27.09.2009 | Hace unos años le encomendé a un periodista de este semanario que escribiera un artículo sobre el Día de la Primavera. Cuando me llegó para su lectura y aprobación, pude advertir –y él también, a partir del ataque de locura que me dio tanta liviandad- que los adultos tenemos una versión peligrosamente descremada de lo que acontece hoy en tal celebración. De prueba hay hileras interminables de botones. Por el momento, en este espacio, uno.
21 de septiembre, Día de la Primavera, o del Estudiante, que no atiende en general al detalle del calendario, y se comporta climáticamente como un típico día de invierno. Tampoco atañe a las calificaciones escolares: se lo da por sobreentendido para todos los comprendidos en la etapa escolar, concurran al cole o no, estudien o no. Sería equiparable al Día del Trabajo, cuya ociosidad se considera acreditada para todo el mundo, sin perjuicio de lo que cada cual hace los 364 días restantes del año.
General Rodríguez, provincia de Buenos, localidad de poco menos de 80.000 almas. Allí, este último 21 de septiembre, en plena efemérides de las feromonas activadas y el consumo de cuanta sustancia invite al descontrol, una adolescente de 18 años degolló a otra de 17. No precisó más que de su natural ferocidad y una vieja iracundia que ya había volcado verbalmente en reiteradas oportunidades sobre la ahora fallecida. “Te voy a matar donde te encuentre”, le había pronosticado a Johana. Y el pasado lunes, Daiana cumplió: encontró a Johana festejando, se aproximó y le asestó dos puntazos, uno en el hemitórax derecho y otro en el cuello, fatal.
Algunos testigos aseguran que las chicas se trenzaron en una suerte de riña, sin advertir que la agresora llevaba consigo una navaja de 15 centímetros de afilada hoja homicida. Otros sostienen que la presencia policial fue pétrea, que no movió medio músculo por separar a las contrincantes, tal vez en la creencia de que sería una discusión mayúscula aunque controlada de una versión femenina de “aquí te hallo y aquí te zampo”, tal como solían hacer los muchachones de antaño con cuentas pendientes por penas futboleras o de polleras.
Hoy hay una chica muerta más, cuya foto los padres sostienen mientras recuerdan los últimos minutos de conversación con su hija, con la intrascendencia que suelen investir esos momentos que no se suponen las postrimerías de nada. Sí, charlamos sobre lo que quería llevar para comer allí, de con quiénes se encontraría y de lo que haría o dejaría de hacer al regresar, una contabilidad de instantes vanos y repetidos que ni siquiera vale la pena retener en la memoria. Para qué. Trágicamente supieron para qué. Tremenda e irreparable revelación.
Seguiremos por algunas semanas todos, estupefactos, incrédulos, el devenir del caso y la participación de sucesivos actores, y descarto que un día, sin quererlo, pensarlo o proponérnoslo, nos encontraremos dando vuelta la página del desencanto general ante otro nuevo callejón sin salida. Otra vez suspiraremos hondo y cruzaremos los dedos por debajo de la mesa para exorcizar el pánico a ser los próximos de esta lista negra del horror y la indiferencia funcional.
Sin embargo, pocos o ninguno habremos reflexionado sobre los minutos anteriores, los días, los años, las décadas previas al instante fatal. Dice el médico y psiquiatra Hugo Marietan, entre muchas otras voces que ensordecen de claras y precisas –y aun así desoímos-, que Daiana es una psicópata. Y que lo es no porque haya asesinado a una congénere, sino porque lo deseó, lo planificó y lo ejecutó. Tuvo un objetivo y hacia él se dirigió, sin confusión, sin demora y sin hesitación. Su víctima no fue elegida al voleo; su resentimiento era antiguo y reconocía un sujeto con nombre y apellido: Johana R. Mató porque quiso, elección que, según Marietan, la aleja de la inimputabilidad.
Grande entonces es la sorpresa: así que la inimputabilidad no es cuestión de almanaques vividos o por vivir. No alcanza sólo con tener pocos años para garantizarse salir casi airoso de un protagónico letal. Es un ítem de la intocabilidad, pero no el único y, al parecer, tampoco sería el más fundante. Un psicópata no lo es en virtud de una circunstancia puntual en el tiempo: lo es desde siempre, desde que esos rasgos se consolidaron en una personalidad trastornada. Y puede ser descubierto mucho antes de que sea la tragedia la que hable de y por él.
Pero acontece que “los normales” no escuchamos. No escuchamos las alertas, no vemos las luces amarillas, las intermitencias que sugieren claramente que algo no está bien. Les adjudicamos generalidades –están en la edad del pavo, son adolescentes tontos, etc.-, o singularidades que no lo son tanto –sus padres están por separarse, alguien está sin empleo en su casa-, a modo de justificación y salvaguarda. Pateamos la pelota para adelante, y cuando nos dimos cuenta, no fue gol sino un escándalo. Fue el partido del campeonato perdido por goleada. Fueron varias Daianas muertas. Fueron más de cuatro pibes que no despertaron nunca más del coma etílico en el que cayeron luego del picnic que supusimos inocuo.
Chicas que desfiguran a otras simplemente porque esas otras son más lindas, o son tenidas por más lindas. Ergo, potencialmente más exitosas en el mercado de la disponibilidad. Y ese increíble registro de la violencia, tanto fílmico –y no culpemos a la tecnología, por Dios, que los celulares no tienen la culpa- como en su inédito tono. Ya no hablamos de insultos, ni exabruptos o gesto de antipatía, que son una manifestación más o menos aceptable de la frustración. No, señores, estamos hablando de que hay jóvenes que están aniquilando a sus pares. O lo intentan, y lo graban en sus teléfonos. No pretenden molestar, ni siquiera lastimar, sino matar. Exterminar. Matar o morir por los símbolos de estatus y pertenencia. Y que quede documentado.
Los adultos asistimos viciosamente, con la certeza de que no hemos hecho nada para merecerlo, a la génesis de una prole que no puede con el dolor de no ser, que no está logrando transitar lo distinto como una de las tantas posibilidades que la vida seguramente ofrecerá y que habrá que sortear. La burla y el aislamiento solían ser castigo suficiente para el diferente, para el que se atrevía a eludir el estándar, hacia arriba o hacia abajo. Y era precisamente el castigado el que cargaba con la cruz. Hoy, los castigados pierden la vida en la sanción.
No alcanza con pensar que, hagamos lo que hagamos, habrá de todos modos un 3% de la población con rasgos psicopáticos, y que no sabremos de ella hasta que no se manifieste concretamente. No alcanza con saber que siempre habrá una Daiana al acecho en busca de su Johana, y que nada puede hacerse para torcer algo escrito en piedra. No está escrito en piedra, no es cierto: es una comodidad cobarde dejarlo así.
Algo habrá que hacer. Algo tiene que haber para hacer. Estoy persuadida de que no es inevitable el rezo que acompaña nuestro infortunio cuando un hijo pone la llave en la puerta para irse a bailar, a tomar algo o a un picnic de primavera con sus amigos. Estoy segura de que hay algo más que zozobrar y con suerte arroparlo una noche más. O sin suerte despedirlo frente a una cámara de televisión con su foto en la mano y el recuerdo de los tontos momentos previos a no volver a verlo vivo.
Si tan sólo despertáramos, cuando creemos estar tan despiertos. Si tan sólo hiciéramos lo que tiene que ser hecho para que después de la primavera llegue el verano y no el invierno oscuro eterno…
por Viviana Hernández
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