08.11.2009 | Cualquier marplatense que haya estado alguna vez en Barcelona habrá notado, principalmente, dos cosas. Primero, que Barcelona tiene una rambla como Mar del Plata, pero no está al lado del mar, sino que es más bien un equivalente a la Peatonal San Martín. Y segundo, caminando por la Rambla barcelonesa, entre acentos de todo el mundo, se escucha bastante seguido a algún compatriota argentino.
No nos confundamos: no es que estemos otra vez en los años del 1 a 1, inundando de turistas el mundo, sino que Barcelona ha sido una de las ciudades elegidas por los emigrantes argentinos desde hace décadas.
Mi historia en particular refleja eso. Estoy en Barcelona casi por casualidad. En los años duros de la dictadura, un pariente cercano tuvo la “suerte” de que le avisaran con un día de anticipación que estaba a punto de engrosar las listas de desaparecidos. Entre gallos y medianoche partió con lo poco que pudo juntar y se escapó en camión hasta Brasil. En el puerto de Río de Janeiro decidió subirse al primer barco que lo aceptase, sin conocer ciertamente su destino. Llegó a Barcelona, a fines de 1976, cuando España recién comenzaba su lenta recuperación de su propia dictadura, y sin tener idea de dónde había ido a parar. Veinticinco años después, cuando a punto de ahogarse por la crisis mi padre tuvo que tomar la decisión de partir, el único lugar en el mundo donde conocía a alguien era Barcelona. Y cuando quise irme yo, por supuesto que la opción era la misma. Si el barco en 1976 hubiese ido a Italia, México o cualquier otro destino, otra sería mi historia. Es así como funcionan las corrientes migratorias, a través del boca en boca, la invitación, la imitación y la casualidad.
Como decía, no hace falta que pase mucho tiempo desde que ponemos un pie en Barcelona para encontrarnos con otros argentinos. Estamos literalmente en todos lados y es muy fácil identificarnos entre nosotros, incluso sin recurrir al sencillo método de reconocimiento de acento. Este mismo verano, en un bar, junto a otra amiga argentina, no sólo pudimos reconocer que un chico parado a varios metros nuestro era argentino, sino que inferimos (correctamente, como pudimos corroborar luego) que era de Mar del Plata. Es difícil decir cómo uno lo advierte, pero es una especie de sexto sentido, un GPS localizador de argentinidad.
Hay, básicamente, tres grandes grupos de argentinos en Barcelona: los exiliados setentistas, los expats menemistas y los refugiados siglo XXI. El grupo de los exiliados setentista es el de más edad, ya que representa, por supuesto, a argentinos que eran jóvenes en los sesenta y setenta. Varios de ellos llevan más tiempo viviendo en España que los que transcurrieron en Argentina, por lo tanto están más mimetizados con el entorno. No conozco muchos, pero los pocos con quienes he tenido contacto incluso tienen un acento mixto, entre español y argentino. Los dos principales subgrupos entre los exiliados de los ‘70 son los que se fueron y los que se tuvieron que ir. Los que se fueron son parte de la emigración constante argentina, siempre buscando mejores porvenires. Tienen una mirada nostálgica respecto de la Argentina, pero ya hace tantos años que están en España, y nuestro país ha cambiado tanto, que están un poco desconectados. Al otro gran subgrupo de los exiliados, los que se tuvieron que ir, se los suele encontrar en trabajos orientados al arte o a la academia, y comprensiblemente es un grupo más triste. Su mirada sobre la patria es, obviamente, una mirada marcada por el dolor. No volvieron a casa cuando volvió la democracia, decidieron quedarse. Una frase de aquel pariente que tomó el barco a Barcelona me ilustró en ese sentido: “Yo no me fui porque quise, a mi la Argentina me echó… ¿para qué voy a volver?”
