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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Panorámicas

Morosos (parte I)

Descripcion

06.09.2009 | Nos estamos quebrando, de a poco, lenta pero efectivamente. Los seres humanos hemos creado una sociedad fundada sobre la brutalidad, la agresividad, la fragilidad, la codicia, la competitividad. La hemos creado y continuamos asegurando su continuidad sobre estos términos. Aun cuando ellos mismos son la causa de todos, absolutamente todos nuestros males y penas, sociales e individuales.

Tanto es así, que cada vez que oímos hablar de amor, solidaridad, tolerancia, respeto u otras yerbas del estilo, nos aburre, nos parece siempre igual y monótono; nos cansa, nos suena cursi. Tan armados estamos según los términos antes mencionados, que sólo nos sorprende y nos choca lo que duele, lo que pega, lo que pega duro. Como si fuese lo único capaz de entretenernos o provocarnos una reflexión, cuanto menos leve y pasajera; como si fuese lo único capaz de retener nuestra atención. Como si sólo eso valiera; y de hecho sólo eso nos vale, nos vale la vida, el cerebro, el deseo, el cuerpo, la salud, la libertad. Pero la peor parte no está ahí. Lo peor del asunto está en el triste hecho de que tantas quejas y dolores que nos valen, nos valen también la inconciencia y la ignorancia. Esas amigas íntimas y primas hermanas de la estupidez que nos llevan y traen de las narices a lo largo de toda la vida que nos vale, y nos cuesta, y nos cobra por no saber verdaderamente en qué consisten y cuáles son las causas y los motivos de tantas quejas, dolores y malestares.
Personalmente, hace un tiempo ya que me he calzado la camiseta del equipo contrario a mi propia inconciencia, ignorancia y estupidez. Lo adivinará claramente el lector, a quien seguramente no se le escapará la recurrencia de las indagaciones y quejas con que suelo llenar esta página. Y es que me empeño en comprender, en mirar, remirar y revisar para tratar de entender qué es y cómo es esa sociedad que me harta, me sobrepasa y me desborda; esa de la que también soy parte y de la que, por más que quiera, jamás lograré huir.
Esta sociedad moderna, occidental, y ahora también posmoderna, que puede explicarse a sí misma de forma muy clara, aunque ella misma se empeñe en demostrarnos lo contrario. Nada mejor que dificultar las cosas o hacerlas parecer complejas para estimular la ignorancia, ¿no? Pero, insisto, es bastante simple.
Fíjese. La sociedad en que vivimos, antes que por individuos, está compuesta por una cantidad de instituciones; pocas, pero de peso y aparentemente inamovibles. Instituciones políticas (gobiernos, poderes de gobierno, ministerios, etc.), legales (la justicia, los tribunales), religiosas (desde las iglesias y sus sucursales principales hasta las escuelas, pasando por todas sus formas y credos habidos y por haber), familiares (la suya, la mía), ocupacionales (gremios, lugares de trabajo, puestos, funciones) y financieras (bancos sobre todo, de todo tipo y color). Y esta última es, sin dudas, entre todas las demás, la institución que rige la suerte del resto. Para tratar de entender cómo viene la mano con esta última, partamos de la base de que, de por sí, cada institución es algo ideal, no real. Una institución es una entelequia: por definición, algo ideal que, por la forma en que se presenta y funciona, ha tomado para la mente humana el carácter de algo real. Toda entelequia, es decir toda institución, es causa y consecuencia de sí misma; no necesita nada más que de ella misma para existir. Perdone que lo diga crudamente, pero ninguna de las instituciones a las que pertenece (al igual que yo) lo necesita realmente para ser lo que es. Por lo tanto, al estar inmersos en ellas, en las instituciones que forman nuestra sociedad, sólo formamos parte de una idea, de una fantasía, de una ficción. Así que, si creemos que somos algo porque creemos que “formamos parte de”, nos estamos creyendo bien creído un cuento más que bien contado.
Ahora bien, nada más misterioso y desconocido para el común de los mortales que la institución financiera, en la que, nos guste o no, estamos y estaremos metidos de los pies al cuello. Y ninguna tan aparentemente incomprensible, ¿verdad?, con toda esa jerga de tecnicismos y matemáticas extrañas que de antemano nos disuaden de cualquier intento de comprensión. La humanidad entera no ha sido capaz de crear una máscara tan perfecta para ocultar, con su cara de difícil, algo tan simple con el único fin de mantenernos sometidos a ella. Pero saber qué hay en el fondo es fundamental para entender por qué nuestras vidas son como son.
