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02.08.2009 | Vengo siguiendo con especial atención el Mundial de Natación que se celebra por estos días en Roma, Italia. He escuchado disparates de todos los colores y orígenes pero, defecto de optimista, no creí que asistiría al deplorable caso de que en una circunstancia superlativa de ese deporte sólo se hable de mallas. Y sí, otra vez me han decepcionado.

Un Mundial, del deporte que sea, concita participación, espectáculo, asombro, adhesiones, intereses cruzados; análisis y observaciones en algunos casos muy atinados, en otros completamente estériles y extemporáneos. Creo que en esta oportunidad estamos presenciando la puesta en vigencia de todo el abanico posible de sensaciones, emociones, pensamientos, sentimientos y exteriorizaciones, desde lo más noble a lo más abyecto, desde lo más lúcido a lo más estúpido, desde lo más encomiable a lo más miserable.
Como en toda actividad donde las personas pueden demostrar que una perfecta sinergia entre cuerpo, espíritu, esfuerzo y una voluntad inquebrantable puede inscribir cualquier nombre en los libros y la memoria colectiva, la natación no sólo no constituye una excepción sino que se muestra como arquetípica en este sentido. Detrás de esos cuerpos que arrancan suspiros en las plateas de los estadios y las televisivas, hay acumulación de sueños y también horas interminables en el agua, repitiendo hasta el hartazgo los gestos técnicos requeridos. Y más tarde, y antes y después, gimnasio, dietas espartanas, rutinas y privaciones que podrían hacer las delicias del asceta más furibundo. De no ser, claro, porque todas estas conductas no son atribuibles al masoquismo de una mente más o menos desviada sino a la ambición, el propósito y el deseo más o menos encaminados a una meta: ser un profesional, de ser posible, el mejor.

Espiando culos


Sin embargo, lo de estos días en el mundial convocado por la FINA (Federación Internacional de Natación) es verdaderamente preocupante.
En primer término, los nadadores están mostrando su humanidad de un modo oscuro y nada apreciable, al no haber tomado la decisión de quedarse al margen de esta bizarra discusión por mercados y billetes. No están discutiendo hoy estos profesionales cómo conseguir una eficacia mayúscula, cómo mejorar la relación entrenamiento - logros en el cronómetro. No están siquiera considerando programas superadores que los saquen de sus marcas habituales y los ubiquen en performances anheladas. No: se han sumado a las acciones del marketing furioso en que están sumergidas –bien valga aquí el término- las marcas fabricantes de las mallas que se están utilizando en la competencia, Speedo, Adidas, Arenas y Jaked.
Después de haber perdido Michael Phelps el cetro ecuménico y el récord mundial en los 200 metros libres a manos, tríceps y piernas del alemán Paul Biedermann –trituró por 96 centésimas la marca que el tiburón de Baltimore había instituido en los Juegos Olímpicos de Beijing el año pasado-, los diarios americanos recogieron el guante y el fastidio del multicampeón, y habiendo ya sondeado el tenor de la pelea entre las marcas más la decepción del público americano, largaron alegremente una bomba que no tardó en enraizar sus efectos: la culpa de la derrota la tenía el traje de baño del europeo.
Al parecer, la tecnología al servicio de la natación ha diseñado para la marca Arenas un enterizo de poliuretano que actúa como una segunda piel del nadador, totalmente impermeable, minimizando así la fricción que el agua provoca sobre la tela y atrapando, según ha sido dicho, casi un litro en burbujas de aire entre el traje y la piel, lo cual optimizaría al máximo el deslizamiento del cuerpo sobre la superficie. Parecida es la circunstancia para los que usan Jaked, un traje que de tan aprensivo que es, demora entre 20 y 25 minutos en ser calzado sobre el cuerpo y otro tanto en ser removido. 
Se ha observado y establecido que esto es así, pero se ignoran las causas de este fenómeno físico, razón por la cual la Federación ha dispuesto la presencia de un científico al borde la piscina romana, a ver si pueden pasar de las conjeturas y las suposiciones a las verdades científicamente establecidas. Por ahora todo es asombro y frastraslafra. Y nuevos récords.

