18.10.2009 | Octubre otra vez, uno de los últimos feriados previos al inicio de la temporada. Otra vez la discusión sobre si fue una conquista o el encuentro entre dos mundos. Otra vez preguntarse si Colón fue el primero o si ya habían llegado otros.
Al menos en los últimos tiempos, han aparecido historiadores que se animaron a romper con el mito del paraíso en la tierra que muchos creen -o quieren creer- que era la vida en América antes de la llegada de los españoles. Ni era el paraíso idílico que extrañan los movimientos indigenistas, ni la locura sangrienta del Apocalypto de Mel Gibson. Había de todo en esta inmensa América.
En el momento del encuentro con los españoles, el imperio incaico estaba en plena decadencia. Recién terminaba una cruenta guerra fratricida en la que Atahualpa y su ejército habían logrado imponerse ante las fuerzas cuzqueñas de Huáscar. El costo había sido enorme y, siguiendo la tradición, no hubo misericordia con los vencidos. Después de su victoria, Atahualpa ordenó asesinar a toda la nobleza reinante y mantener a su hermano cautivo en Cuzco mientras decidía su destino.
El motivo de la guerra había sido la ambición de Huáscar. Atahualpa era un obstáculo en sus intenciones expansionistas, ya que controlaba el norte y por lo mismo bloqueaba la salida a territorios fértiles. La ambición de conquista les dio la gloria y los condenó a la ruina. Los hermanos pagaron el error con su vida.
Todos sabemos lo que pasó con las dos grandes civilizaciones de nuestro continente a menos de un cuarto de siglo de la llegada de los españoles: tanto el imperio azteca, como el inca, cayó en poco tiempo y su estructura de poder y sus sistemas de caminos fueron utilizados por los conquistadores para montar sobre ellos su propio gobierno.
Pero en la mayor parte de América no contaron con esa suerte. El enorme espacio americano no estaba habitado por civilizaciones con estados centralizados ni con una vida urbana floreciente. Eran gobernadas más bien por jefaturas locales que dominaban espacios reducidos: no había un Moctezuma o un Atahualpa para suceder.
Las gentes que habitaban el resto de América Central o del Sur, que quedaban fuera de las dos grandes civilizaciones, habían desarrollado culturas muy diversas. No les había tocado en suerte a muchos de ellos un medio propicio para el cultivo, y no tenían más remedio que desplazarse de un lugar a otro para cazar, pescar o recolectar frutos.
Los españoles no tardaron mucho en darse cuenta de estas diferencias. Fray Bartolomé de las Casas resumía la situación explicando: “Se hallan tres maneras de linajes bárbaros. La primera, la gente que tiene alguna extrañeza en sus opiniones o costumbres pero no les falta policía ni prudencia para regirse. La segunda es porque no tienen las lenguas aptas para que se puedan expresar con letras como en algún tiempo lo eran los ingleses. La tercera son los que sus perversas costumbres, rudeza de ingenio y brutal inclinación son como fieras que viven por los campos sin ciudades ni casas, sin policías ni leyes, sin ritos ni tractos”.
Tanto los españoles como en parte los portugueses se centraron en lo que consideraban más civilizado y desatendieron por un tiempo a las inmensas regiones que estaban habitadas por gente que, además de no poseer atractivos económicos, mostraba muy poca disposición al sometimiento; y ofrecieron resistencias encarnizadas, algunas hasta mediados del siglo XIX, como en el caso de los chichimecas al norte de México o los araucanos en la Patagonia.
A pesar de las diferencias notorias, en el imaginario europeo triunfó la imagen del salvaje en el paraíso: desnudo en un ambiente tropical, con la comida al alcance de la mano y en medio de una sociedad igualitaria; y con un solo defecto, para los blancos, la mayoría de eran caníbales.
Había pueblos en lo que hoy es Panamá, como los muiscas o chibchas, que contaban con varios caciques independientes y que conocían desde hacía muchos años la metalurgia: trabajaban el oro y el cobre y eran excelentes orfebres. Sus creencias religiosas incluían una serie de mitos en los que mezclaban elementos de la naturaleza con caciques legendarios de cada territorio.
El Sol y la Luna eran elementos claves de sus creencias. El mito de Bochica se asemeja a los de Quetzalcóatl y Viracocha. Bochica, un ser astral, había llegado desde oriente para enseñar las leyes y las artes, y habría desaparecido sin dejar rastros. Chipchacum, el dios de la tierra, se dejó llevar por la ira y arrojó un diluvio que inundó la tierra, pero Bochica se apresuró a salvar a los hombres. Como podemos ver, el mito del diluvio es universal. Por supuesto que, como en la mayoría de las civilizaciones de esta zona, se ofrecían sacrificios humanos al sol y las víctimas eran jóvenes guerreros capturados en las guerras.
Más abajo en el mapa, en lo que hoy son las selvas brasileñas y hasta el Río de la Plata, habitaban las gentes de lengua tupí. Eran nómades debido a que el suelo es poco apto para la agricultura, y quizás por esa gran movilidad su lengua se convirtió en la lengua franca de buena parte de las tierras del Brasil de aquella época.
Los españoles los consideraban físicamente perfectos. Hombres y mujeres iban completamente desnudos, con los cuerpos totalmente depilados y pintados de llamativos colores, sobre todo de rojo y negro.
Y más cerca nuestro estaban los araucanos, descriptos por el español Diego Rosales como “gente entre las que cada quien se sirve a sí mismo y se sustenta con el trabajo de sus manos”. Los relatos de españoles de la época nos muestran cierta admiración por esta gente de valor, de gran destreza guerrera y de ideal independentista. Sólo en el último tercio del siglo XIX fueron sometidos por la civilización urbana y el Estado a los que durante tantos siglos se habían resistido.
Nunca formaron una unidad política con estructuras estables de gobierno. Los distintos grupos se reunían periódicamente en un lugar llamado regua, para solucionar pleitos y hacer justicia, celebrar alguna ceremonia y decidir el inicio de una guerra. Estas reuniones, que podían durar varios días, incluían importantes comidas que corrían por cuenta del cacique que convocaba.
La sociedad araucana era estrictamente igualitaria. Cada familia proveía sus necesidades, incluida la del propio cacique, de manera que nadie vivía del trabajo de otro. No construían ciudades ni núcleos de población, las familias vivían en caseríos dispersos. La poligamia era una práctica habitual; el novio le pagaba al suegro por la novia y si se divorciaban a pedido de la mujer, el ex suegro debía devolver lo que había cobrado.
El carácter de guerreros se manifestaba en los entrenamientos constantes y en la preparación continua para la guerra. Las cabezas de los enemigos se mostraban como el tesoro más preciado en las lanzas de los guerreros araucanos.
Se sabe muy poco acerca de sus creencias religiosas, aunque nos consta su temor hacia unos seres sobrenaturales, los pillán, asociados al fuego y al rayo, y que cuando se enojaban demasiado provocaban la erupción de los volcanes. Entre sus mitos figura, una vez más, el de un diluvio, o una inundación de la que sólo pudieron salvarse una o dos parejas que volvieron a poblar la región.
América tenía en su interior gente muy diferente entre sí, y muy distinta a los españoles, salvo por una cosa: en el fondo todos tenemos nuestro propio diluvio fundacional.
por Rosanna González Pena
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