04.10.2009 | La manera en que la sociedad y la cultura actual se conforman y funcionan, salvando las particularidades que hacen a cada una levemente diferente de la otra, desde hace unos años ya comenzaron a ser vistas como una red. Imagen, concepto y metáfora de gran claridad para algo que, más que sensación, es una verdad.
A la hora de observar y comprender de qué va la cosa en estos tiempos, todo parece indicar que hemos llegado al punto donde todo se conecta e interrelaciona con todo; donde todo lo que sucede en un punto remoto afecta, como en un efecto dominó, lo que acontece en el punto más cercano, y viceversa.
Hace un par de semanas, cuando en esta misma página se hablaba acerca de cómo se planifica y se ejecuta el flujo de dineros, deudas e intereses mediante las condiciones establecidas por el sistema financiero, quedaba claro que toda deuda particular termina siendo parte de una deuda mayor. De la misma manera, cada billete en el bolsillo de alguien es el faltante en las arcas de otros, cada préstamo origina una nueva cadena de deudas crecientes, y así sucesivamente, tal como una red que siempre suma más hilos y nudos. Podríamos visualizarlo así: cada billete que circula en el mundo forma un hilo; con el intercambio de dinero y los flujos y reflujos de la moneda, los hilos van reproduciéndose y sumándose. En cada punto en que esos hilos se encuentran o desencuentran, queda dibujado un hueco, un agujero; y finalmente, así queda armada la red. La red que nos sostiene, a veces caminando a tientas por sus hilos y otras veces metiendo el pie en el agujero con riesgo de caer. Aunque no son pocas las oportunidades en que algún que otro desgarrón nos echa de bruces hacia afuera y nos encontramos haciendo todo lo posible por volver a trepar.
Pero claro, no hay tejido sin tejedor. Y ninguna red se arma ni desarma sin un hábil tejedor que sepa cómo debe estar hecha esa red y para qué la precisa.
Esa red que nos envuelve y nos anuda suele parecernos un sólido tendido de barrotes o vallas que nos tiene atrapados. ¿Quién no se ha sentido alguna vez agobiado y desbordado por verse sumergido en un tren de cosas inmodificable, de tan sólido y tan amplio, del que parece imposible salirse? ¿Quién no se ha visto alguna vez corriendo para cubrir cuanto antes y como pueda los agujeros financieros y materiales que le urgen y lo cercan, poniéndolo en riesgo, siempre en riesgo de perder, a condición de algo? No dudo de que ni un solo ser humano en este mundo no se haya visto en ese tipo de apuros. Todos hemos sentido alguna vez que algo grande y pesado como el pie de un desconocido gigante se nos venía encima a punto de aplastarnos, hasta que pudimos pagar el precio y volvimos a sentirnos momentáneamente en paz. Pobres, pero dignos, como repiten tantas otras voces de allá lejos donde el tejedor teje su red…
Pero para quien cargue menos deuda que otros con la creatividad y el ingenio, sabrá que no sólo de cualquier laberinto puede evadirse por arriba sin enredarse necesariamente en sus melindres, sino que el ser humano no ha sido capaz todavía de crear la prisión perfecta.
Y ni siquiera las crisis lo son. Los diferentes devenires de la historia han estado sujetos siempre a las consecuencias de diversas crisis; los ajustes y reajustes que la humanidad se vio forzada a hacer en virtud de ellas fue configurando su futuro inmediato, y preparando el camino para otras reestructuraciones futuras, hijas siempre de otra crisis. El mejor ejemplo lo tuvimos el año pasado, cuando la “crisis económica” de los Estados Unidos sacudió al mundo entero, obligando a cada individuo a entrar en pánico, a tomar decisiones o buscar un nuevo rumbo; y a otros, inevitablemente a sacar ganancia de los restos. Pero aquella fue sólo una pequeña parte de otra red, donde cada crisis no es fruto del azar y la desgracia sino de un ingenioso plan para, a través del sistema financiero mundial, generar pérdida y de allí, como ya claramente sabemos, obtener nuevas y mayores ganancias.
Durante la década del ’30 en Estados Unidos, la historia logró demostrar tempranamente el profundo poder de los medios masivos de comunicación sobre los ánimos y las elecciones de una sociedad entera. Cuando Orson Wells relató por radio “La guerra de los mundos”, y un supuesto ataque de fuerzas extraterrestres amenazaba con dominar nuestro mundo, los suicidios en masa se anticiparon al aviso de que se trataba de una ficción. Miles de personas fueron presa de la histeria colectiva, pero por suerte otros miles llegaron a escuchar el aviso y evitaron tomar decisiones tan drásticas como trágicas.
