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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Bitácora de Vuelo

Despegando

Descripcion

18.10.2009 | Quiero empezar con una confesión: comencé a escribir esta columna por lo menos 5 veces de manera diferente. Un par de veces comencé contando mi historia personal, la de un marplatense viviendo en Barcelona, estudiando un doctorado. Sin embargo, esto no es un diario íntimo, así que volví a empezar.

Me planteé entonces hacer un anecdotario, pero me pareció que, sin contexto, la historia iba a quedar incomprensible. Después pensé en contar las cosas que no me gustan de vivir afuera, pero no quería quedar como un quejoso, un desagradecido o un chauvinista extremo. Finalmente, decidí sólo dejarme llevar y ver cómo las cosas iban saliendo. La idea de este espacio es contar la vida de un marplatense en Europa, las pequeñas o las grandes cosas que nos hacen similares y que nos diferencian. A través de una mirada nuestra sobre el día a día en España, se puede ir rastreando lo mucho que la inmigración ha definido la forma en que nos comportamos, pero podemos ver también cómo inevitablemente influimos en la vida de los españoles.
Para ponernos un poco en contexto, podemos decir que la historia de los marplatenses, como la historia de los argentinos, es una historia de inmigración y por lo tanto, es una historia de despedidas y nuevos comienzos. Las estadísticas dicen que desde fines de los ‘90 y principalmente a partir de la crisis de 2001, la cantidad de marplatenses que pusieron rumbo a España y en especial a las Islas Baleares se multiplicó considerablemente. El documental Partirse, del marplatense Ariel Torres, establece que la cantidad de marplatenses emigrados llega a 60.000, 10% de la población económicamente activa de nuestra ciudad. Yo soy uno de esos 60.000 que se fueron, y que siempre están pensando cuándo volveremos.
Salir de Mar del Plata nunca es fácil. La primera vez que me fui de nuestra ciudad a estudiar a Buenos Aires, experimenté en carne propia lo que he dado en llamar el “síndrome marplatense”. Estoy seguro de que más de un lector lo habrá sufrido: caminando por las calles angostas de la Capital, sentimos que los edificios se nos caen encima, que las veredas se vuelven cada vez más angostas, que los colectivos hacen cada vez más ruido y que todo el mundo está queriendo aprovecharse de uno. Casi desesperados, miramos hacia el horizonte, buscando dónde termina la ciudad, dónde podemos encontrar el mar. Pero la ciudad sigue hacia los cuatro puntos cardinales, se nos hace infinita y nos invade una sensación de ahogo urbano. Somos como un pez fuera del agua, necesitamos la sensación de la arena pegada a nuestros pies, el olor del mar, o la simple idea de poder escaparnos a la costa a mirar el fin del mundo. Estoy cumpliendo 3 años en Barcelona, y el “síndrome marplatense” se sigue haciendo sentir. Por supuesto, nadie te obliga a quedarte aquí, y no busco un consuelo, pero por más idílica que parezca la idea de emigrar, puedo asegurar que es más difícil de lo que parece.
Para comenzar, está todo el proceso del viaje, que ya es un parto en sí mismo. Para irnos, pasamos por todas las etapas: planeamiento, decisión, espera, y finalmente la partida. Primero están los largos debates previos a la decisión: ¿qué vamos a hacer allá? ¿España? ¿Italia? ¿EE.UU.? ¿Y qué hacemos con los papeles? ¿Dónde vamos a vivir? Durante estos meses, uno se cuestiona todas las posibilidades que puede deparar el destino, tanto si uno decide quedarse como irse, y ninguna opción parece del todo convincente. Quedarse es seguir en la misma, pero irse puede parecer dar el brazo a torcer.
Una vez tomada la decisión, vienen los preparativos para poder viajar. Informar a familia y amigos de que nos vamos a ir es tal vez el paso más complicado. Si bien muchos se sienten felices, es inevitable encontrarse con caras amargadas por la futura partida, y con quienes te reprochan que “abandones el barco”, por más que asegures y reasegures que vas a volver. Ansiedad, un poco de culpa, esperanza, nervios y angustia, todo se mezcla en estos meses, mientras cada peso que se puede juntar se guarda para comprar el inalcanzable pasaje. Finalmente, cuando ya lo tenemos en la mano, no hay vuelta atrás y viene la parte más divertida: los asados de despedida.
Los sentimientos del día de la partida no pueden describirse con sencillez. Esa mezcla agridulce de alegría, ansiedad y tristeza que se siente al despedirse de familiares y amigos sólo se entiende cuando se vive. Si uno tiene suerte, el colectivo sale de la Terminal, derecho por la calle Sarmiento, y nos podemos despedir una vez más del mar. Quien no haya derramado un lagrimón en este momento, no es un marplatense de pura cepa.
El primer balde de agua fría que se recibe es en el control de Inmigraciones, una vez en España. Ahí es donde uno se entera de que la burocracia estúpida no es un invento argentino, sino más bien una pandemia global. Muchos argentinos viajamos con la doble nacionalidad, y esto abre la posibilidad de ingresar a la Unión Europea por la puerta grande y la cola rápida. Para el “resto del mundo”, como reza el cartel de Inmigraciones, la puerta es más pequeña, la espera es más angustiosa. Un representante inmigratorio del Reino de España desconfía antes que nada. “Somos la puerta de entrada a Europa”, suelen decir. Y realmente se creen el papel de Can Cerberos. Como si fuesen patovicas de boliche, dejan pasar a quien les gusta, y rebotan a quien se les da la gana. Las excusas pueden ser de todo tipo, pero si el representante inmigratorio no te quiere dejar pasar, no hay pasaje de vuelta, carta de invitación, dinero en mano, tarjetas de crédito o reserva de hotel que valga. Y al ver cómo impiden el ingreso de argentinos que viajaban al lado tuyo en tu mismo avión, se ganan la primera indignación.
Sin embargo, como decía al principio, ésta es la historia de uno que sí pudo llegar a buscar parte de su destino en España, con una mano atrás y la otra adelante pero con el eterno y constante sueño de volver algún día a casa. Desde el océano lleno de furia que baña Mar del Plata, al mar de la tranquilidad que abraza a Barcelona, el agua nos une. Tal vez a través de estas páginas podamos acercarnos un poco más y, compartiendo con ustedes el mismo sabor del agua salada y la  sensación de la arena en los pies, poder superar de a poco el “síndrome marplatense”, con los pies hundidos en el Mediterráneo pero el corazón en la Bristol.

por Facundo Santiago Recomendar Nota a un amigo
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