09.08.2009 | Nos guste o no, todos nos miramos en ellos; alguna vez al menos, cada tanto, por gusto o accidente. Están quienes los indagan, quienes lo evaden. Están los espejos, los reflejados, los espejismos y espejuelos. Los concretos, los simbólicos y los metafóricos. Están por todos lados, y nos rondan.
Debe ser, supongo, uno de esos inventos que con gran alharaca y técnicas de perfeccionamiento e innovación el humano ha logrado para volverse, al mismo tiempo, dueño y esclavo de su creación. A quienes no se espantaron con el riesgo de que les capturara el alma y se la llevara hacia un recóndito e indescifrable reino oscuro y nebuloso, los embrujó con el hechizo de la propia imagen, de la mirada atenta e incluso narcisista. En el medio, un montón de variables posibles e intermedias. Espejos y espejitos simples y complejos, grandes o pequeños; de tan diversas formas como funcionalidades pueda haber.
Comenzaron siendo utensilios de tocador, pequeños objetos manuales confeccionados de metal bruñido -por lo general, plata, cobre o bronce- que, tras la ardua tarea del alisamiento y el plateo, permitían que algunos elegidos entre los egipcios, etruscos, romanos y griegos pudieran mirar y admirar su imagen reflejada. Se perfeccionaron, luego, utilizando vidrio o cristal de roca. Más tarde, una delgada capa de plata y aluminio depositada sobre una plancha de vidrio los impuso como elementos indispensables y fundamentales. Sinónimo de elegancia, poder y grandeza a veces; otras veces, artilugio estético-decorativo, o complemento imprescindible de los instrumentales que nos miran por dentro. En cualquier caso, desde entonces hasta hoy se trata del instrumento óptico más antiguo: veinticinco siglos de existencia para un mismo artefacto al que le hemos atribuido inmensidad de poderes y capacidades mágicas, físicas y simbólicas.
Destino de mala fortuna cuando se rompe. Arma letal para vampiros y hombres lobo a la luz de la luna llena. Vanidad de Afrodita, tramposo consejero de madrastras caprichosas. Instrumento de adivinación, refractor de luces, multiplicador de prismas. Espejos que no nos cansamos de crear, para creer. Y para confiar. Espejos y espejitos, que nos han traído más problemas que resoluciones, fluctuando siempre entre lo falso y lo verdadero. Porque, en definitiva, todo lo engañoso que pueda decirse sobre ellos lo fuimos confinando al dominio de la superstición popular; quedándonos sólo con la evidencia válida y confiable de que el espejo refleja, como reproducción exacta e imagen verdadera.
Quizás haya sido esa confianza, esa ingenua jugarreta de la fe en sus propias invenciones, lo que hizo que el humano creara más adelante otras tantas variantes del espejo. Para reflejar y mostrar todo lo que le urge exhibir de sí mismo. O acaso de los otros. Por eso, tal vez, así como confiamos en los espejos como aquello que nos devuelve una reproducción exacta y fidedigna de nuestra propia imagen, también confiamos en la realidad como lo que es y no puede ser de otra manera. Y de paso, ya que estamos, le damos una chance plena también a los realities, esa nueva forma contemporánea del espejo que prolifera cada vez con mayor cantidad de formatos, funcionalidades y fines.
Y de esos también hay de todo tipo: breves, de una entrega; extensos, detallados y de numerosos capítulos; pregrabados y en tiempo real; de famosos, de potenciales famosos, de ex-famosos; de gente común, de talentosos y de imbéciles; de gente y de cosas de la gente; de buenos y malos; de lindos y feos; de elegantes y pordioseros; de las calles y de puertas adentro; con cámara oculta o lente en mano; de viajes por el mundo, de habitaciones de hospital; de vidas enteras o de muertes por etapas. Realities, reality shows, patéticos o exuberantes espejos con garantía de reflejar lo real. Aunque diría, más bien, insoportables espéculos que nos meten por cualquier lado y a toda hora con la innecesaria -y a veces infame- misión de “mostrar lo que no se ve”, y que terminamos viendo aunque nos neguemos o no nos interese ni remotamente.
