05.07.2009 | Al parecer, de unos meses a esta parte las circunstancias han decidido no darnos tregua ni descanso. Por un motivo u otro, de cualquier parte del mundo y desde casi todos los aspectos de la vida, una cantidad de hechos vienen recordándonos la naturaleza frágil, finita y precaria de nuestra existencia.
Cualquiera diría que se trata de un planteo absurdo, el de repensar y reelaborar la idea de que todo tiene un término, un fin. Simplemente porque desde pequeños -aunque amortiguados los cuentos de largos y misteriosos viajes con que los adultos intentaban hacernos creer que podían evitarnos la angustia- tuvimos que incorporar la sensación, la idea o la experiencia de la pérdida. Y de la muerte como un horizonte cierto; tal vez el único o uno de los pocos indudables en la vorágine de la incertidumbre constante de abrirse paso.
Abrirse paso y camino en un mundo a sabiendas hostil y peligroso. Haciéndolo con plena confianza en todas las técnicas y estrategias aprendidas para mantenernos firmes, sanos y seguros. Practicándolas a pies juntillas –aunque, claro está, siempre con alguna licencia que nadie está a salvo de tomarse cada tanto- para evitar el riesgo o reducir las posibilidades de daño. Y, a la vez, identificando claramente al enemigo del que debemos cuidarnos para no tambalear ni ser devorados. Delimitando las patrias y las nacionalidades para tener un “algo” o un “dónde” al que aferrarnos. Diferenciando las razas y las inclinaciones para forjar la pertenencia que nos muestre quiénes somos, o quiénes o qué pretendemos ser. Vacunados contra lo que tiene cura, a través de las medicinas que nos entran con jeringas y nos inmunizan del aire que respiramos; y a través de las medicinas morales e ideológicas que nos muestran el camino, el buen camino, de nuestra santa salud.
Pero no alcanza. Disculpe que me empeñe en pincharle el globito una vez cada tanto; al igual que todos, yo también me tomo mis licencias periódicamente, y no logro quitarme el hábito de salir de vez en cuando a ver si llueve. Y sí, llueve. Está lloviendo, bastante, y hace rato. Por eso le decía, no alcanza, no nos va a alcanzar en adelante con los viejos paraguas que nos dejaron los abuelos. Para hacerle frente a este vendaval, tal vez no haya otra opción que meter las patas en el charco y mojarse bien mojados. Y hacernos cargo de que nos empapa a todos por igual, ese charco que alimentamos con las lágrimas de nuestras penas infinitas y con el agua que tanto dejamos correr creyendo que no beberíamos de ella. Pero nos toca, y nos salpica.
Llamados al cachetazo para reaccionar, hoy por hoy no nos faltan. Y quizá, nada más oportuno que un virus brotando, mutando y mezclándose entre nosotros para arrebatarnos la ilusión de que las cosas están bajo control. A la luz de nuestros inventos, el supuesto avance de nuestras genialidades nos hace creer que estamos a salvo. De la mano de nuestros sofisticados armamentos, nuestros avances en el campo de la tecnología y la medicina, nos invitan a suponer que la evolución existe, y es un hecho. Porque gracias a todo eso somos más fuertes cada día; y todo aquello nos ampara de no morir como morían antes esos que, pobres, se desangraban y se ataban torniquetes para prolongar una agonía generalmente irreversible. Pero no hemos evolucionado como parece, seguimos siendo igual de frágiles. Nuestro pensamiento, aunque haya ido acumulando nuevos contenidos, sigue siendo igual de limitado. Nuestros cuerpos, aunque sobrepuestos a ciertos avatares de los tiempos, siguen siendo cáscaras precarias. El tiempo y la muerte, a pesar de los numerosos e ilusorios paliativos que inventamos para reconfortarnos, siguen caminando a la par nuestra. Ninguna hipotética evolución nos libra de nuestra propia fragilidad, que se renueva como se renueva la población en el mundo a lo largo de la historia.
Porque, a decir verdad, no evolucionamos, sino que devenimos. Puede que parezca lo contrario, pero en realidad la diferencia es simple: devenimos porque cambiamos de forma, de apariencia; porque modificamos algunas modalidades y ciertas elecciones, mientras el fondo que nos sostiene sigue siendo el mismo. Para evolucionar verdaderamente todo debería modificarse, la forma y el fondo; y deberíamos poder ser otros cada vez, distintos, resolviendo verdaderamente las falencias, pues de eso se trata.
