15.11.2009 | Un par de semanas atrás, cerré sin cerrar esta página con algunos puntos suspensivos… Difícil de abandonarlos, déjeme decirle. Y no me refiero sólo a esos puntos. Hablo también de, a la vez, la ansiedad y la necesidad de seguir; de los lectores y su expreso pedido de continuación. Y también de la madeja misma, cada vez con un nudo nuevo que desenroscar, como si fuese posible...
Porque no dejan de descubrirse cosas, cada vez que se toma la determinación de cavar, y sobre todo de cavar hondo. Muchas cosas de este mundo nuestro, concebido y creado como lo hemos concebido y creado -voluntariamente o no- se vuelven una madriguera: cada agujero por el que uno se adentra queriendo ver de qué va la cosa, abre un agujero más, un túnel hasta entonces oculto que lleva a otro túnel. En el camino, la experiencia de descubrir ciertos hechos hasta entonces desconocidos va de la mano con la experiencia simultánea de de descubrir cuánta y qué tan densa es la deuda con nuestra ignorancia. Toda fábula es la traducción fantástica de otra historia de fondo; el disfraz colorido y digerible de otra cosa, tanto más real como mucho más indigesta. Explorar esos escollos de la digestión, sigue siendo la propuesta de esta página.
Y no deja de ser complejo digerir esta historia de los ayudantes de quienes hablábamos días tras, aquellos que se ocupan de ensuciarse las manos para poner en orden la escena donde se recrea cada capítulo de ese drama que tenemos por costumbre llamar “lo real”, o “la historia”. Esos sujetos que, por lo específico de su tarea, tienen una profesión tal vez desconocida por muchos, pero más que reconocida por otros pocos, el pequeño grupo de pagadores y beneficiarios de los mandados que estos ayudantes se encargan de ejecutar.
¿Quiénes son y qué hacen estos mandaderos? Se llaman a sí mismos “sicarios económicos”. Son los responsables de abrirse camino para generar las posibilidades de que el imperio global del primer mundo, con cabeza en los EEUU y sucursales en las corporaciones privadas multinacionales, haga lo suyo en la latitud donde convenga para cada caso. Sus tareas son bien concretas, y aparecen en los diarios camufladas de otras denominaciones tales como “estalló un conflicto armado en”, o “tal personaje influyente murió por razones misteriosas”, o bien “tal o cual presidente ha sido destituido o ha abandonado su cargo”. Nada sucede porque sí.
Según confesiones de un sicario arrepentido, existen dos formas de esclavizar una nación: la fuerza y la deuda. Dos formas igual de importantes y válidas, mutuamente cooperativas en sus fines, medios e intereses. Puede parecer cosa compleja, pero en realidad se trata de una operación bastante simple. Déjeme darle algún ejemplo de cómo trabajan.
Primero, enviados por sus jefes identifican algún “país X” con recursos interesantes (opio, petróleo, etc). Segundo, guiados por la mano que los manda, planifican y ofrecen a ese país un enorme y tentador préstamo sin el cual, teóricamente, no lograría subsistir; préstamos ofrecidos por parte del Banco Mundial, FMI o alguna otra organización similar. Tercero, se ocupan de que se celebre la firma del acuerdo; acto seguido, dan el préstamo, pero el dinero jamás se envía. Por el contrario, los millones acordados van a parar a las cajas de las grandes corporaciones (empresas “multinacionales” de cualquier rubro, propiedad del reducido grupo de jefes de estos sicarios, como Texaco, General Motors, BHP Billiton, etc.) instaladas en el timado “país X”, con la idea de construir infraestructuras o de brindarle servicios imprescindibles. Por supuesto, los beneficiados que acceden a las migajas de este ficticio intercambio son una minoría del “país X” (generalmente funcionarios de gobierno o empresarios ligados al negocio); también, claro está, la minoría extranjera que se prestó a sí misma dinero para reproducir sus ganancias en casa ajena. No hay vueltos que vayan a parar a la sociedad de ese “afortunado país X elegido entre tantos otros”. Así que, lógicamente, su situación interna y sus malestares históricos se agravan; y, lo que es peor aún, ahora carga con una nueva deuda millonaria que, por supuesto, no puede ni podrá pagar.