Atención a la intención


Claro que lo que se quiere lograr, y valga la buena intención, es trazar la frontera no sólo de lo legal, autorizado u oficialmente homologado, sino de la chance legítima y sin abalorios de que cada deportista dispone para superarse y rebasar a otros, sin más soporte extra que su propia aptitud y la persistencia en entrenarla a su mayúscula expresión.
Probablemente la idea sea buena, pero su materialización hace agua, con excusa de un chiste que no es tal. Porque lo que no se está diciendo aquí – o al menos no hay registro de ello- es que estamos ante la reedición acuática de una disputa tan remanida y antigua como los tiempos de los tiempos: Nike versus Adidas, Ford versus Chevrolet, y Speedo, hoy, contra Adidas, Arenas y Jaked. Es decir, millones contra otros millones. Batalla sin tregua por el mercado potencial de consumidores entre gigantes que no quieren ceder su posición prevalente, y otros menos gigantes pero con idéntica ambición de  dominar. Eso es y nada más: dinero, la lucha encarnizada por el vil metal.
Y está resultando que ningún actor de esta comedia de intrigas lo dice en voz alta: ni los organizadores, ni la federación, ni los participantes. Porque donde alguien haga oír, con garganta clara, que esta riña de supergallos no es otra cosa que el fruto envenenado de la avaricia financiera, alguien, rey o no, se va a quedar desnudo. Y no va a ser a los ojos del niño, sino a los ojos del mundo.

Dejad que me defienda solo


De todos modos, hay aquí otra cuestión que me resulta incómoda, descorazonante diría. Durante la última semana y en el marco de esta competencia, se han quebrado ya una veintena de marcas establecidas como récords mundiales, y sólo se atina a discutir sobre los trajes utilizados, a la manera en que se discute el doping. Como si los trajes nadaran solos, como si no hubiera dentro de ellos un ser humano más o menos dotado, que se sacrifica hasta límites insospechados, que abandona vida social, familiar, adolescencias y tonterías perfectamente admisibles para la corta edad en que triunfan o desean hacerlo. Es evidente que no se trata de los trajes, sino de ellos: Phelps, Biedermann, la italiana Pellegrini. Y no sólo de los más conocidos, sino de todos ellos. De los que lo logran y los que no.
Me da por pensar que si éste fuera nada más que un asunto concerniente a un pedazo de tela con la debida incorporación de avances tecnológicos, sólo sería cuestión de calzárselo y la magia estaría hecha. Y no sucede de tal modo.
Pero son los nadadores quienes deben defenderse de esta corriente ninguneadora de sus esfuerzos, con el concurso de sus entrenadores y de sus familias. Sólo ellos y nadie más que ellos saben lo que significa, en el deporte de élite, bajar un segundo una marca, sobreponerse a los propios topes o a lo que otros proponen. No puede quedar todo reducido a una especulación ridícula, sin ninguna base cierta, de que un trozo de material sintético puede por sí lograr gloria alguna. Defiéndanse, muchachos, hagan valer el sudor diluido en litros de cloro.
La conducta a asumir por parte de los directamente involucrados seguramente sentará las bases de un futuro por el momento incierto. Si esta idea avanza tal como ha sido planteada por esta guerra de intereses, entonces veremos en fechas próximas debates surrealistas acerca de cómo y de qué están hechos los botines del fútbol europeo, las pelotas usadas por las estrellas de la NBA, las bicicletas de los líderes del Tour de France, la aleación de los palos de Tiger Woods y por qué no, las canilleras de las Leonas. Y volveremos a desenfocar a los verdaderos hacedores de milagros: es que tirarle al mensajero a veces consigue que el buen mensaje no llegue. O que llegue tarde. O torcido. Para beneficio de algunos.

 Viviana Hernández por Viviana Hernández Recomendar Nota a un amigo
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