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MAR 07 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Reportajes

Días de furia

27.09.2009 | No dejar el portón sin llave, no permitir a los chicos jugar en la vereda, no transitar por ciertos lugares de noche. Son algunas de las costumbres que se han ido modificando en los habitantes de las ciudades argentinas con el paso de los años.

En los barrios acomodados y en los barrios pobres, el miedo ha ido ganando la batalla y así, de a poco, nos hemos encerrado en nuestras casas, escondidos detrás de rejas que nosotros mismos hemos colocado, clausurando nuestras puertas cada vez con mayor cantidad de cerraduras, mirando con desconfianza a nuestros propios vecinos.
En los barrios de mayores recursos, la vigilancia privada brinda una falsa apariencia de seguridad que a diario se muestra ineficiente, pero que brinda a los vecinos una ilusión de normalidad que les hace la vida un poco más fácil. No obstante, en las zonas más populares de grandes ciudades como la nuestra, la situación ya se ha tornado insoportable. Los vecinos se miran con sospecha, y el flagelo de la droga ha roto los códigos de la buena convivencia.

Apenas un ejemplo

Luis Oscar, un habitante del barrio Las Heras de la ciudad de Mar del Plata, habló con N&P sobre la odisea en la que se ha convertido la vida cotidiana de los habitantes de esta zona.
 
N&P: ¿Usted vive en el barrio Las Heras?
Luis Oscar: Sí, vivimos en la calle Cerruti entre Nápoles y Puán. A una cuadra de la avenida Polonia y de la calle 47.

N&P: ¿Qué sucede allí?
L.O: Aquí, a media cuadra, se ha mudado gente, alrededor de seis o siete personas, que acosan a todos los habitantes del barrio. Roban a toda hora. Los taxistas y los remiseros no pueden dejar s sus pasajeros ni siquiera en la esquina más cercana a las doscientas cincuenta viviendas construidas por la municipalidad; los asaltan constantemente. Nosotros estamos a dos casas de distancia de ellos. El domingo, a las cuatro de la tarde, entraron rompiendo una puerta, destrozando la cerradura. Esto es un horror; ellos viven así, robando a todo el mundo y la gente no puede siquiera pasar por la vereda porque, además, insultan. Existen muchas denuncias en su contra, pero nadie toma cartas en el asunto.

N&P: ¿Ante quién han realizado las denuncias? ¿Ante el 911, ante la seccional?
L.O: Sí, sí. La semana pasada vino la policía en dos oportunidades y realizó allanamientos. Pero las cosas no cambian porque al poco rato de que los detienen están todos en su casa nuevamente.

N&P: Repasemos el récord de las personas que fueron detenidas. Fueron arrestadas el 18 de marzo, y nuevamente el 28 del mismo mes. Por más que los magistrados digan que la puerta giratoria no existe, la realidad es que funciona muy bien...
L.O: Como le comenté, la semana pasada les realizaron dos allanamientos, pero todo sigue igual. Viven acosando a la gente, roban cualquier cosa: desde baterías de autos a lo que sea. Nosotros ya no podemos vivir, no somos dueños de salir a trabajar tranquilos. En esa casa viven unas cinco personas más la madre. Anteriormente vivía un cuñado de ellos y la hermana, una muy buena persona; le permitió a una cuñada que se había divorciado que se mudara con ellos, y lo acusaron de haber querido violar a la sobrina. Le tendieron una cama: lograron que lo desalojaran y ahora todo el barrio padece a esta gente.

N&P: Esta es una situación difícil para todos, porque nadie está preparado para convivir con delincuentes...
L.O: Para darle un ejemplo: a los vecinos de al lado, que son gente grande, ejemplar, le hicieron pedazos los arbolitos de la vereda. A ellos no les importa nada. De hecho, tenían una casa impecable que terminaron destruyendo. Esto se lo puede confirmar cualquier otro vecino; no me imagino en qué condiciones viven. Debería venir algún asistente social y monitorear la situación en la que están.

N&P: Según su descripción, estaríamos ante un grupo de salvajes incivilizados, porque no sería justo con los animales tildarlos de tales…
L.O: Se comportan peor que un animal. Ese es el flagelo que todos estamos padeciendo y nadie hace nada para solucionarlo. Van a actuar cuando maten a algún taxista o remisero, o cuando alguien mate a uno de ellos. Porque yo no estoy dispuesto a que me sigan robando. Si pasa algo, tengo claro que yo no voy a ir más a trabajar, que voy a terminar preso. Ahí seguramente la Justicia va a tomar conciencia y va a actuar, pero en contra de mí.

