16.08.2009 | He dado sin proponérmelo con un informe antiguo (circa 1978), producido por una consultora para la Asociación Británica de Tabacaleras, que me ha dejado de una pieza, sin poder creer lo que mis ojos entregan a mi cerebro. No, corrijo; vaya que me lo creo, de ahí el fastidio y la incomodidad sobrevinientes.
Parece ser que a finales de los setenta, la industria tabacalera del Reino Unido atravesaba un momento crítico. Entre otros asuntos directamente relacionados con el rubro, asomaba ya, y con poca probabilidad de esconderla, la evidencia de una relación directa y nada santa entre el cigarrillo y el cáncer de pulmón, razón por la cual el sector estaba siendo profundamente cuestionado y atajaba penales desde todas las latitudes posibles.
Precisamente así lo recoge un documento elaborado por la asesoría Campbell-Johnson para la Asociación Británica de Tabacaleras (BAT). Desde entonces a hoy han transcurrido ya más de 30 años, pero parece que algunas de las consideraciones del texto no fueron pasadas por alto. Es más: hilando fino y poniéndonos detallistas en cuanto a la observación, el ejemplo parece haberse extendido a otros ámbitos. No hay nada más efectivo que un asesino socialmente aceptado y magistralmente dominado por las artes de un Estado negligente, indiferente o con problemas de caja.
El informe
"El tabaco tiene la función social de limitar el número de personas mayores dependientes que la economía debe mantener". Es decir, a falta de un buen conflicto armado que arrase naciones completas, un renovado genocidio sobre segmentos poblacionales al borde de perder utilidad práctica, una peste bien consolidada o una hambruna suficientemente abarcativa y duradera, siempre se tiene a bien acudir a las dotes sociales del cigarrillo, que ha probado ser tan atractivo como letal. Y a un precio cuasi ridículo: no se conseguía entonces ni tampoco ahora una devastación de pronóstico tan cierto a tan módico precio.
El tipo, digo, el autor del mamotreto, no conforme con la idea plantada primariamente, la amplía, la desarrolla, se explaya: "Con un aumento general de la esperanza de vida, necesitamos algo para que la gente muera. En sustitución de los efectos de la guerra, la pobreza y el hambre, el cáncer, considerado como la enfermedad de los países ricos, desarrollados, tiene un papel que jugar". Africanos, abstenerse: ya se sabe que no tienen recursos suficientes ni capacidades inmunológicas adquiridas para llegar a viejos, así que ni falta que hace proveerles un buen cáncer. Todo un continente hace el trabajo de limpieza étnica y etaria solito, sin la colaboración “solidaria” de ninguna corporación tabacalera.
En el texto se admiten los daños a los que podría verse sometida la industria tabacalera si la asociación entre fumar y contraer cáncer se vuelve inmediata y espontánea, con anclaje en el sentir colectivo. "Este reto médico ha actuado como una bomba nuclear de efecto duradero para el sector”, establece el informe. Aun así, sugiere varias posibilidades para contrarrestarlo. Dice, con un desparpajo digno de mejor causa, que plantear la batalla donde la oposición al tabaco es más fuerte, no es recomendable. "Con algún tremendo avance en lo que sabemos de las causas del cáncer o el descubrimiento de un potente inhibidor oncológico, se puede transformar la controversia sobre tabaco y salud", decide. Por eso, "la industria necesita estar preparada ante un repentino avance médico".
No obstante y aun cuando la industria no miraba para el costado en la participación del hábito de fumar en las enfermedades coronarias, por aquel entonces todavía no se había dado, al menos abiertamente, el enfrentamiento con los entendidos de la salud por un universo silencioso: los fumadores pasivos. "Se ha intentado definir como un riesgo sanitario general en lugar de un peligro limitado a ciertos grupos restringidos de población", y ahí venía la verónica. Tiempo después, con rigor y certeza científicos, ha conseguido ser demostrado que quienes no han dado una pitada en su vida, y tal vez básicamente por eso, en circunstancia de verse sometidos al humo de fumadores impenitentes y poco proclives a atender las debilidades del prójimo, aquellos padecen orgánicamente mucho más que éstos. Y ya no hay tu tía ni informes mentirosos que puedan negar tal evidencia.
Si la defensa sanitaria del tabaco ya se daba por perdida en 1978, quedaba la batalla social. "El humo del tabaco tiene una importante capacidad de molestar, y la incapacidad de los fumadores para tener en cuenta la comodidad de los demás es una de las razones importantes que ahora se usan para condenar el hábito", sostiene. Para combatir esta mala imagen, el documento sugiere varias líneas. "Todavía hay margen para intentar conseguir que el fumar se considere uno de los hábitos que no son cuestionables per se". Una de las actuaciones sería promover un código de conducta entre los fumadores que, de seguirse, podría garantizarles que no irán al banquillo de los acusados en su arrogancia y persistencia por contaminar el poco aire puro que nos queda, que es patrimonio de todos, no solamente de los pitadores. "Su tono tiene que ser franco y positivo", recomienda, para así "restaurar la imagen del fumador como una persona extravertida y sociable, y no el ser neurótico, apestoso y marginal que pintan los antifumadores". O sea, simpatía por doquier. Y si mientras te sonrío y te fumigo, te mato, pido gancho, que sólo es daño colateral. Fuego amigo, que le llaman los americanos derramados poco amistosamente por el mundo.
Por último, el informe propone la creación de asociaciones de fumadores. Con la bendición de la propia industria, claro está. El texto reconoce que llevarlo a cabo es una empresa complicada, sobre todo si se quiere que parezca una organización independiente, aunque añade una factible línea de acción: la protección de la libertad para elegir de todo individuo adulto en cualquier campo (aunque especialmente para fumar), y la defensa de los fumadores contra una injusta discriminación o restricción en su disfrute del tabaco.
Malthus vive
Esta aberración argumental venía en inglés, por lo que tuve que traducirla para leerla completa y seleccionar los tramos imperdibles. No fue el costo de la traducción lo que me agotó, sino lo decepcionante que resulta ver la forma que algunas ideas perversas y retorcidas al extremo son presentadas, e incluso provocan adhesión social. Lo que este documento enuncia, esa idea totalitaria y maltusiana de acabar con los menos fuertes para favorecer la disponibilidad de recursos en beneficio de los socialmente útiles, pervive, subsiste aún hoy entre nosotros. Y provoca pavura en sus sutilezas.
De repente recordé aquella publicidad de Marlboro del muchacho onda Robert Redford, pelito rubio natural asomándole bajo el sombrero de cowboy, mirada recia pero amable, y sonrisa de 72 dientes como perlas que hacía arrodillar a las vacas mucho antes de someterlas con el lazo. El tipo, estuviera en pleno rodeo, en la nieve, o en medio de la selva tropical, se las arreglaba perfectamente para tener, previo cigarrillo haciendo equilibrio entre sus labios carnosos y seguros, a las mejores minas, que por supuesto, lo acompañaban en el vicio. Feliz, loca y letalmente.
El ejemplo me llevó a pensar en lo salvajemente maltusiano que es todavía nuestro ordenamiento social. En que esa decadencia principista en el sentido nazi del concepto, ese apartheid mental que propone descartar lo que es menos bello, menos provechoso, menos económico, tiene las raíces y la salud de un roble y los tentáculos del pulpo de las peores pesadillas. Hace unos días, un hombre de 145 kilos murió en Uruguay y no pudo ser velado a falta de un ataúd apropiado para su peso. Da por pensar que el informe de 1978 lo leyeron más de cuatro que no necesariamente revisten en la industria tabacalera.
por Viviana Hernández
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