Del mismo modo ha sucedido tantas otras veces, con la diferencia de que se omitió avisar que también se trataba de una ficción. Pequeña omisión que sumó intencionalmente miles de actores a un drama que se desarrolló ante los ojos satisfechos de quienes idearon la trama. Por ejemplo, a principios del siglo XX, varios bancos centrales de los Estados Unidos habían quebrado como consecuencia de una larga historia de estafas y fraudes denunciados a partir de sistemas de intereses fraudulentos. Los dueños de esos bancos, un contado grupo de gente modesta que incluía a los primeros abuelos de las prosapias Rockefeller, Rothschild, Morgan y Warburg, encontraron la forma ideal de volver a instalar sus máquinas generadoras de deuda y ganancia, también llamados “bancos centrales”. Sabedores de que se habían ganado el descrédito y la desconfianza de su Gobierno y de la población norteamericana, creyeron interesante y oportuno “crear” algún incidente para afectar la opinión pública y así provocar también las condiciones favorables para su regreso con poder y gloria incluidos. Haciendo uso de sus influencias en la prensa (de la que fueron y siguen siendo socios), publicaron falsos rumores de que ciertos bancos eran insolventes o se encontraban en situación de quiebra. Tal como suponían, los rumores no sólo generarían pánico e histeria en la gente sino en las demás instituciones bancarias no mencionadas pero inevitablemente ligadas entre sí ya por los hilos de la red del sistema financiero. Y ahora viene la parte que usted conoce y que, quizás, vivió más de una vez. ¿Qué hizo la gente? Por supuesto, corrió y se apuró por extraer el dinero de sus cuentas. Paralelamente, los bancos se vieron forzados a pedir lo mismo, a exigir que le fueran devueltos sus préstamos para evitar caer en el vacío donde la red había soltado los hilos para ir dejándolos precipitarse y hacerse trizas. Así que quienes habían pedido préstamos a los bancos debieron devolver, llegando a quedar en la calle ante la obligación de vender sus viviendas y demás bienes. En el caos generado a espaldas del conocimiento público y con la complicidad de la prensa, las quiebras y el desorden lograron “reposicionar” el dinero, devolviéndolo a manos de quienes lo habían creado y prestado originariamente: esos mismos cuatro abuelos que ya iban criando a su progenie. Años más tarde, pactaron la creación de la FED, o Reserva Federal -todavía vigente y floreciente-, convenciendo al público y al Gobierno de que su existencia se limitaba a funcionar como estabilizador de la economía y la inflación, a modo de garante capaz de evitar futuras crisis.
Pues bien, en realidad se hizo para funcionar al revés. Crearon un nuevo tipo de préstamo, en otras palabras, inventaron las acciones: un tipo de préstamo que, por entonces, permitía que el inversor pagara sólo el 10% del valor de un título mientras el 90% restante corría por cuenta del corredor de bolsa. Durante la década del ’20, muchos estadounidenses se dedicaron feliz y livianamente a hacer fortuna mediante el manejo de títulos y acciones. Como si nadie hubiese estado advertido de que una cláusula indicaba que el préstamo podía ser pedido en cualquier momento, con la obligación de ser devuelto en no más de 24 horas.
Con ganas de otra crisis, Rockefeller y unos amigos crearon la gran depresión de los ’30: sigilosamente se retiraron de la Bolsa, los títulos fueron perdiendo valor y los prestamistas reclamaron el pago urgente. Dieciséis mil bancos colapsaron, inmensas corporaciones fueron vendidas por apenas centavos, y unos pocos personajes volvieron a tomar control de la infortunada suerte pública. Cualquier semejanza con la realidad, no es pura coincidencia.
Durante años, la progenie de los tejedores y los grandes medios de prensa norteamericanos se han agradecido mutuamente los favores. Durante años, cada crisis se reprodujo en otras. Durante años, paradójicamente, los ciudadanos de a pie fueron expulsados de la red y obligados a dejar todo lo que debieron dejar y hacer todo lo que fueron forzados a hacer para reinsertarse en la red. Durante años, venimos devorándonos la vida por TV, consumiendo la guerra de los mundos que nos entretiene y nos encanta con su fascinación cada vez más “real”. Durante años venimos haciendo lo posible por perfeccionar el entretenimiento, en franca mora con el hecho de que, mal que nos pese, el entretener nos cuesta el tener.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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