23.08.2009 | La mirada en panorámica es aquella que muestra un panorama, una imagen caracterizada por el horizonte visual amplio que ofrece, o que construye. Como un extenso puente trazado entre dos puntos distantes, intenta cubrir un espacio vasto capaz de recorrerse desde varios puntos de vista diferentes. Como largo tranco entre el aquí y el allá, generalmente se sorprende a sí misma descubriendo los detalles que captura.
Para ensamblar el conjunto, el lente ejerce el arduo trabajo de juntar y encastrar parte con parte. Y quien mira aquí detrás del lente, insaciablemente curiosa por los detalles del presente, naufraga a menudo en la mirada también retrospectiva: hacia el antes, el pasado donde habitan los fundamentos y motivaciones de las causas y lugares comunes que pretende cada tanto indagar, esclarecer. Esclarecerse a sí misma quizás, con el secreto placer de llevarse a un lector como compañero de aventura. Segura como pocas veces, esta vez, de saberse acompañada.
Sencillamente porque, aunque no se haya hecho alguna vez la pregunta de por qué amamos como amamos, le gustará tanto como a mí descubrirlo. Vayamos al grano: como en muchas otras tantas cosas que solemos hacer o creer, somos dignos herederos de la Edad Media, de la que conservamos tradicionalmente tanto que se nos olvida o directamente ya ni recordamos de dónde nos vino. Y nos viene de once siglos de historia y preceptos que llevamos a cuestas; todos, incluso el más vanguardista de los desenfadados y desprejuiciados que se precien de tales.
Diez siglos atrás, al igual que hoy, parece ser que la esencia del amor consistía en llevar adelante el arduo trabajo de sufrir y padecer. De luchar y subir la difícil cuesta del sacrificio para merecer amar y ser amados. De vivir muriendo por alguien, y gozar del dulce veneno de lo imposible y lo complejo. De hecho, los códigos de comportamiento medievales así lo establecían, por orden y mandato de lo que llamaban “el amor cortés”. Le presento sus preceptos y condiciones; cualquier semejanza con la realidad, será pura coincidencia.
La “filosofía del amor”, estructurada de acuerdo a leyes estrictas, intentaba reproducir en el vínculo de los amantes el vínculo de vasallaje que se daba entre el señor feudal y su siervo. Aunque en este caso, el señor era la dama; y el vasallo, el amante que la requería de amores sabiendo de antemano que incurría en una empresa infructuosa. Cuanto más inaccesible fuese la señora, más méritos ganaba el cortejante: para ser digno del amor, había que pagar derecho de piso, y laburar.
Pero esa amada, además, era producto exclusivo de la fantasía y la idealización. Como hoy, bastaba con enamorarse para idealizar; y luego para seducir, desplegando todo al arsenal posible de artilugios a medida que se transitaba la difícil senda de mostrarse como el mejor y más merecedor. En tanto, los códigos de conducta de este amor, permitían e incluso demandaban que la amada mostrara indiferencia y hasta crueldad; y que tras numerosos desplantes necesarios, cada acción suya fuese recibida con gracia y agradecimiento. Nunca se tienen indicios de lo que ella siente o piensa, pero la imaginación comienza a construir sus castillos en al aire. De la mano de la frustración y la utopía constantes, porque así se nos fue enseñando que debe ser.
Los ejemplos abundan en cualquier canción contemporánea, o en todas y cada una de las novelas de la tarde. Esas que no son más que una nueva elaboración de los viejos cuentos de hadas que, siglos atrás y en la actualidad, también nos fueron formando con sus lecciones: tanto en las versiones antiguas como en las mejor logradas de los estudios Disney, es necesario resignar la idea de una vida y un mundo diferentes, y aguantar el temblor y el temor de cada rugido hasta ser capaces de descubrir que detrás de la bestia que hiere y horroriza habita el príncipe azul. Idealización que, en la mayor parte de los casos, justifica hasta lo injustificable.
