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VIE 12 Marzo 2010 | Mar del Plata

Misceláneas

Historias máximas

Descripcion

19.07.2009 | En algún lugar de esta mente un tanto disparatada que me gobierna, algunas historias aparentemente inconexas se empeñan en emparentarse. Arranco y se las presento, cada una a su vez, y después vemos si es que existe tal hilván invisible.

Me ha contado mi hermana menor, productora de televisión, que la historia del creador de Lazy Town, uno de los programas infantiles más populares en el mundo entero, es verdaderamente maravillosa. Me da una semblanza panorámica y decido investigar por mi cuenta. Efectivamente, es así: este señor se las trae.
Magnus Scheving nació en Reikjavik, Islandia, el 10 de noviembre de 1964. De chiquito, cuando su ciudad era un caserío de 500 almas y había un solo teléfono, él recorría las calles para arriba y para abajo llevando la buena nueva: señora de Tal por Cual, tiene usted una comunicación. Es decir, el muchacho era una rara mezcla de cartero y barón de Coubertain.
Pues bien, aquella saludable tarea provocó no poco agradecimiento de las gentes islandesas y le agenció a Magnus unas piernas que incluso Haile Gebrselassie envidiaría. Llegada la adolescencia y una robustez hecha de trayectos y urgencias telefónicas, el muchacho y un amigo decidieron un día, sin más, hacer una apuesta simultánea, que obligaría a los dos por igual a ser los mejores en algo, específicamente en el destino que uno elegiría para el otro. Magnus se inclinó por que su amigo elevara sus dotes de jugador de billar, y éste lo desafió a que se convirtiera en un habilidoso de los aeróbicos.
Como la suerte es hermana de leche de los dones y la genética, a los tres años de expresado el compromiso amistoso y mutuo, Magnus ganaba campeonatos en su país y se lanzaba a la conquista de los escenarios europeos, donde le fue de igual modo: brillantemente. Cosechó premios, admiración, reconocimiento. Y dinero, por supuesto. Mucho dinero. Entró en los hogares continentales a partir de acrobacias que contradicen la ley de gravedad, y así instaló la idea de que alguien que transformó un talento en un estilo de vida y una herramienta para conseguir una incalculable fortuna, puede ser un ejemplo digno de ser tenido en cuenta, y emulado, por qué no. Escribió varios libros que rápidamente llegaron a la cúspide de los más y mejor vendidos, con recomendaciones simples y cotidianas dirigidas a los niños (a sus padres, mejor dicho) acerca de cómo llevar adelante una vida exitosa, incluso en la salud. Es decir, cómo sacarle provecho a un combo con el que prácticamente todos y cada uno de los seres vivientes llega a este mundo: alguna afinidad, virtud, don o como se le quiera decir, un sueño a ser moldeado, la ambición de concretarlo y el empuje de sostener el esfuerzo y la ilusión en el tiempo. Y poca cosa más.
Hoy este hombre es el autor de uno de los productos que los pequeños del mundo acogen con más afición, sin distinción de raza, creencia o estatus socioeconómico. Personifica al protagonista, Sportacus, que defiende a Lazy Town del ataque de otro de los tres sujetos de carne y hueso que habitan el programa, Robbie Rotten. Por supuesto que, al igual que en la vida, hay una ella. Y como en cualquier situación que se precie de ideal –no olvidar que ideal viene de idea, es decir, de algo que no necesariamente se traduce en la realidad cotidiana-, ella sólo se ocupa de cantar, bailar y mostrar su hermosa peluca fucsia fosforescente.
Dice don Scheving de sí mismo: “La actitud saludable tiene que ser natural, espontánea. Lo más importante es crear desde el origen las condiciones para que cada uno pueda comprometerse y adoptar una actitud activa. Lo opuesto a lo que hago es despreocuparse, tomar distancia, mantenerse indiferente", precisa, cuyo lema se reduce a tres verbos y otras tantas acciones: pensar, moverse y actuar.
"Yo crecí en una ciudad de 500 personas -aclara-, y en mi clase éramos ocho. A veces pienso que si uno se propone hacer algo extraordinario debe haber afrontado previamente alguna encrucijada fuerte en su propia vida. Algo así me ocurrió y aquí estoy." Le pido, lector, que reserve para sí este comentario, porque tal vez volvamos sobre él.