Espejo, “del latín ‘speculum’, se refiere a la superficie brillante que refleja la luz o las imágenes de los objetos”. Reality, palabra inglesa que refiere a “realidad”, y que deriva en los diversos idiomas en “programas televisivos que convierten a la televisión en un espejo donde el público ve el reflejo de la realidad en que vive”. Ahora bien, los mejores espejos son aquellos capaces de reflejar la luz y, también, de reflejar los objetos que se le enfrentan con absoluta exactitud, sin deformaciones ni alteraciones. No dudo que coincidirá conmigo en que la calidad del espejo-reality consiste en todo lo inverso: serán siempre mejores y más exitosos aquellos que reflejen lo más turbio y los ocasos de los objetos-personas en ellos reflejados, con absoluta deformación y distorsión de la realidad que dicen reproducir.
Por si no quedara claro, déjeme poner un ejemplo. Y permítame, además, elegir deliberadamente entre todos los ejemplos a mano, porque quiero aprovechar la ocasión para despacharme sobre ciertas deformaciones de que es culpable el espejo público. El reality al que me refiero se vende como el único capaz hasta ahora de meterse en las cárceles para mostrarnos “una mirada positiva de un mundo oscuro; la vida íntima de los presos, qué se siente vivir encerrado por muchos años”, y promete hacernos “vivir las historias contadas por sus propios protagonistas”. Al mismo tiempo, dos imágenes clave reflejan también la ideología del programa, mostrando claramente qué tipo de reflejo construyen de lo que supuestamente muestran como fiel a la verdad. En su primera apretura, el conductor con el torso desnudo, los puños hacia delante, el rostro con gesto a la vez desafiante y firme; detrás suyo, dos cañones de arma uno al costado de cada hombro, y más atrás, un ala celeste y angélica para cada costado; debajo, la palabra “cárceles” en mayúsculas y rodeada de alambres de púa. En su segunda apertura, el mismo conductor, colocado como un Cristo sostenido otra vez por alambres de púa, un corazón sangrante, a lo lejos, más imágenes de centros penitenciarios y armas. Digamos, si se trata de reflejar con fidelidad, estos spots de apertura y publicidad reflejan exactamente qué imagen busca construir y no reflejar el reality de Telefé. Una imagen absolutamente tergiversada del delito como consecuencia natural de una vida de pobreza, hambre y dificultades; del “no me quedó otra porque nadie me dio la oportunidad”; del “nunca supe hacer otra cosa en la vida”; del “tenía que darle de comer a mis hijos”; del “me drogaba desde los seis años y estaba re quemado”… Del victimario como verdadera víctima, de la pena como sentimiento justo para un injustamente penado, del privador de derechos privado de derechos. Del arrepentido y pobre tipo o pobre mina transformados en angélicos humanos que voló más allá del bien y del mal gracias a comerse el frío en una cárcel. Cárceles de las que, confiesan, fueron y volvieron, se irán y volverán porque les tienta la mala vida…
Y sí, debo confesar que son un buen espejo, la cárcel, el reality, su conductor, sus posturas y sus lugares comunes. Como todo espejo que se precia de tal, actúa por reflexión: “del latín ‘reflexio’, cambio de dirección de un rayo u onda”, es decir, “deformación de algo que tomamos por reflexión o pensamiento lúcido y racional y que es, en verdad, una ilusión, una falsa percepción de algo que tomamos como real”. Y que también, como el ‘speculum’ del que nace la palabra “espejo”, también se desprende el ‘specularis’ de “especular, como lo relativo o perteneciente al espejo, y como hacer suposiciones sin fundamento o buscar provecho o ganancia de una oportunidad”. Y de ahí a “especular” no queda mucho tranco por delante; porque, al final, “se aplica al fenómeno de la especulación o el reflejo especular, como a la manipulación de las contrariedades o antinomias del pensamiento, generalmente insalvables o irreductibles a un solo y único sentido”.
Convivo con ellos. Me rodean, me reflejan. Pero no les confío el dominio de la verdad. Por el contrario, me entretiene más ejercitar ese raro fenómeno de colocar espejos contra espejos: en la reproducción de reflejos de reflejos, que propagan imagen contra imagen hasta el infinito, el espejo que prefiero me muestra que lo real puede perder sus contornos hasta volverse precario, pequeño, intangible. Entonces, como la Alicia desencantada de su país de las maravillas, me voy al otro lado del espejo: ahí, donde he escuchado, visto y conocido a más de una madre que, aun muerta, volvió a llorar por su hijo asesinado cuando vio al culpable en el espejito de la tevé.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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