El segundo gran grupo de argentinos que uno puede encontrar son los “expats menemistas”. Este es un grupo mucho más chic que el anterior, como podrán imaginarse. Hijos de la plata dulce, los expats no quieren volver a casa. Si uno se los cruza, es muy probable que no tarden más de cinco minutos en ponerse a hablar de lo mal que está el país, de qué terrible es todo lo que ocurre al cruzar el océano, que así no se puede vivir. A pesar de que la gran mayoría de ellos se fue en los ‘90, no dudarán en decirte que fue la mejor época para el país, y que si por ellos fuera, Menem debería seguir siendo presidente. Por un tema de convertibilidad, generalmente tienen una situación económica mejor que el resto y suelen ser entrepreneurs. Este grupo es un poco más escaso que los otros dos, debido a que la mayoría de los expats menemistas no recalaron en Barcelona sino en Miami.
El tercer grupo y también el más numeroso es el de los refugiados de la crisis. Este grupo está formado básicamente por jóvenes que salieron de Argentina entre fines de los noventa y la actualidad. Los dos principales subgrupos de refugiados son los alternativos y los laburantes. Los alternativos también son laburantes, pero no eligieron Barcelona porque querían hacer plata, sino por la escena artística, cultural y musical de la ciudad. Son nuevos hippies, que generalmente saben tocar algún instrumento y se hicieron sus primeros mangos tocando en la calle o trabajando de extra en algún bar. Generalmente, no piensan en volver a Argentina, salvo que sea para hacer un viaje mochilero por la Patagonia con los pocos euros que puedan guardar. Por otro lado, los laburantes vinieron con otras expectativas. Si bien son también jóvenes, muchos ya han formado familia desde que llegaron. Empezaron como camareros o haciendo pequeños trabajos, y consiguieron avanzar hasta ser más independientes. Sus objetivos suelen vincularse a los objetivos familiares, y cuando los hijos nacidos en España llegan a la edad escolar es cuando realmente deben decidir si van a volver.
Estos son, a grandes rasgos, los grupos más estereotipados de argentinos en Barcelona. Por supuesto, si le preguntase a cualquier español, supongo que su opinión sería muy diferente. Ellos sólo suelen ver una clase de argentino: el piola que se las sabe todas y siempre tiene una respuesta para todo, o una mejor idea sobre cómo hay que hacer las cosas. Hace tiempo me dijeron que el problema de ser argentino en España es que siempre hubo un argentino antes. Pienso que esto puede ser un problema si tenemos la mala suerte de que el argentino que nos antecedió haya usado y abusado de la viveza criolla, pero la mayoría de las veces termina siendo una ventaja en comparación con inmigrantes de otras nacionalidades. Entre los mayores, la memoria de la emigración española a Argentina sigue estando presente. Así me lo hizo saber una de las primeras personas que encontré de este lado del mundo: “los argentinos nos abrieron las puertas de su casa cuando nadie nos quería recibir, es hora de devolver el favor”. Sin embargo, las nuevas generaciones españolas prefieren no mirar su pasado emigratorio y enfocarse en el efímero presente de bonanza económica. Como cualquier compatriota caminando por la Rambla barcelonesa y haciendo uso de su radar detector de argentinos puede darse cuenta, somos muchos los argentinos que estamos aquí recordándoles ese viejo “favor” que nos deben.
Un ciudadano vio destrozada su casa por los avances de una obra en construcción del terreno lindero, y la justicia no lo respalda. Ya no tiene qué puerta tocar, y parece que la empresa en cuestión consiguió, simplemente, más respaldo que él. Mala suerte, parece decir el juez.
En 1998 escribí en este mismo espacio la columna que destapó la conducta del fiscal Marcelo García Berro -hoy en funciones en los tribunales federales de San Martín- respecto del consumo de prostitución. En aquel momento la ciudad estaba sacudida por la idea de un asesino serial que se ensañaba con las prostitutas, concepto que fue ampliamente difundido y aún permanece en la memoria colectiva.
Ninguno de los 26 casos ha sido esclarecido. Ni las muertas que aparecieron descuartizadas, ni las desaparecidas -incluida Verónica Chávez, nexo con García Berro- han tenido otro destino que el desistimiento de la autoridad judicial en todas las causas. El tiempo pasa, el papel se amarillea, y la conciencia débil de una sociedad que considera a la prostituta un sujeto de menor cuantía contribuye a la impunidad.
Denuncia la falta de convocatoria a la audiencia pública por parte del ejecutivo municipal para tratar el presupuesto para el aumento de tasas.