12.07.2009 | Normalmente, y sobre todo a la luz de los estudios culturales serios, semi serios y también nada serios de estos últimos años, suele creerse que el aburrimiento, la fragilidad y condición de lo efímero son patrimonio exclusivo de nuestra época. No hay por qué negarlo, pocas dudas quedan ante la evidencia de lo cotidiano. Sin embargo, a veces se puede llegar a sospechar que no es cosa de los tiempos, es cosa de ser humanos, ay… demasiado humanos.
Llevada de las narices por este instinto de duda constante que me aqueja -humanas, ay… demasiado humanas, la duda y quien firma-, entre otras cosas di con estas palabras: “la interrupción, la incoherencia, la sorpresa son condiciones habituales de nuestra vida. Se han convertido incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan de cambios súbitos y de estímulos renovados. Ya no toleramos nada que perdure. Ya no sabemos cómo hacer para lograr que el aburrimiento dé fruto”. Adelantado a los tiempos, el autor de esta frase, el poeta francés Paul Valery, llegó a esta conclusión poco menos que un siglo antes de que los pensadores contemporáneos transformaran la misma idea en un lugar común. Porque, a estas alturas, variando los lenguajes y las formas, ¿quién no repite casi como un hábito frases parecidas a “todo es relativo”, “ya nada dura”, “ya nada es como antes”, “se perdió el encanto”, “ahora todo es descartable”? Sensaciones, experiencias y reflexiones compartidas por todos. Sentir que todo se diluye y se pierde, que nada se sostiene más que por un momento. Experimentar la nostalgia por los tiempos pasados, el encanto melancólico de un mundo aparentemente perdido y sepultado. Y el temor y la angustia de vivir en un mundo vulnerable, que se deteriora, se parte, se rompe y aguanta vaya a saber uno hasta cuándo y cómo. Pensar que, en definitiva, nada puede hacerse, porque estamos derrotados de antemano y sólo vale la pena vivir el momento. A duras penas y de a ratitos, pero por lo menos vivir, ése es el plan.
Aunque, insisto, llamados también a vivir montados en la contrariedad y la contradicción, por estos días no hacemos mucho más que hablar sobre la muerte o las posibilidades de morir. Permanentemente atentos a cualquier signo, a las cifras de las que venimos zafando, actuando como moribundos que miran a su alrededor queriendo identificar y evadir al enemigo. No puedo evitar la perplejidad de estas semanas, al salir a la calle y sentirme culpada: por no usar barbijo, por sonarme la nariz, por tratar de hacer una vida normal y convertirme en otro posible agente de contagio para todo aquel que veo mirándome con espanto desde los confines de su bufanda.
Sinceramente, no sé ni tengo forma de saber de qué manera está llevando o sobrellevando usted esta hipotética catástrofe pandémica de la influenza que nos tiene cercados. En lo que a mí respecta, recordando otras cifras y otras gripes, tiendo a creer -sin temor a equivocarme demasiado- que prefiero ahorrarme el pánico para otros momentos. Porque no tengo que aprender recién ahora a lavarme las manos o a acostumbrarme a tener que hacerlo. Y, en todo caso, tal vez dentro de unos años ni siquiera eso alcance; si el deterioro avanza como no avanzan nuestras buenas costumbres, quizás dentro de unos años el virus de la gripe lleve otros alias.
En nuestro país, antes de que se llamara “A” o “H1N1”, la gripe ya causaba cerca de 3.500 muertes anuales, y afectaba entre el 5 y el 20% de la población mundial. En el 2006 se registraron 1.128.388 casos de influenza; al año siguiente, la cifra se elevó silenciosamente en un 10% y se denunciaron 1.258.704 casos. Incorporando al resto del mundo, las cifras que tanto nos guían y condicionan hablan de un promedio aproximado de mil millones de casos de influenza; del conjunto, entre tres y cinco millones son casos severos, y se contabiliza un total aproximado de 500.000 muertes al año a causa de la gripe, de la gripe común. Es cierto, ya nada es como antes y todo es relativo, porque ahora el virus cambió, porque el mundo interconectado es un mundo intercontagiado. Porque ya el mundo no es lo que era, los viejos y mejores tiempos no contaban con alternativas farmacológicas y sólo podían echar mano del tiempo; del tiempo que todo lo cura, o no.
