vez que hubo satisfecho todas sus necesidades en brazos de Morfeo -que estaba como un tren- abrió un ojo para ver qué había alrededor, y vio un príncipe que no estaba nada mal. El único problema era que el tipo tenía caballo: capaz que llenaba todo de bosta, y pretendía que una servidora lo limpiara. Entonces empezó por aclararle con un cartel gigante que exhibió mientras aún se hacía la dormida: “atenti, no limpio bosta”.
El muy príncipe se desorientó, pero la besó por las dudas, porque los príncipes de antes ya venían entrenados para el final de cuento, y besaban a cualquiera que se encontraran en el camino, en estado de horizontalidad. Después sus madres los adoctrinaron para economizar besos y otorgarlos con más cuidado, ya que se comieron un par de embrujadas fuleras y terminaron convertidos en ídolos de fútbol, aunque se haya dicho que los convertían en rana, porque queda más pintoresco.
La cuestión es que lo aceptó, pero sin demasiado compromiso: ella estaba habituada a una vida de serenidad y meditación, no muy acorde con la actitud de los príncipes valientes y sus permanentes ajustes de cuentas. Pero igual le gusta que de vez en cuando pase por la casa que ella comparte con las tres tías gordas y pasteleras, porque el tipo besa como los dioses. El único problema es que algunas veces tiene que esperar allí un par de días, hasta que ella se despierta. Pero bueno, ese era el acuerdo previo, y como siempre dice mi amiga: el que avisa no traiciona.
por Adriana Derosa
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