Y ahí es donde entra en juego el toque maestro de los sicarios económicos. Se reúnen con los líderes del país en deuda y, recordándoles que no están en condiciones de pagarla, y que por ese motivo la cosa puede ponerse cada día más fea, les proponen nuevos tratos como: comprar a precios irrisorios su producción, motivo inicial de toda la jugarreta (¿le suena Chávez y sus conflictos con el grande del norte?); instalar bases militares en su país (¿le suena el nombre “Honduras”?); o enviar tropas de apoyo a las suyas, ya apostadas en otras zonas estratégicas del mundo listas para continuar “su lucha contra el mal” (sobran ejemplos…); votar a su favor en alguna reunión de la ONU o algo similar (ídem); o bien privatizar sus empresas de energía y servicios comprándoselas a precios ridículos (“¿Menem lo hizo?”).
Y la cosa se echa a rodar. Las deudas se refinancian, y ese favor se paga con otro favor. La lógica de la espiral hacia adentro, que va absorbiendo espontáneamente una deuda con otra, un conflicto con otro, una muerte con otra o un malestar con otro, no necesita más que de un envioncito para comenzar a actuar. Y así es como se hace.
Cuando los países morosos no tienen -ni tendrán- dinero para pagar sus deudas, y no tienen -ni tendrán- recursos de dónde producir el dinero para pagar dichas deudas, quedan literalmente embargados: comienzan a pagar en especies, “vendiendo” sus recursos naturales y humanos, sus servicios sociales y públicos, y hasta sus sistemas escolares o penales, llegado el caso. Todo sea por mantener en alto el buen nombre de “buenos gobiernos”; aunque morosos, cumplidores.
Claro que, a veces, los sicarios y sus jefes se encuentran con algún díscolo idealista; entonces, el plan también consiste en encontrar la mejor manera de bajarlo. Por ejemplo, cuando en 1950 Jacobo Árbenz Guzmán tomó la presidencia de Guatemala, “el país estaba en manos de la corporación internacional United Fruit. Árbenz había basado su campaña en el lema ‘queremos devolver a la gente su tierra’, y una vez que tomó el poder comenzó a llevar a cabo el proyecto. A United Fruit no le gustó nada eso, así que, aprovechando el ‘terror rojo y comunista’ que minaba la mente de todos en la época, contrató firmas de relaciones públicas para convencer a EEUU de que Árbenz era una marioneta soviética; que si lo dejaban seguir en el poder, la Unión Soviética tendría un gran punto de apoyo en ese lugar del mundo. Y así surgió el compromiso de la CIA y los militares de eliminar a este hombre. Y, de hecho, así lo hicimos. Enviamos aviones, soldados, chacales. Enviamos todo para eliminarlo. Y así lo hicimos. Tan pronto como fue destituido de su cargo, el chico nuevo que tomó el poder después de él –una junta militar- devolvió todo nuevamente a las grandes corporaciones internacionales”. Dichos de John Perkins, publicados en su libro “Confessions of an Economic Hit Man”. Anteriormente conocido como el bueno y atinado John Perkins, consultor internacional con más de treinta años de exitosa trayectoria (¿qué habrá hecho, realmente, desde que arrancó en 1968 hasta que se “retiró” en 2004?). El mismo que fue testigo y hacedor del golpe militar del general Suharto, a fines de los ’60 en Indonesia, con apoyo del Pentágono y de los proyectos de “inversión” que permitieron al general y su familia permanecer en el poder “corpocrático” de su país por casi veinte años. Ese mismo que, mientras se paseaba vestido de amigable peace corps por la selva tan amazónica como petrolera de Ecuador durante los ’70, se encargaba de consolidar acuerdos con gente del sudeste asiático y Medio Oriente; como el Sha de Irán, un sitio del mundo al que sus jefes y secuaces apuntarían duro más tarde.
Perkins, uno de esos personajes que aparecen siempre en el fondo de la foto. Uno de los tantos árboles del bosque que no vemos por fijarnos sólo en el pino que sale en primer plano. Otro de esos engranajes encargados de que el motor siga andando. Invisibles protagonistas de los grandes hechos del devenir del mundo: en el ’68, París ardía y se desarmaba por motivos ideológico-filosóficos; durante el mismo año, Washington llevaba las riendas del mundo a través de John y otros compañeros como brazos del Pentágono. Nada muy diferente a lo que ocurría en 2006 en Afganistán, Irán e Irak. Acaso, nada distinto a lo que ocurre ahora y lo que ocurrirá después.
En deuda con sus lealtades y traiciones, Perkins se colgó la deuda que carga con su conciencia. Destapó la olla, o una de tantas. Supongo que ningún karma moral se resuelve con una confesión; imagino que no es tan fácil como corregir o reparar con el arrepentimiento. Pero, quizás, dejar de lado de vez en cuando la fábula ayude a aligerar la deuda que cargamos con nuestra históricamente maltrecha, maltratada realidad.
por Anahí Cano Lawrynowicz
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