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Si usted concurre a estas páginas, ya sabe que soy una frecuentadora impenitente del zapping televisivo. Incluso cuando encuentro algo que me resulta entretenido o interesante, le doy al control compulsivamente, como gallego a la gaita, ante la posibilidad aunque sea remota de estar perdiéndome algo mejor que lo que estoy viendo. Debo agotar las opciones sólo por salud mental, y en esa búsqueda frenética suelo componer la realidad televisiva tal como la percibo: recortes difíciles de ensamblar, que entiendo como los pedazos más representativos de un universo de imágenes que no han sido hechas para asir todas juntas y a la vez. Y no me resigno.
Bueno, en esa peregrinación estaba días atrás cuando la risa y un comentario por demás sarcástico -que no reproduciré aquí- de una persona de mi familia, me hizo reparar en el programa de Chiche Gelblung. Lo primero que capturó mi atención fue algo del tema, expresado en la pantalla en videograph: “hotelados”. Nunca había leído o escuchado acerca de esa expresión de situación. Se trata de personas que supieron habitar viviendas muy precarias, que por una razón u otra debieron abandonar, y fueron reubicados hace casi una década en hoteles dispuestos y pagados a tal efecto por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, por no abandonar a todas estas familias a su suerte. Las entrevistadas por Gelblung eran dos mujeres de edades imprecisas, pero que estimo en sus cuarenta. Estaban allí en plan de queja. ¿Por qué? Pues porque el Estado intenta hacerlas beneficiarias de unos 37.000 para que se retiren de los hoteles donde estuvieron “transitoriamente” hospedadas por 9 años, sin pagar un peso por alojamiento, tasas urbanas o servicios consumidos. No les gusta la oferta, no les alcanza para comprar una casa en Capital Federal, dijeron con un desparpajo que me trabó la mandíbula. Ambas tienen trabajo; una es vendedora de una línea de cosméticos, y la otra empleada doméstica.
Preguntadas acerca de si se dan cuenta de que en algún sentido son una privilegiadas que viven como miles de argentinos ni sueñan, incluso algunos en condiciones más esforzadas o merecedoras de la ayuda fiscal, las señoras del caso le dieron tres vueltas más a la tuerca de una explicación que las convence y las satisface por demás: ellas no tienen la culpa de ser pobres. Y el Estado existe para asistir a los que no tienen casa.
Chiche, en un esfuerzo filantrópico que no le sale de ningún modo, pidió el diario del día y se abocó a los clasificados: rubro compra – venta de inmuebles. Encontró algunas propiedades que supuso viables para alguien con 37.000 pesos cash y en la mano, y recibió la respuesta que sigue: “Yo soy una ciudadana de la Capital. Quiero comprar una casa acá. Mire si me voy a ir a vivir a Glew… Con los peligros que hay por ahí. No me alcanza con lo que me dan para comprar en Buenos Aires. Así que vamos a poner abogados, para que nos den lo que necesitamos”.

No le voy a narrar todo el programa porque no viene a cuento. Llamé a una amiga mientras estas dos individuas soltaban estas frases memorables, y la invité a ver lo que yo estaba viendo. Mi amiga es jefa de familia, con dos chicos en edad escolar a cargo. Universitaria. Con una experiencia en docencia que llena tres cuartos y sus respectivos toilettes. Vive en casa de sus padres, porque con su trabajo de docente y algunos extras que ayudan no alcanza a una cuota de las que hoy se piden para acreditarse techo propio.
Volvimos a hablarnos cuando terminó la entrevista de Gelblung. Yo estaba furiosa, ella no sabría decir: tal vez anonada, ahogada, desorientada, angustiada. Creo que experimentamos ambas la sensación de la inequidad más absurda, de esa cosa tanguera y tan irreprochablemente concedida por la actualidad, de que si llorás donde hay que llorar, algo mamás. Seguro. Y luego podemos debatir por los siglos de los siglos sobre la dignificación de la vida que aporta el trabajo y toda la yerba idiomática que sin embargo no explica ciertos fenómenos.
Enlace usted y a su gusto la primera con la segunda historia. Saque sus conclusiones. Y no lo deje ahí.   

 Viviana Hernández por Viviana Hernández Recomendar Nota a un amigo
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07.05.2009 | Teléfonos de Alumbrado Público: 477 1192 / 478 8159. Para realizar denuncias de faltas de luminarias en las calles. 20.01.2009 | Municipalidad del Partido de General Pueyrredón: CONMUTADOR: 499-6500. Ente Municipal de Turismo - Sede de EMTUR MAR DEL PLATA Teléfono: 494-4140. Belgrano 2740. Atención: Lunes a Viernes de 8 a 15 Hs. 20.01.2009 | ARBA atiende en Colón 3032. Informes: (0223) 495-2545 / 493-6611 20.01.2009 | ANSES vía web: www.anses.gob.ar. Las oficinas de Anses están ubicadas en Av. Pedro Luro 3861 y la Av. Independencia 3151. El horario de atención es de 8 a 14:00. Para consultas, llamar al (0223) 499-1200 20.01.2009 | (E.M.Vi.S.Ur.Y G.A.) - ENTE MUNICIPAL DE VIALIDAD, SERVICIOS URBANOS Y GESTIÓN AMBIENTAL informa que se pueden realizar reclamos a través de la línea gratuita al teléfono: 0800-222-6436. Las oficinas se encuentran en calle Rosales nº 10189. Mail: reclamos@emvisur.gov.ar 20.01.2009 | OBRAS SANITARIAS SOCIEDAD DE ESTADO MAR DEL PLATA - BATÁN FRENCH 6737 Centro de Atención al Cliente: 0810-666-2424 E-mail: reclamos@osmgp.gov.ar. www.osmgp.gov.ar

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