Veamos un ejemplo claro, el que lamentablemente tenemos más a mano por estos días. Hoy, tanto como hace siglos, todavía nos enfermamos de gripe y morimos por ella. Los virus y los bichos que nos aterran y nos aterraron siempre, cambian de forma y devienen al igual que nosotros, todavía expuestos y vulnerables a sus picaduras y sus efectos. Los mismos virus que históricamente diezmaron la población, cambiaron y aún cambian de forma, pero su efecto sigue siendo el mismo: causar la enfermedad y, en última instancia, la muerte. De la mano de ellos, nosotros, con la industria farmacéutica de nuestro lado, hacemos lo mismo. Modificamos las formas, adaptando eventualmente los tratamientos y las medidas preventivas. Pero conservamos, en el fondo, las mismas ideas y resoluciones: nos asustamos, caemos presa del pánico, nos separarnos del resto y evitamos el contacto -como si así pudiésemos evitar el contagio-, discriminamos y confinamos a los enfermos, como si fuesen la verdadera causa del peligro. Finalmente, hoy igual que ayer y anteayer, perseveramos en el convencimiento de que “mientras yo me cuide, y cuide de los míos, no habrá peligro”. Y cuando se apaciguan las alarmas y los síntomas, pues bien, “hemos ganado esta batalla contra los malos”.
Y ahí está el fondo que no cambia. Ahí está, justamente, el escollo que nos impide evolucionar y nos mantiene en el devenir: cambiamos los discursos, pero conservamos el mismo egoísmo. Padecemos de ignorancia más allá de la cantidad de saberes y conocimientos que acumulemos. Padecemos de negligencia y de desidia. Y morimos por las consecuencias y complicaciones de nuestra conciencia tan limitada antes que por los brotes endémicos, pandémicos o epidémicos que se nos van presentando.
En el siglo XIV, la peste negra causó la muerte de un tercio de los europeos de entonces. Había llegado por la ruta de Crimea junto con los bárbaros de entonces, los ejércitos de mongoles, que lanzaban los cadáveres infectados hacia las aldeas italianas que buscaban invadir. Hoy la llamamos “peste bubónica”, y sigue estando entre nosotros. Sobre todo, claro está, entre los bárbaros de ahora que, sin ejércitos ni catapultas, la llevan a cuestas de sus precarias condiciones de vida y conviven con las ratas que transmiten el antiguo y constante parásito. Mientras tanto, la malaria, la tuberculosis, el ébola, el dengue, el cólera, la fiebre amarilla, el mal de Chagas, la enfermedad del sueño, la ceguera de río, el tracoma y la acariasis, la elefantiasis, la lepra, el hanta virus -¿se había olvidado también del hanta virus?- y tantísimas otras todavía persisten. Todas ellas son enfermedades tan prevenibles como fáciles de transmitir: para prosperar sólo necesitan de alguna infección parasitaria, agua en mal estado o picaduras de insectos. Es decir, para cuidar su caldo de cultivo sólo les hace falta que mantengamos una buena franja de población pobre y desinformada, con patéticas e inmodificables condiciones sanitarias y socioeconómicas. Y eso alcanza, además, para creernos la eterna novela de que el riesgo, la precariedad y la fragilidad no nos tocan, porque están en otra parte: en los ranchos, en las villas, en África, en la India o en el Chaco. Porque, mientras sean otros los que mueran y sufran, estaremos a salvo. Que la pobreza de los otros nos libre de nuestra pobreza; que el dolor de los demás nos ahorre el propio dolor; y que la muerte ajena, en fin, nos guarde de la muerte que no queremos ver.
Llueve, y llueve fuerte. Llueve pánico y paranoia en los aeropuertos, con dos aviones que se derrumban en pleno vuelo en menos de dos meses. Llovizna algo de temor y preocupación cuando otra vez se fragiliza la paz ante una nueva dictadura, un atentado, una guerra civil que pocos cuentan. Nos inundan marejadas de caos e histeria cuando la epidemia, con gesto socarrón, toca también a nuestra puerta. Llueve en abundancia y, como van las cosas, seguirá lloviendo por mucho tiempo. Nos inundan la fragilidad, la precariedad, la finitud. Nos ahogan con todas las lágrimas que derrochamos por ellas, y con toda el agua que dejamos correr convencidos que de ellas nunca habríamos de beber. ¿Cómo podemos creer que haya evolucionado una humanidad todavía incapaz de vivir sin paz ni conflicto?
por Anahí Cano Lawrynowicz
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