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JUE 02 Septiembre 2010 | Mar del Plata

Politíca Internacional

GRUESO ERROR DEL COMITé NORUEGO

Vergüenza ajena

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18.10.2009 | Alguna vez el multimillonario Alfred Nobel quiso dejarle un legado a la Humanidad a través de las ciencias y las artes. En la misma inspiración, le dejó un sitio muy especial a la paz. Así fue que la Física, la Química, la Medicina y las Letras tuvieron su galardón, y la Paz el propio como ejemplo para el mundo por el esfuerzo comprometido y los logros obtenidos. Hasta ahora. Porque ahora cambió.

Ahora el esfuerzo puede quedar en discursos poco escuchados (y hasta contradictorios); los logros pueden ser mínimos, y el premio se gana igual. Mejor dicho, “se otorga” igual, porque Obama no se lo “ganó”. Tampoco a él debe echársele la culpa, seamos justos. Quien ofendió el espíritu del Premio y de su fundador, quien mandó un mensaje político contrario a la filosofía de la distinción -que precisamente se abstraía de ella-, quien puso al que “no hizo” a la par de tantos que “sí hicieron”, fue el Comité del Parlamento Noruego encargado de elegir un candidato entre varios postulantes.
Que para serlo, insisto, debían ofrecer una historia de trabajo, casi de heroísmo humanista digno de tal honor. Esta vez no; en franca contradicción con el pasado, quienes acreditaron méritos quedaron igualados con quien prometió cosas meritorias, que no es lo mismo. Dijo alguien muy (muy) querido por mí, al enterarse: “Buenísimo, entonces me podrían dar el Nobel de Literatura por un libro maravilloso que algún día voy a escribir”.
Siento la necesidad de pedirle perdón a varias personas, algunas de ellas post mortem. Perdón, Kim Dae-Jung, ejemplo de coraje, tenacidad y portador de una fe inquebrantable en la reconciliación de las dos Coreas. Cuarenta años, cinco de ellos como presidente de Corea del Sur, trabajando en democracia, enfrentando dictaduras, sufriendo el exilio, el secuestro, la cárcel y la tortura. Ejemplo de valentía que no dudó en enfrentarse a los EEUU en el Consejo de Seguridad para pedirle, públicamente, el levantamiento de sanciones a su hermana del Norte. El sí trabajó y murió (recientemente) por la paz. El sí se ganó el Nobel (2000). Lo transpiró.
Perdón, Wangari Maathai, primera mujer doctorada en Biología del África occidental, primera decana de la Universidad de Nairobi (Kenya), primera africana que recibió un Nobel (2004) por sentir, decir, pelear y actuar en defensa del ecosistema. No habló, no prometió, hizo: combinó la protección a la niñez creando ¡cinco mil! guarderías; y creó una ONG en defensa de los bosques, que plantó ¡30 millones! de árboles en toda el África. También fue presa, claro, cuando se plantó ante el gobierno corrupto de Arap Moi. Vamos, que este sí fue un Nobel bien ganado.
Perdón, Shirin Ebadi, primera mujer musulmana en obtener el mismo honor por jugarse la vida -casi literalmente- a dos bandas: contra el régimen de Teherán, y contra el presidente Bush. Jueza en su país (Irán), se quedó sin trabajo por “demasiado emocional” para el cargo. Desde su estudio no dudó en seguir trabajando por los Derechos Humanos. Desde su estudio y desde la Universidad, siempre en medio de un clima profundamente hostil. Pero al mismo tiempo tampoco le tembló el ánimo para criticar públicamente al ex presidente Bush “por violar los principios universales y los derechos del hombre con el pretexto de los atentados del 11 de septiembre”. Pocos días antes había sentenciado: "Cualquier persona que quiera luchar por los Derechos Humanos en Irán debe vivir con el miedo en el cuerpo desde que nace hasta que muere, pero yo ya he aprendido a superarlo".  Para entonces, todavía resonaban sus declaraciones: "¿Por qué en los últimos 35 años no se han cumplido docenas de resoluciones sobre la ocupación de los territorios palestinos por Israel, y en los últimos 12 años Irak ha sido objeto de ataques, sanciones y ocupación militar?". Así, en el medio de dos gobiernos demenciales y la ONU inoperante, Shirin se llevó lo mínimo que merecía: el Nobel de la Paz.
Perdón, Dr. Yunus, banquero y economista que sin embargo ganó un premio ajeno a su profesión. Sus esfuerzos implicaron riesgos concretos, nacidos en la preocupación por la miseria de su país (Bangla Desh) cuando estuvo a cargo del Departamento de Economía Rural. Allí comprendió e hizo lo inverso de la lógica de cualquier Banco: había que prestarle al que nada tiene. Convencido de que el pobre sabría responderle a quien confiaba en él, y haciendo hincapié en la mujer, creó el Grameen Bank que benefició a más de tres millones de personas con un nivel de morosidad mínimo, ejemplar. Gracias a él millones salieron del hambre, gracias a él mejoró sensiblemente el hábitat rural, gracias a él proliferaron escuelas donde nunca las hubo. A él lo premió UNICEF, a él lo premió la Fundación Internacional de Justicia, a él le dieron el Nobel de la Paz. Por todo lo que hizo.
Perdón Muhammad El-Baradei, jurista egipcio, musulmán, preocupado desde hace casi treinta años por la proliferación nuclear con fines bélicos que tanto criticó a gobiernos árabes como al de Israel por no adherir al Tratado de No Proliferación, por esconder, por mentir, sin hacer distinciones. Con una valentía no común en el mundillo de la diplomacia, y dirigiendo la Agencia Internacional de Energía Atómica de la ONU, no vaciló en enfrentarse a sus pares estadounidenses cuando, el 7 de marzo de 2003 ante el Consejo de Seguridad, destruyó con muy pocas palabras la prueba principal esgrimida por los partidarios de la guerra al demostrar que la carta sobre las compras de uranio en Níger supuestamente efectuadas por el régimen de Bagdad era una burda falsificación. Allí concitó la irritación de Washington, pero selló su emancipación diplomática y se hizo más que digno y justo acreedor al Nobel de la Paz dos años después (2005).
Podría seguir, claro. Perdón Martti Ahtisaari, ex presidente de Finlandia, Nobel de la Paz 2008 como reconocimiento a treinta años dedicados a la mediación y la resolución de conflictos en todo el mundo; representando a la ONU o a su propia ONG pacifista quedó en el medio de las balas en cientos de oportunidades y nunca cejó en su empeño por hallar una salida pacífica aún en las peores circunstancias. Perdón James Carter -para que también haya un norteamericano- , ex presidente que le limpió la cara de segregacionista a su Estado (Georgia), antípoda de Bush en las relaciones internacionales, gestor de numerosos acuerdos de paz, creador del ministerio de energía a la que alentó para fines pacíficos, garante de elecciones limpias por el mundo. Perdón Médicos sin Fronteras, perdón Luther King, perdón Albert Schweitzer, perdón todos los que hicieron. Ahora el premio lo dan por prometer.
¿Por qué pido yo perdón? Y mire… hay cosas que dan vergüenza ajena.

Rodolfo Olivera por Rodolfo Olivera Recomendar Nota a un amigo
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