¿Qué hay en el fondo de la institución financiera? Nada, absolutamente nada. ¿Qué es lo que hace, a qué se dedica? A crear y promover la circulación de dinero. ¿Qué es el dinero? Nada, una ilusión. ¿Qué es la riqueza, entonces? Todo lo opuesto, la riqueza es deuda. Pongamos un ejemplo. El gobierno de los EEUU, por caso, necesita, digamos, unos diez millones de dólares. Así que llama a su Reserva Federal (FED, Federal Reserve System) y se los solicita. La FED responde “ok, les damos los diez millones de dólares y, a cambio, les compramos a ustedes diez millones de bonos del Tesoro”. Acto seguido, el Gobierno toma algunos trozos de papel, los pinta y dibuja convenientemente, y los bautiza como “bonos del Tesoro”. Y les pone el valor de diez millones de dólares. Mientras tanto, la FED hace sus propios papelitos, pero los bautiza “Notas de la Reserva Federal” y les asigna el mismo valor. Hacen el cambiazo, papel por papel; luego, el Gobierno deposita esos bonos en su Banco Central y las notas, automáticamente, se convierten en moneda de curso legal. Así, señores, se han creado, de la nada, diez millones de dólares nuevitos y listos para ser usados.
Aunque, a decir verdad, es más simple aún: el recambio se realiza por vía informática sin necesidad de utilizar papelillos. La reserva monetaria real es insignificante en comparación con lo que existe en las computadoras, como “real”. Pero, una vez hecho el trueque, el Gobierno se ha comprometido a pagarle a la FED esos millones; y el dinero se creó de la deuda, de la nada. La cosa se pone jugosa cuando quien tomó el préstamo sólo puede hacer uso de un 10% de él, apenas un millón, pues tiene la obligación de dejar el 90% restante como reserva monetaria en su banco. Restito que será utilizado, a su vez, para generar nuevos préstamos. Así, luego, cuando Juan, Pedro, Marta o Doña Rosa acudan al banco para pedir un préstamo, estarán haciendo uso de la reserva; y, a su vez, cada nuevo préstamo dará lugar a otra reserva que generará nuevos préstamos y reservas, en una progresión infinita donde el dinero seguirá creándose y proliferando de la nada. En síntesis, por cada nuevo préstamo se genera un nuevo depósito; y por cada depósito, se crea nueve veces la suma preexistente. Cada préstamo que usted o yo tomemos de cualquier banco no es realmente un préstamo, es una multiplicación de las reservas que el banco ya tenía. Curioso, ¿no?
Pero, si el dinero es entonces apenas una ilusión con forma pero sin fondo, ¿qué es lo que le da valor? El dinero que ya existe. Todo el dinero del mundo se sustenta y crece de acuerdo al ir y venir de la oferta y la demanda. Dado que ambas definen constantemente el equilibrio de los valores de los bienes y servicios que consumimos, los precios suben, y cada billete pierde valor; por eso es inevitablemente necesario emitir siempre y cada vez nuevas partidas de dinero. De papelitos, perdón. Y nada mejor que la inflación para que el dinero se devalúe. De eso sabemos mucho todos y cada uno de nosotros: no alcanza, necesitamos más, pues hagámoslo.
La ecuación es perfecta: cuanto más dinero hay, más deuda hay; cuanta más deuda haya, más dinero habrá. Cada peso que hay en su billetera o en su cuenta bancaria es dinero que le debe a alguien; y ese alguien, a otro alguien, y así sucesivamente. Por lo tanto, si todos, absolutamente todos, pagáramos cada pequeña deuda -incluidos los bancos y los gobiernos-, no habría ni un solo billete más en circulación. Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando hablamos de crisis o de default? En realidad, estamos hablando de lo contrario: de una deuda que se achica. No hay otro motivo por el cual las crisis financieras de bancos y países sean tan necesarias; no hay otra razón para que haya y siempre existan países que prestan y otros que deben: mantener vigente la deuda es igual a mantener vigente la “riqueza”, y profundizar las deudas es igual a aumentar las ganancias. Aun así, ¿quién estaría dispuesto a vivir sin dinero?
En vistas de cómo la institución financiera ha dado forma y curso constante al funcionamiento del mundo y las demás instituciones que dependen de ella, por lo pronto nadie puede zafarse del dinero y todos sus reveses. ¿Quién podría vivir, al menos un mes, sin cobrar su sueldo? Nadie, por supuesto. Por el contrario, tal como va la cosa, nos vemos forzados a competir por trabajo para poder tener el dinero suficiente a fin de que la deuda no nos devore. Aunque, sin saberlo y a ojos cerrados, no hacemos más que generar nuevas deudas cada vez que logramos mayores ganancias.
No pretende ser una apología de la pobreza voluntaria. Tampoco de la vagancia. Es apenas un comienzo en el devenir de otros capítulos donde volveremos a encontrarnos, estimado lector, en la deuda de conciencia que nos debemos; morosos como somos, todos, incluidos usted y yo, a la hora de abrir la billetera, la cabeza y los ojos. Como simple ejercicio para estos días, propongámonos recordar qué hay detrás de cada billete nuevo o ajado que tenemos entre manos… Y mientras tanto, estamos a punto de entrar en pánico por la emisión de “cuasimoneda”…

Anahí Cano Lawrynowicz por Anahí Cano Lawrynowicz Recomendar Nota a un amigo
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