28.06.2009 | La sociedad actual convive diariamente con la sensación de que no pertenece a ninguna parte. Los nacionalismos se licuan, las identidades se pierden, y los espacios tradicionales de pertenencia han dejado de serlo. La escuela ha entrado en una profunda crisis. Y el trabajo está dejando de estructurar la vida, pues ya no tenemos la seguridad de antaño.
En las últimas décadas se han sufrido profundos cambios en todos los órdenes. Desde la globalización económica hasta la revolución tecnológica, pasando por una reestructuración esencial del conocimiento científico. El resultado de todo ello es un creciente sentimiento de inseguridad. No me refiero a la inseguridad en cuanto a las conductas delictivas, preocupante también en la actualidad, sino a la falta de seguridad psicológica.
El trabajo, pilar fundamental de la vida, al menos como la concebimos, ha cambiado su lógica de funcionamiento. Para los que pertenecemos a la nueva generación es parte de lo normal, pero no siempre fue así.
Hubo una época en la que los empleados hacían una carrera dentro de su empresa, a la que consideraban propia porque pasaban gran parte de sus vidas trabajando allí. Hubo tiempos en los que se daba por descontado el futuro laboral al culminar los estudios, o al cumplir la edad para ingresar en ese mercado.
Hoy no es así. Los jóvenes se encuentran con que no saben si van a tener trabajo o no, y quien culmina sus estudios tampoco tiene la seguridad de poder desempeñarse en el área para la cual se preparó.
Uno ingresa en un trabajo y sabe que no estará allí por el resto de su vida. En parte porque los jóvenes de hoy ya no tienen esa concepción del vivir. Es decir, no piensan directamente en hacer carrera dentro de una empresa, porque la vida está en continuo movimiento. Pero por otra parte, las compañías tampoco quieren ni necesitan empleados por décadas; renuevan su personal, buscan nuevas ideas, jóvenes inexpertos.
Cada vez más, el auge de las tecnologías de la información y la comunicación hace que mucha gente directamente trabaje en sus casas, desapareciendo de esta manera el espacio de trabajo como aquel de socialización.
El resultado directo de esta situación es una falta de seguridad psicológica que nos aqueja a todos: el no saber si mañana se va a tener un desempeño laboral afecta el modo en que desarrollamos nuestra vida cotidiana. El estrés aumenta exponencialmente, mientras que las personas trabajan cada vez más horas resignando tiempo libre dedicado a sus familias y amigos.
Además, la sociedad globalizada o mediatizada ha producido cambios profundos en las identidades sociales: desde los nacionalismos hasta las identidades personales, todas se ven afectadas por un proceso que de modo creciente altera a los individuos. Los jóvenes buscan la pertenencia, que no encuentran ni en la escuela ni en la familia, en otros referentes como tribus urbanas o grupos de amigos.
Las minorías crean movimientos sociales para afirmar sus características, apareciendo asociaciones indígenas, feministas o de homosexuales. Pero al mismo tiempo, el sentido de nación se va perdiendo. Desde arriba, por el accionar de las organizaciones internacionales; y desde abajo, por la presión de los movimientos y grupos sociales que reclaman derechos y autonomías.
En este contexto, ¿qué sucede con las raíces? Hasta hace muy poco tiempo hablar de identidad era hablar de raíces, de raigambre y territorio, de tiempo largo y de memoria simbólicamente densa.
En un mundo con las características mencionadas anteriormente, pero también marcado fundamentalmente por la importancia de las migraciones, seguir hablando de raíces fijas se hace casi una utopía. Algunos antropólogos ingleses acuñaron el término de “moving roots” refiriéndose a raíces móviles o en movimiento. Con este concepto buscan reflejar el sentimiento de los individuos que ya no pertenecen a un lugar sino a muchos, y que no tienen una identidad definida sino varias.
Esto se puede interpretar como que pertenecemos a muchos lugares pero, a la vez, no pertenecemos a ninguno. Rolnik y Guattari afirmaron que “desestabilizados, desorientados, perdidos en el tiempo y el espacio, es como si todos fuéramos homeless, sin casa; sin una consistencia subjetiva palpable, sin la familiaridad de ciertas relaciones con el mundo, sin sentimientos compartidos. De esa casa invisible -pero real- carece la humanidad globalizada”.
Lo que se describe poéticamente aquí busca reflejar la sensación de desencanto, desrealización y precariedad que aqueja a buena parte de la humanidad. Antes podíamos realizar planes a largo plazo: trabajar para cierta empresa, formar una familia, cumplir el sueño de la casa y el auto propios. Ahora la sensación de incertidumbre invade a buena parte de la población mundial
La xenofobia, el racismo y la discriminación también son resultado de esta confluencia de variables. Cuando no se sabe quién es uno, es más fácil afirmarse en la diferencia con el otro. La identidad individual se construye al mismo tiempo que la relación con el otro y a través de ella.
En última instancia, todas las certezas se han visto diluidas desde el momento en que perdimos lo más seguro que teníamos: el conocimiento científico, que antes se consideraba la verdad acerca de las cosas, ha dejado de serlo. La única ley valedera es la de las probabilidades, demasiado inciertas para confiar en ellas.
Todo aquello a lo que nos aferrábamos ha cambiado. Ya no encontramos un conjunto de planes, valores y creencias que nos hagan sentir seguros. Nos estamos dando cuenta de que son pocas las raíces reales que tenemos, y que cada vez son más frágiles.
Tal como afirmó el antropólogo Eduardo Delgado “sin raíces no se puede vivir, pero muchas raíces impiden caminar”. En la búsqueda del progreso científico y social hemos olvidado quiénes somos, hemos pretendido dominar todo a nuestro alrededor, sin darnos cuenta de que lo primero que perdemos es nuestra propia identidad como especie humana.
por Melisa Centurión
Recomendar Nota a un amigo
Un ciudadano vio destrozada su casa por los avances de una obra en construcción del terreno lindero, y la justicia no lo respalda. Ya no tiene qué puerta tocar, y parece que la empresa en cuestión consiguió, simplemente, más respaldo que él. Mala suerte, parece decir el juez.
En 1998 escribí en este mismo espacio la columna que destapó la conducta del fiscal Marcelo García Berro -hoy en funciones en los tribunales federales de San Martín- respecto del consumo de prostitución. En aquel momento la ciudad estaba sacudida por la idea de un asesino serial que se ensañaba con las prostitutas, concepto que fue ampliamente difundido y aún permanece en la memoria colectiva.
Ninguno de los 26 casos ha sido esclarecido. Ni las muertas que aparecieron descuartizadas, ni las desaparecidas -incluida Verónica Chávez, nexo con García Berro- han tenido otro destino que el desistimiento de la autoridad judicial en todas las causas. El tiempo pasa, el papel se amarillea, y la conciencia débil de una sociedad que considera a la prostituta un sujeto de menor cuantía contribuye a la impunidad.
Denuncia la falta de convocatoria a la audiencia pública por parte del ejecutivo municipal para tratar el presupuesto para el aumento de tasas.