Llevado a un extremo claro y cotidiano, ¿qué otra idea subyace a cualquier relato de vínculos de maltrato o violencia? En definitiva, también se nos enseña a resignarlo todo “por amor”. Pero, por sobre todas las cosas, a prometer y mantener estricta fidelidad y pertenencia. Más allá de los destapes y liberaciones que nuestra sociedad ha transitado, la idea de sumisión y obediencia sigue tan vigente en el inconsciente colectivo como hace siglos. No por casualidad, creería, la violencia en los vínculos de pareja y en el hogar es actualmente la primera causa de muerte y minusvalía para las mujeres de entre 16 y 44 años de edad en todo el mundo. Desde otra perspectiva: se estima que el 70% de las mujeres asesinadas en el mundo, mueren a manos de sus parejas o ex parejas. Para los amantes medievales era más que claro: el amante sufre y llora pero persevera, y se sabe a sí mismo prisionero y sirviente; por eso llamaba a su dama “mi dueño” y debía obedecerla y seguirla aunque en eso le fuese la propia vida. Muy romántico, ¿no?
Es que de malentendidos -muchos, abundantes- también se fue haciendo y construyendo nuestra manera de vivir, pensar y sentir. Toda esa historia de morirse por amor era un truco poético, ¿por qué, si a más tiempo que transcurre mayor evolución de la inteligencia y los actos, nos lo tomamos tan al pie de la letra?
Déjeme contarle algo más: la filosofía del amor cortés surgió de un malentendido, de una mala interpretación jamás aclarada. Los amantes medievales malinterpretaron un texto sobre el que se inspiraron, y a partir de allí definieron de qué manera debía amarse. El texto era el Ars Amandi, del poeta Ovidio; pero era un texto que se burlaba de los comportamientos usualmente absurdos de un enamorado. Tomándolo de forma literal, los provenzales del siglo XI lo asumieron como un tratado moral y lo siguieron a pie juntillas.
Y así llegaron a hacer cosas como ésta, documentadas en numerosos textos poéticos de ayer, hoy y, quizás, mañana: “es un movimiento muy propio del amor cortés, pero también de los estúpidos de la actualidad, y de todos los siglos, disfrutar de las reconciliaciones. Cuando un amor, un romance o una relación carece de toda pimienta se juega a eso, a poner en riesgo la relación, ya que es la única cosa que te puede emocionar. Este muchacho se había enterado de que una pareja se había peleado y habían disfrutado mucho con la reconciliación, y pensó cuán dulce era hacer las paces con la dama después de un período de amorosa disputa. Así que decidió probar. Ante todo, se tenía que pelear con ella; y lo logró del modo más torpe. Poco más tarde la dama lo visitó personalmente para ver qué pasaba. El joven sostuvo una supuesta ofensa, y la hizo salir de su propiedad. Lo que pretendió ser un juego se volvió dramático, porque la dama se negó a tener un nuevo trato con este enamorado. Se le apareció él en el castillo, y ella ordenó que lo tiraran al foso. Salió del foso y le pidió a un amigo que le explicara a la dama enojada el verdadero motivo de su conducta, con el fin de dar por terminada aquella disputa. El amigo regresó con la siguiente respuesta: "La Sra. os perdona, pero como penitencia exige que os arranquéis la uña del dedo meñique y que se lo enviéis con un poema en el que condenaréis vuestra propia estulticia". Mandó a buscar un cirujano, se hizo arrancar la uña y compuso los versos que se le pedían. Se dirigió al castillo de su amada, que lo estaba esperando; el caballero cayó de rodillas, le presentó la uña y el poema. Ella aceptó los presentes, y éste recibió como recompensa un beso en la mejilla, que era el beso del perdón, y se fue. Continuó sirviendo para siempre a su dama, en gestas feudales, en torneos, sin recibir otra cosa que alguna mirada aprobatoria cada tanto. Esta historia revela cómo se manejaban esos amores. Todo lo que tuvo que hacer el tipo, el perdón, y así pudo hacerse mirar con aprobación durante largos años. A esto le llamaban el amor cortés” (Dolina dixit)
Amor que, pensará usted, precisamente de cortés tiene muy poco, o nada. Pero de ciego, sordo y mudo quizás sí, y mucho. Porque aun el más desenfadado Casanova del siglo XXI, o la más feminista de todas las feministas, ¿podrá tirar la primera piedra y jurar que nunca ha incurrido en aventuras semejantes?
Salvando los matices y las formas, seguimos conservando y remozando el cuento. Los finales, tan variables como cada historia. La seducción, siempre un juego fascinante de apariencias, ilusiones perdidas y recobradas. Malentendidos de la fantasía, cortesías del romanticismo de todos los tiempos, donde la mejor parte se la llevan las apariencias.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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