N&P: O terminaremos como en esas escenas que grafica Crónica TV, con un día de locura de los vecinos del barrio, con las cámaras filmando, la policía mirando a tres cuadras y sin ningún fiscal atendiendo la causa y dando por finalizada la tragedia.
L.O: Por supuesto, o como el remisero que hace unos días mató a dos personas. Y esto va a terminar en una batalla campal. Después uno escucha al intendente de la ciudad, o al doctor Salvá (N. de la R.: jefe de la Distrital Centro) explicar que el vecino se tiene que comprometer, y da bronca. Creo que con todas las denuncias que los vecinos han hecho ha quedado demostrado que el barrio está más que comprometido.

N&P: ¿Quedó registro de las denuncias realizadas?
L.O: La verdad es que de lo último que sucedió no hice la denuncia porque ya no sé si vale la pena.

N&P: Pero debe de haber otras, ¿no?
L.O: Sí, claro.

N&P: Independientemente de cada una de las experiencias personales, que son sumamente atendibles, lo que es claro es que los vecinos trabajadores del barrio las Heras viven en la angustia. Ojalá que insistir en dar a conocer estos hechos colabore en algún tipo de acción concreta que les lleve algo de paz a sus casas.
L.O: Yo agradezco que este medio le ponga el pecho a las denuncias, porque no todos los medios lo hacen. Es así, vivimos aterrados por esta gente sin escrúpulos. Todas las cerraduras del barrio están rotas, continuamente las cambiamos. No podemos seguir  así. Las autoridades deben proteger a los trabajadores que pagan impuestos. Yo no le debo nada a la Municipalidad; soy un ciudadano que trabaja y que contribuye con la ciudad. Estoy seguro de que merezco otro tipo de trato.

¿Qué hacer?


Hace unos años ya, en 2006, varios habitantes del barrio Las Heras tiraron piedras y quemaron la vivienda de un hombre al que acusaron de haber atacado sexualmente a una nena de 11 años. Los vecinos enfurecidos llegaron al domicilio que en ese momento estaba vacío, y comenzaron a apedrear y a pintar las paredes con distintas leyendas.
Luego la furia fue creciendo, los manifestantes tiraron botellas tipo “molotov” y provocaron un incendio que destruyó la casa casi en su totalidad. Poco después llegaron los bomberos, pero la gente impidió que apagaran el incendio e incluso les arrojaron piedras. Todo esto fue transmitido por las cámaras de televisión ante la mirada impávida de los cuerpos responsables de la seguridad.
No es fácil vivir en esa zona de la ciudad, por varios motivos. Además del grave problema de la seguridad, en el barrio faltan luces, asfalto y sobre todo, falta realizar las obras de desagüe pluvial para frenar las continuas inundaciones. Muchos terrenos se han convertido en basurales crónicos a cielo abierto y los vecinos claman por mejores servicios de salud.
A todo esto hay que agregar los problemas que acarreó al barrio la construcción de las viviendas del Plan Dignidad, ya que para edificarlas se levantó el terreno, lo que incrementó la cantidad de agua que llega los días de lluvia. En la sociedad de fomento aseguran que ésa es la realidad que se vive por haber construido estas viviendas sin tomar las prevenciones correspondientes.

El miedo
 
El robo con armas en las viviendas, en los comercios, las salideras bancarias, las noticias de personas mayores que recibieron golpizas para ser despojados de sus bienes. Todas estas son las noticias que incrementan nuestra sensación de miedo y la necesidad imperiosa de más seguridad.
Pensamos constantemente que pueden lastimar a algún miembro de nuestra familia, a cualquier vecino de nuestra comunidad o a nosotros mismos. El miedo que se siente hoy no es por los objetos materiales que se puedan perder: es miedo a sufrir lesiones graves o a que nos maten en ocasión de robo.
Pero reducir la seguridad a la no ocurrencia de delitos es una restricción peligrosa, porque para vivir seguros en sociedad los individuos también necesitamos seguridad social; es decir, necesitamos contar con los derechos básicos que preservan la calidad y la dignidad de la vida y de los que muchas personas carecen a pesar de que están consagrados constitucionalmente: empleo, educación, salud, entre otros.
En gran medida, la angustia que vivimos se basa en la creencia falaz de que en algún momento vamos a poder llegar a estar absolutamente seguros. Es interesante reflexionar sobre este punto, porque la búsqueda de seguridades se va desplazando y plantea nuevas exigencias a medida que se van alcanzando objetivos preexistentes. Los barrios cerrados, las rejas y alarmas son una prueba de ello.
Establecemos una relación directa entre jóvenes, drogas e inseguridad, como si los jóvenes fueran los únicos actores de este problema y las drogas la única causa. Y así, de alguna manera, se cerrara un circuito de donde se puede deducir que hay que controlar a los adolescentes, condenarlos y bajar la edad de imputabilidad como la única forma de resolver el problema de la inseguridad.
Son muchas las variables. Y el miedo no es buen consejero.

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