Porque todos sabemos que si hay algo que el tiempo no cura es la muerte que, en definitiva, es la única capaz de matar al tiempo. Y, tiempos van tiempos vienen, no hubo tiempo como el nuestro donde tantas actividades y conductas humanas se reunieran y coincidieran de forma semejante como lo hacen hoy en torno a la cuestión del morir. Efectivamente, nunca antes se había dado tanto impulso ni se había producido un avance semejante al actual en cuanto a la atención de pacientes moribundos, en el desarrollo de lo que se ha dado en llamar “la terapia del dolor” o Terapia Neural, y ni qué hablar de la farmacología. Hoy por hoy, por ejemplo, se sabe que al morir una persona, el último sentido en perderse es el oído; el primero suele ser la vista, seguido del gusto, el olfato y el tacto. Al parecer, actualmente la descomposición del cuerpo lleva más tiempo que antes, debido a los conservantes que consumimos a lo largo de la vida a través de los alimentos. Mientras tanto, la biocibernética ha creado una técnica mediante la cual, modificando los potenciales eléctricos de la membrana celular, se eliminan los dolores previos a la muerte para transformarla en un sueño plácido. Una nueva concepción del morir no como una agonía sino como un “arte de morir” o “arsmoris”, imposible de trasladar a la crudeza del día a día, que deja más muertos que no padecían gripes por causas tan evitables como la gripe misma. Digamos, unos 3.300 trabajadores que mueren diariamente por accidentes o enfermedades estrictamente laborales; unos 3.900 muertos por día a causa de la falta de agua potable; unos 4.000.000 de personas fallecidas por enfermedades asociadas al tabaquismo; otras 3.000 como consecuencia de accidentes de tránsito; unos 500 niños más a raíz de falta de vacunación; unas 1.400 mujeres a causa de complicaciones en el parto; un puñado de 184 seres humanos arrasados por desastres naturales; unos 25.000 que mueren directamente de hambre; unos 8.000 a causa del Sida. Y en el camino, más de mil neuronas que se extinguen en nuestro cerebro cada día, en un día normal; y más de un millón de neuronas más que perecen durante una borrachera de alcohol. ¿Serán esas últimas las verdaderas causantes de tanta muerte?
¿Serán las neuronas restantes las responsables de nuestro mal vivir, de nuestro vivir a secas? Sin dudas, son esas mismas, las restantes, endebles y sobresaturadas neuronas, las que nos previenen de evitar la muerte y se regocijan tomándose un recreo cada tanto cuando la muerte de alguno se transforma en un show, en un espectáculo. Esas mismas son, sin dudas, las que nos recuerdan el poder, la gloria, etcétera de que es capaz la muerte. Las que no dan lugar a la vacilación cuando por la muerte del “king of pop” vale la pena derrochar -por lo menos- diez mil dólares con tal de no perderse la fiesta, el evento del siglo. Esas mismas culpables y asfixiadas neuronas nuestras que se escapan momentáneamente del aburrimiento de este mundo sin encanto para deslumbrarse con la quijada caída ante un féretro de oro puro, y se devanan los sesos sin poder saber aún adónde irá a parar ese cuerpo, si es que así puede llamarse.
Y ya que estamos con cifras y referencias históricas, ¿sabe qué?, el mundo sigue siendo como antes: el funeral de Alejandro Magno, por quien se construyó una carretera de Egipto hasta Babilonia para conducir su cuerpo, en la actualidad habría costado seiscientos millones de dólares. ¿Qué puedo decirle? En vista de las circunstancias, más que la gripe, me generan pánico los monos con navaja y la inconciencia. Aunque no puedo negarlo, seguramente yo, como el resto de los mortales, me haré eco de la propagación de todos los mitos que vienen a continuación. Dicen que Michael Jackson no tenía nariz, que se ponía y sacaba una artificial para aparecer en público. Dicen que Marilyn Monroe fue asesinada por el clan Kennedy, que Gardel murió en un atentado, que Alfredo Yabrán mató a un doble y vive plácidamente en algún paraíso fiscal… ¿Y Elvis? ¿Elvis está vivo?
por Anahí Cano Lawrynowicz
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